viernes, 11 de mayo de 2012

Los Miserables


            La mañana del día siguiente despertó sintiéndose igual de miserable por todo lo que alguna vez fue y ya no era. La casa estaba en silencio y vacía. Su mujer y los chicos habían partido a cumplir con las obligaciones, y él, sin ninguna por delante, hallaba un amargo regocijo en despertar más tarde para no afrontar que pasaban meses sin poder mirarlos a los ojos y sentir la más vil de las vergüenzas. Y sin embargo, el saberlos fuera de casa a su vez le dificultaba salir de la cama pues todo lo que hacía era para ellos, para mantener montado el teatro de la buena vida, de la familia sana, del padre sostén que decididamente él no era, no quería, no podía. Apenas si se lavaba los dientes o la cara, con el mismo entusiasmo preparaba mate hasta hervir el agua mientras fumaba un cigarrillo tras otro con la mirada perdida en el humo a través de los haces de luz que a media mañana ingresaban por la ventana de la cocina. Acariciaba las páginas del diario sin leerlo como ritual cotidiano. El paso del tiempo era cosa del mundo tras la puerta de la casa, ese otro al que hacía rato él ya no pertenecía. En cambio abandonaba el cuerpo en un sillón y sumergía la mente en las laberínticas páginas de un reino misterioso, de pasadizos y catacumbas infestadas con no-muertos, dragones, brujos y tiranos despiadados, una tierra yerma, hambrienta de esperanza y la llegada de un hombre, un hombre capaz de todo, un sabio guerrero con el único propósito de traer orden y armonía al reino, quien habiendo sido esclavo hubo de sufrir las más terribles penurias para finalmente comprender que su vida no valía nada si no era sacrificada por los demás, entonces se alzó en armas y liberó de la opresión a sus hermanos, quienes lo tomaron por líder y lo siguieron en campaña hasta verlo convertido en máximo general del ejército rebelde. Aunque para entonces, algo no iba bien.
- Permiso, Mi General- dijo al ingresar el Teniente Coronel.
- ¿Por qué osan interrumpir mi lectura? Más vale que tengas una buena excusa.
- El ejército del Norte está a las puertas de la ciudad, Mi General- despachó sin rodeos el suboficial.
-¿Otra vez? Qué fastidio, ¿no se cansan de hacer siempre lo mismo? Y bueno, a qué espera hombre, haga lo usual, mande todo lo que tenemos, si total, a fin de cuentas, seré yo quien salve el día. Así que vamos, apurando el trámite, quiero volver a mi lectura.
            Hacia el anochecer los treinta mil hombres del Norte fueron pasados a degüello. Sólo uno fue preservado con vida para que volviera a casa y contara lo sucedido, aunque no lo dejaron ir sin antes cortarle la lengua. Mientras el pueblo vitoreaba en las calles, el líder volvía a sus aposentos, a su libro mágico y prohibido y entonces era la hora de cocinar para no recibir un regaño de su mujer delante de los chicos en la mesa. La rutina era la misma, abrir la heladera, mirar su interior como si estuviera vacía, cocinar algo que contuviera huevo o queso y esperar que llegaran con hambre así se evitaba muchas preguntas. Los nenes hablaban de la escuela, su mujer del trabajo y él no hablaba en absoluto, toda su comunicación se limitaba a sonrisas de aprobación o miradas de disgusto. Con la panza llena desaparecía cada uno en su cuarto y él quedaba allí fumando y mirando el humo trepar por el aire hasta el techo. Luego lavaba los platos en silencio y con parsimonia a fin de no interrumpir la siesta a nadie mientras calentaba agua para el mate a fuego lento. Antes que la casa volviera a la actividad tomaba la bicicleta y salía a la calle, un acuerdo tácito con su mujer para hacerle creer a los chicos que tenía trabajo, y para hacerle creer a ella que salía a buscarlo.
            La orilla del río solía recibirlo junto a la brisa del atardecer con el sol en el rostro a medida que éste era tragado por la tierra y él esperaba en silencio que también lo lleve consigo. De regreso a la casa pasaba por el bar del rengo sólo para comprobar que la suya no era una vida miserable, sino holgazana, y que eso era mil veces preferible a lo anterior. Luego el teatro nocturno de dormir a los chicos, dormir a su mujer y dormirse a sí mismo a fuerza de lectura. Entonces nuevamente aparecían los dragones, los elfos y sus arcos y flechas mágicas forjadas con los metales sagrados, los únicos capaces de acabar con los seres del inframundo, esos conspiradores avocados a asediar la superficie para que no quede alma libre sin ser esclavizada. La espada del héroe probando carne, y su carne probando espada, el dolor, la fortaleza, la guía de las divinidades a través de las tinieblas. Los montes y los valles, el fiel e inagotable corcel, las alforjas de cuero viejo llenas de reliquias y artefactos, las caravanas de mercaderes de reinos distantes, montañas de oro y joyas. El castillo, los consejeros, el mago sabio, el libro prohibido. "No abuses de su poder", repetía el sabio, "el libro no es sólo un libro, es a la vez una portal que si cruzas demasiadas vez puede que te atrape y ya no puedas volver". Al principio había temido a sus palabras de manera literal, pero entonces supuso que un tonto volumen de pocas páginas nada de peligroso supondría a quien había matado leviatanes con sus propias manos. Pero entonces, cuánta razón tenía el viejo puesto que por más que quisiera ya no podía dejar de leerlo durante el día o la noche, o aún en concilio con los escribas o en el mismísimo fragor de la batalla no deseaba otra cosa más que estar allí dentro del libro, del otro lado, viviendo esa otra vida que no era la suya, pero que lo era en cierto modo cada día más.        
            Aquella noche, en sus aposentos, cayó en la cuenta que en efecto había cruzado el punto de no retorno que le advirtieran, ya no podía volver atrás, él no era él ni tampoco era el otro. Con tal peso sobre sus hombres dejó el libro a un lado y cerró los ojos para dormir y con suerte jamás despertar. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Incendio en el pantano

A decir verdad, pocas veces en la simple vida de éste humilde crítico gastronómico ha ocurrido gran cosa digna de mención escrita. Tal vez mi visita al restaurante Bote Banana sea una de ellas. Aunque debo aclarar que eso no necesariamente es bueno para mi veredicto final, ni tampoco lo opuesto. De hecho, debo confesar que en mis treinta y ocho años en el oficio es la primera vez que no puedo emitir juicio alguno sobre el establecimiento. Por cuanto, y a fin de acercar mi testimonio fiel al lector ávido de nuevos espacios, me limitaré a describir lo que recuerdo. Tal vez así, incluso yo mismo pueda entender.
    Dado que se trata de un lugar céntrico, llegué hasta sus puertas caminando desde la redacción del periódico. La noche en la calle lucía tranquila, cuya calma era apenas rasgada por esas suaves brisas cálidas que anuncian la llegada del verano. Al ingresar al Bote Banana percibí en el ambiente el mismo aire extraño que se siente durante un incendio en el pantano: dulce humedad caliente. El salón era espacioso en todas direcciones y denotaba una bien pensada distribución de las mesas, suavemente bañadas por la luz de una vela (como toda la iluminación del Bote Banana) que resaltaba a los ojos el color vino opaco de los manteles. Observando mejor, podría uno afirmar que aquello era reflejo del resto del establecimiento, también morado incluso en su exótica ambientación musical de estilo lounge. Aunque la música ambiente no era de mi agrado, debo decir que el público parecía disfrutar. Pude ver el regocijo de varias parejas frente a una tarima que intuí destinada a presentaciones artística de algún tipo. Pronto descubriría cuál.
Sobre el servicio de los camareros he de decir poco, pues poco es lo que les he visto en realidad. Tampoco pude observar a la gente acudir a la barra, por lo que pronto temí haber caído en la trampa del mercantilismo vil de las nuevas tendencias minimalistas de esos “restós” ahora muy de moda donde apenas sí hay algo digno de beber. Entonces volví a advertir la barra. Se hallaba al fondo y debía ser lo único que era iluminado por luz eléctrica, cuya luminaria particular resaltaba una combinación de quebracho colorado y bronce pulido deslumbrante, casi cegadora. El barman clavado en el medio parecía inamovible, estaba inclinado hacia delante con ambos brazos apoyados y abiertos sobre la barra. Delante de él cuatro espías secretos de pantalla grande chasqueaban los dedos al ritmo de la música. Intercambiaban miradas furtivas con un grupo de ingenuas jovencitas que buscaban en las sonrisas de los caballeros una obvia respuesta al florido coqueteo desplegado sobre los sillones de terciopelo cercanos a un hogar a leña que no había visto. Entonces vi las mesas de pool y el blanco con dardos. Un mesa de ping-pong y un “fulbito”, también había un pinball y más allá un pelotero con niños.
“Un trago de cortesía, Señor” escuché a mis espaldas pero al girar el camarero ya había partido de regreso a un rincón oscuro que supuse sería la cocina. La copa que hallé sobre la mesa era de un material opalino y contenía un líquido rojizo y espeso. A uno de sus lados pendía una etiqueta de papel madera que según rezaba impreso la copa se llamaba “Langosta Todopoderosa”. Debo confesar que no pude entonces, y mucho menos podré ahora, precisar qué combinación de frutas y alcoholes conformaban aquel prodigio de la coctelería moderna. Pero sea como fuere, el primer trago, y el que le siguió luego, y el siguiente también, fue para mi garganta un verdadero renacer. “Otro, por favor”, grité hacia la barra.
    Entonces empezó la música, la verdadera música. Una orquesta de nueve puso a la gente a moverse poseídos por titiriteros invisibles tras una explosión de arritmia, percusiones, vientos y cuerdas. Como crítico gastronómico conozco de música lo mismo que cualquier otro mortal de la media, por tanto no estoy habilitado para opinar del tema más allá de la mera subjetividad propia. Aún así es mi deber informarles que las composiciones de aquel conjunto musical deleitaron mis oídos con manjares superiores a los que mi boca ha llegado a probar. La pista de baile puede dar fe de ello, pues para mí también fue imposible resistir el impulso y mucho antes de que pudiera pensarlo me hallé dejando atrás la mesa para unirme a la caravana que desfilaba frente al escenario al compás de la música.
No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasó ni si hubo intervalos entre pieza y pieza, o incluso si hubo tal cosa, pues desde que empezaron a tocar hasta que volví a mi mesa el tiempo se volvió en mi mente menos que un vago concepto. De hecho, volví no para descansar, sino para reclamar otro Langosta Todopoderosa. Para mi sorpresa, sobre la mesa me esperaba una copa que bajé de un trago antes de alzar la mano para solicitar un tercero. A decir verdad, sentía carecer del suficiente para salir a la calle y acompañar a los músicos en una vuelta a la manzana que realizaron con instrumentos, música y espectadores a cuesta.
    En aquel momento tres jóvenes entraron al Bote Banana rompiendo el silencio con brutas risotadas que colmaron la tranquilidad del salón vacío. Se acodaron en la barra y empezaron a pedir tragos a los gritos como bárbaros. Alguien les chistó desde atrás y entonces advertí que no todo el mundo había salido tras la banda. Un James Bond tenía acorralada a una jovencita en los sillones cercanos al fuego. Los borrachines hicieron caso omiso y aumentaron su jolgorio. En ese momento comprendí que era oportuno recobrar mis cosas y marcharme, no sabía bien por qué. Necesitaba recuperar mi anotador, el saco, la billetera, el anillo de casado. Pero entonces, sea por efecto del Langosta Poderosa, o por estar pasándola de pelos, sentí ganas de acercarme y hablar con ellos, invitarlos a comportarse como caballeros. Sin embargo para cuando estuve cerca uno perdió el conocimiento y los otros dos salieron espantados. Volvía el silencio al salón, salvo por unos leves gemidos distantes. El barman apareció a mi lado como salido de la nada y me quedó mirando fijo. No era para menos, a mis pies yacía un hombre aparentemente muerto. La parejita se retorcía en una idea y venida de manos y bocas y cuerpos, uno arriba del otro. A mí me dolía una mano.
La orquesta estalló de golpe a su regreso. Los dos borrachos amigos del caído volvieron a la cabeza de la procesión bailando como diablos. De golpe el salón se llenó de gente y ya no hubo más sitio donde estar parado sin tener alguien encima bailando al ritmo de los tambores salvajes que percutían en los huesos. Un hombre disfrazado de lagarto me acercó otro Langosta Todopoderosa y lo perdí de vista cuando se mezcló con la multitud. Pero entonces lo advertí, todos estaban disfrazados de lagartos. “Suficiente trago por una noche”, pensé. El ambiente me estaba haciendo mal. Luchando contra una marea de lagartos apretujados tuve que abrirme camino a fuerza de codazos. A medida que avanzaba en dirección al baño parecía haber más y más reptiles, incluso llegué a arrastrarme por sobres las cabezas de una masa verde de escamas y dientes, como una alfombra deshilachada cual césped, por donde repté hasta dar frente con una columna que se alzaba inmensa y rompía en una copa radiante en las alturas. Todavía no había brillo, pero el cielo estaba azul. El James Bond orinaba a mi lado sobre el tronco de la palmera. Muy amable de su parte, me ayudó a levantarme y juntos entramos de regreso al Bote Banana donde prácticamente no quedaba nadie. No recuerdo la hora.
    Para mi sorpresa, dentro del local me esperaban dos agentes de policía. Querían cuestionarme sobre cierto episodio violento, aunque nunca pude entender exactamente de qué hablaban. En ese momento me pareció que nadie iba a poder explicar mejor la situación que el propio Langosta Todopoderosa por lo que los invité varias rondas a cada uno. En minutos estaban a las risas y los abrazos, expresando sentimientos de paz y amor a todos los presentes a pesar de que no les prestaban demasiada atención. Finalmente los oficiales ofrecieron llevarme a casa y juntos nos subimos al patrullero. Tal vez por el alcohol confundí la dirección y terminamos seiscientos kilómetros al norte, en una ciudad polvorienta y pegajosa habitada por gente de rostros oliva y mirada oscura. Nadie hablaba nuestra lengua.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Deportes eran los de antes...

Los tambores estallan todos juntos. Marcan el paso de las apretadas columnas de gentes que se dispersan en las gradas ni bien traspasan la compuerta. El estadio se llena de color verde de un lado, rojo del otro. Las banderas, los gorros, las trompetas, el papel picado, las serpentinas, los gritos, los saltos, el calor humano, nada de eso falta. En poco menos de unos cuantos cánticos no queda espacio libre entre el público ahora convertido en una masa humana que vibra y pulsa en un vaivén de cantos, insultos y vitoreos de equipo al otro.
- ¿Es la primera vez que venís a la cancha?- pregunta un hincha a otro, que nervioso, mira la locura a su alrededor como perdido.
- Sí, y nunca imagine que era tan fuerte.
- Y sí, más en un superclásico como éste. ¿Te costó mucho conseguir la entrada?
- No para nada, sólo tuve que firmar el consentimiento y listo, ahí, recién, afuera en la vereda.
- Que bueno, ojalá que ganemos.
Y los extraños se abrazan para darle fuerza al equipo. Desde donde están poco y nada se ve de la cancha pero aún así advierten que faltan pocos minutos para que comience el juego ya que hay mucho movimiento allá abajo. Los tambores cesan un momento y la multitud de ambos bandos calla. Un pitido agudo distante se posa sobre todo el estadio y sin más los alambres tejidos y las vallas caen al piso. Una avalancha roja y verde cae sobre la cancha tras un único grito multitudinario y gutural. Los jugadores de ambos equipos se mezclan a tal punto que es imposible distinguir donde empieza un bando y termina el otro. La masa humana hierve en piñas, patadas, cabezazos, mordiscos. Se pisan, se aplastan, se ahorcan, se quiebran. Sangran.
Luego de un minuto de furia el color verde empieza a distinguirse con mayor claridad por sobre el rojo y el piso bajo sus pies se halla plagado de cuerpos inertes.
- ¡Pongan huevo, mierda carajo!- grita un hincha a los pocos jugadores que quedan a su lado.
- La cagamos, perdimos, pero aún así, que buen partido- responde otro mientras retrocede ante el gran grupo verde que los cerca contra un ángulo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Mousse de Chocolate


“¿No le hará mal, che?”, repetía tía Soledad a la vera del cálido pedregullo. “Es sólo un fin de semana”, repetía tía Liliana a su lado, palmeándole el dorso de la mano como solía hacer para tranquilizarla. Tía Ana mantenía silencio, así era ella. A la distancia veían una mancha blanca crecer en el seno de una polvareda que cada vez se hacía más grande a medida que sus contornos ya definidos y precisos revelaban la llegada del momento esperado. “Me da una pena, pobrecito”, decía tía Soledad y se acomodaba la ropa que a todas luces no necesitaba arreglo alguno. “Es sólo un fin de semana”, porfió entre dientes tía Liliana. El coche estaba ya demasiado cerca para una descortesía imprudente. “Todos la vamos a pasar muy bien”, sentenció tía Ana como orden de silencio antes de quedar las tres mujeres envueltas en una nube de polvo que siguió viaje a pesar de que el coche se detuvo bruscamente unos metros más adelante, lo suficiente para que Liliana quitara su mano consoladora de la de Soledad pues se la estaba estrujando con fuerza y uñas.
La puerta trasera descubrió un jovencito vacilante y esquivo que apenas dijo palabra tras la partida del coche o durante la caminata desde la ruta hasta la casa de campo donde los esperaba el almuerzo ya servido. En el camino las mujeres escudriñaron al sobrino a la vez que éste les era indiferente pues hacía tanto tiempo que no se veían que la distancia los convertía en poco menos que desconocidos. Aquellas no eran las tía viejas y solteronas que había pensado hallar, pues si bien las tres vivían allí por completo solas, poco y nada tenían de viejas. Tampoco él era el niño juguetón y curioso que ellas recordaban, por el contrario, con sus dieciséis años se había convertido en un incipiente hombre de buen porte cuya voz todavía no se decidía a completar el cuadro. A la mesa lo descubrieron amable y hacendoso. Decía “por favor” y “gracias” por lo bajo, pero no tanto por timidez sino más bien por el cataclismo hormonal propio de su edad que, según averiguarían más tarde, lo hacía odiar en silencio aquella visita forzada a casa de las tías. Todo era capricho de mamá, ella había telefoneado a sus amigas para pedirles que lo recibieran unos días ya que decía ver al nene descarriado, yendo por el mal camino con junta de la que mejor ni hablar.
En la sobremesa le ofrecieron postre mientras Soledad juntaba los platos y Liliana rolaba un cigarrillo que finalmente tendió al muchacho tras verlo interesado en el proceso. En la cocina tía Ana servía un tazón de mousse de chocolate hasta el tope. “¿No le hará mal?”, preguntó Soledad quitándose la espuma de las manos. “Está bien suavecito”, repuso Ana y llevó el postre. El muchacho se deleitó comiendo aquel manjar mientras les tres mujeres se deleitaban con verlo comer. Con el último bocado en la garganta tía Ana ya estaba diciendo que el chico habría de estar cansado antes de tomarlo de la mano y a los tirones llevarlo a la habitación que entonces ocuparía él sólo; ahora que era mayorcito y necesitaba privacidad. Tía Soledad rememoraba en voz alta aquellas lejanas épocas cuando pequeño dormía con ellas y cómo se peleaban por ver quién de las tres se lo llevaba a la cama. Luego cerraron la puerta tras abandonar la estancia, aunque creyó oírlas cuchichear al otro lado.
Lo cierto es que, sea por aburrimiento, o esas cosas propias de la juventud, su entrepierna furiosa le hizo imposible conciliar el sueño por lo que se pasó la siesta inquieto,  retorciéndose rítmicamente sobre la cama. Tía Soledad llamó a la puerta e ingresó de golpe sin pedir permiso. Apenas pudo cubrirse.
- ¿No podés dormir?- preguntó lo obvio y propuso,- vení conmigo, vamos a buscar huevos al gallinero.
            Salieron en silencio para no turbar el descanso ajeno y se alejaron de la casa caminando bajo una tupida arboleda hacia una caseta cercana rodeada por alambre tejido donde pululaban una veintena de gallinas en cloqueo eterno apenas interrumpido por la zambullida de sus picos en la tierra. Una vez dentro de la casilla tía Soledad le entregó una cesta de mimbre donde iban colocando los huevos que quitaban de las latas de galletitas llenas de paja. La mujer de rodillas, mientras buscaba en los nidos bajos, se le antojó atractiva, con las caderas bien definidas y un culo delicioso en su leve arqueo de la espalda. Tía Soledad volteaba entonces con un huevo y su mirada fugaba al escote abierto y carnoso. De las tres mujeres, aquella morocha era la más bonita, pensó tratando de que no se le notara en la cara. Tía Soledad parecía no advertirlo o no importarle. Pero entonces aquello le hizo imposible contener la bruta erección que explotó notablemente tras sus pantalones. Tía Soledad, arrodillada a sus pies, lo miró fijo a los ojos y el chico se puso rojo como el fuego. Pero el fuego también prendió en ella y se le fue a la mano y la mano al bulto, todo tan rápido que de la sorpresa el chico casi deja caer los huevos.
-¡Que duro!- exclamó con los ojos bien abiertos y sin más atravesó los pantalones para sentirlo con su propia mano, recorrerlo despacio con caricias suaves en vaivén, tomarlo con firmeza y tironear de él tan fuerte que el violento meneo de sus caderas hacía bailar los huevos en la cesta. Tía Soledad se la quitó de las manos y luego lo jaló de la entrepierna para tenerlo arrodillado junto a ella antes de conducir sus manos entonces desocupadas debajo de la pollera. Tenía la ropa interior húmeda y caliente, los genitales por completo mojados, creyó sentir algo que se le escurría por entre los dedos a medida que los empujaba hacia las profundidades, donde ambos, tía y sobrino, cayeron convulsos precipitando la explosión de gemidos que vino cuando lo sintió bullir en la palma de la mano, en el brazo, en la blusa.
- Me manchaste, boludo- gritó Soledad y salió corriendo dejándolo ahí sobre el piso con la respiración entrecortada en compañía de las gallinas. Apenas comprendía lo sucedido, pero si de algo estaba seguro era que aquello no tenía que salir del corral. Lentamente acomodó su persona, tomó la cesta y volvió a la casa como si nada. Un huevo estaba roto.
            Entró a su habitación con la misma cautela procurada antes, al salir. Se tumbó en la cama a repasar los hechos y de sólo evocarlos su sexo despertó en llamas. Entonces ya no importaba qué había pasado, sino lo que podría llegar a pasar entre él y Soledad. Quería más. Imaginó un mundo de situaciones que enfurecían a la bestia mientras se apretaba, boca abajo, contra la cama hasta caer dormido.
-Arriba, dormilón- le dijo una gallina erótica tan pronto concilió el sueño-, que no viniste a pasártela durmiendo.
            Era tía Liliana sentada a su lado. El chico se incorporó de inmediato para no levantar sospechas y juntos fueron a la cocina donde los esperaban tía Ana y Soledad tomando mate amargo con cremona casera.
- ¿Cómo durmió el cabellero?- preguntó Soledad con tanta naturalidad que llegó a dudar si todo el asunto no había sido más que un sueño. Sea como fuere, el mate con cremona, entre cuentos y anécdotas, se tiñó de rayos naranjas de atardecer que anunciaban a tía Liliana el momento de salir a recorrer el maizal. Aquello resultó curioso al muchacho, o acaso la mujer insistía tanto, que las otras dos se quedaron viendo cómo ellos se fundían en un verde horizonte de espigas. “¿Le hará mal?”, preguntaba Soledad más para sí que a su hermana siempre taciturna.
            Tía Liliana caminaba rápido y era difícil seguirle el tranco. Cada tanto la perdía entre las plantas y debía llamarla a los gritos. De ese modo recorrieron el cultivo y finalmente concluyeron la caminata en el corazón mismo de la plantación donde la mujer quiso enseñarle los secretos de la salud de un maizal hecho y derecho como Dios manda. Con suavidad tomó un marlo, lo arrancó de la planta y, mientras explicaba algo que nunca oyó, comenzó a quitarle la chala de modo tal que el ir y venir de sus manos transportó al chico directamente al gallinero. Y el recuero se le hizo carne otra vez en los pantalones. O en el rostro. O en el meter las manos en los bolsillos casi por puro instinto.
-¿Qué escondés ahí?- preguntó tía Liliana sorprendida- ¿Te robaste un marlo? Dejáme ver.
            En un abrir y cerrar de ojos la tuvo arrodillada a sus pies mirándolo fijo a los ojos mientras se mordía el labio inferior y luchaba contra el cierre del pantalón. La bestia emergió inmensa, deseosa, hambrienta. Latía. Una gotita tímida manó de su punta y tía Liliana la quitó con suma suavidad empleando la lengua. Con ella recorrió toda su extensión hasta la base y más allá, bien abajo, donde la delicadeza de besos húmedos y cálidos cada vez más profundos alimentaban violentamente la caldera. Los ojos de tía Liliana se mantenían fijos en los del muchacho, quien fue el primero en apartar la vista y clavarla en el cielo cuando sintió el calor y la suavidad invadirlo de principio a fin en un solo movimiento. Sus manos cayeron sobre la cabeza de Liliana y sin quererlo con ellas ayudaba al compás de las oleadas de una creciente estreches que, succión tras succión, se confundía con la cálida presión que sentía más abajo. Una mano de tía Liliana corrió hacia atrás en busca de los glúteos para ejercer mayor presión sobre la cadera, mientras con la otra le apretaba el sexo como si éste fuera a escaparse, dejando su punta al descubierto para poder besarla con una delicadeza rabiosa. De repente el muchacho contuvo la respiración en seco y la mujer abrió bien grande los ojos antes de tragar con dificultad. Ambos se dejaron caer sobre la hierba y así quedaron un largo rato hasta que ella recuperó la compostura.
-Vamos pronto a la casa, no hagamos esperar a las tías- dijo Liliana como si nada-. Hoy has tenido un día largo y de seguro debes estar cansado, nada que un buen baño y una rica cena pueda solucionar.
            De regreso en el caserón el baño no fue bueno ni tampoco rica la cena, al contrario, se hubo de duchar con agua fría tras lo cuál sólo cenaron arroz blanco. Sin embargo, sí pudo comer cuanto quiso del mousse de chocolate que tía Ana le servía en silencio. Nadie más pidió postre y luego todos marcharon a la cama. El muchachito apenas saludó y rápido se internó en la habitación para escapar de las tías aunque una vez dentro se sintió por completo atrapado. Lo sucedido durante el día aún permanecía bien vivo dentro suyo. Y por fuera también, con lo que no pudo encontrar una sola posición cómoda en la cama debido a la contundencia de la erección central de todos sus pensamientos. Desnudo y sexo arriba lo halló tía Ana tras abrir la puerta sin golpear, a lo que se tapó los ojos, pidió perdón y volvió a salir. Golpeó la puerta.
-¿Pasa algo malo, querido?
- No tía, no puedo dormir nomás…
-¿Querés que te cuente un cuento como cuando eras chiquito?- dijo la mujer asomando la cabeza.
- No tía, que va… No, tía, por favor- pero ya era demasiado tarde, se le había sentado a un lado sobre la cama. Entonces no dudó. Repentinamente se destapó hasta las rodillas. Estaba listo.
            Temprano en la mañana lo esperaban en la cocina con un desayuno portentoso que devoró furioso mientras las tías asentían con gusto, comentaban que habría de estar cansado y necesitaba recuperar fuerzas para arrancar bien el día, que dicho sea de paso, iba a ser largo, muy largo. Todo ello como si el escándalo amatorio de Ana y sus gritos y los arañazos y la marca en el cuello no hubiera sucedido. O mejor dicho, como si fueran parte de la tranquila vida campestre. Incluso en plena vorágine sexual creyó oír gemidos que no provenían del interior de la pieza.
            Así transcurrió el fin de semana en casa de las tías. Buscando huevos a la hora de la siesta o recorriendo el maizal por las tardes o durmiendo poco y nada durante la madrugada. Ya hacia el domingo al anochecer, cansado y adolorido, tenía el orgullo tan grande y firme como su jovencita masculinidad, la cual a decir verdad nunca flaqueó ante el embate de las mujeres.
-¿No le hará mal?- insistía preguntando Soledad a tía Ana, y decía- Me parece que se te está yendo la mano.
- Para nada, cincuenta miligramos por porción, como siempre- porfiaba la otra mientras revolvía la mousse de chocolate.

             

Rey de Reyes


            Entonces fue que lo vió. Allí estaba a un lado, sobre el piso, escondido entre las rocas, pero tan brillante y llamativo que le fue imposible resistirse a él. El niño se aproximó cauteloso sin saber qué hacer y ante su inminente cercanía brilló aún más con una intensidad cegadora que el pequeño llevó su mano peluda al rostro. A sus oídos acudió un susurro:
“Tu eres un hijo de la Tierra, súbdito del Sol. Yo soy su fiel reflejo aquí abajo, yo he de ser tu Dios. Si me llevas contigo cerca de tu corazón, yo te llevaré cerca del mío y nunca más sufrirás mi ausencia. Te daré poder, tierras y crías por montones. Seré el Rey de tu rey, me posaré sobre su cabeza. Seré el Pastor de tu pastor, su báculo, su dirección. Seré tu Norte y el de aquellos que te sigan. Me hallarás bajo la tierra o alto en la montaña, a orillas de un río o más allá del mar, aunque siempre habrás de demostrarme cuánto realmente me quieres a tu lado. Podrás matar y dar vida en mi nombre, llenar tu hogar con bendiciones o hacer monumentos de puro Yo. Me darás mil rostros y colores, pero siempre recurrirás a mi forma original en tiempo de crisis y yo seré el espaldar vivo de tu progreso. Pasaré de manos tantas veces como sea posible ya que así mantendrás cautivos a tus hermanos. Conmigo a tu lado tu hogar y tu cuerpo serán mejores. Tus gritos llegarán más lejos y tú mismo alcanzaras las estrellas. Abre los ojos ahora y cierra la boca para siempre. Nunca podrás evocar estas palabras con las tuyas pero siempre las llevarás impresas en cada latido de tu corazón”.
El pequeño bostezó como despertando luego de un largo sueño. El sol, dorado y brillante como aquella tonta piedrita, se ocultaba tras el horizonte. Era momento de regresar a la caverna.    

domingo, 11 de diciembre de 2011

Fetiche


“Sr. Director:
                    Mediante la presente ratifico lo escrito en el anterior correo que le enviara. Quisiera tres de ellos, pero de no ser posible dos estará bien. Si pueden ser del mismo color mejor. En pares todo es siempre mejor. Y sí, efectivamente Usted ha leído bien. Quiero que me envíe los más pequeños que tenga.
            Esperaba no tener que explicar mis razones pero ya que insiste debo confesarle algo privado y pedirle su futura reserva al respecto. Tengo un problema, me gustan así, chiquititos. He tenido varios ya y no puedo saciarme de ellos. Usted probablemente jamás lo entienda, porque no hay palabras capaces de describir el inmenso placer de querer metérsele adentro, lo apretado que se siente. Cuando son muy pequeños ni siquiera entra todo, pero uno empuja y empuja hasta el fondo por tan sólo un poquito más de ese indescriptible gozo. Una vez tuve uno tan chico que ni los dedos pude introducirle. Disfruto mucho de lavarlos y verlos secarse al sol. A veces solo me contento con verlos tendidos sobre mi cama e imaginarme a mí inmenso, sobre ellos, usándolos.
            Pero no piense que lo mío es puro egoísmo hedonista, pues mientras no los uso personalmente se los presto a un amigo que los utiliza para limpiar la casa, repasar los muebles, los vidrios, incluso él mismo, me ha dicho, se asea con ellos. Por favor no nos juzgue, somos personas de bien, padres de familia, importantes referentes para la comunidad. De ahí la extrema reserva que solicito. Tenga a bien comprender mi situación y enviarme el pedido cuanto antes. Los anteriores ya se han puesto grandes y sinceramente no es lo mismo. Necesito esos calcetines cuanto antes.

Conde Jean Luc Duteil”

domingo, 6 de noviembre de 2011

Contra viento y marea


Contra viento y mareas alcanzó la costa al primer atisbo del alba. Hacia el atardecer del mismo día había transitado la llanura y se hallaba al pié de la montaña. En la espesa oscuridad de la noche hubo de sortear ríos y riscos, cañones y senderos de intransitables meandros rocosos. Escaló picos nevados y muertos que luego hubo de bajar y caminó por acogedores valles fértiles que hubo de abandonar. Finalmente, allí a lo lejos, pudo ver la tintineante luz de una vela escapando por la rendija de una ventana. La Luna estaba llena en su cenit, observó antes de golpear la puerta. Y la puerta se abrió apenas. Un hombre arrugado de barba larga y blanca tomó con brusquedad el paquete que traía a cambio de unas pocas monedas antes de azotar la puerta.
Desandando sus pasos de regreso a casa no pudo dejar de pensar, otra vez, que aquella era la última oportunidad que le tomaba pedido a ese ermitaño de mierda que no sólo no daba las gracias, mucho menos una puta propina.

Pino Quemado

Lo último que siento antes de caer dormido es el mismo e inconfundible aroma a madera quemada que persiste en mi nariz incluso tras despertar, la combustión lenta de pino barnizado. Los demás todavía duermen, nadie se alarmó y mi amanecer es lento y perezoso, como después de una noche de tormenta. El comedor común del refugio a oscuras puede ser un laberinto de sombras duras y peligrosas para quien lo transita sin cuidado de camino a la ficha de luz. Pero no es sorpresa que no ande el interruptor aunque sí lo es que afuera todavía sea de noche según veo por las ventanas. Tal vez el olor a quemado provenga de la caja eléctrica.
-No te gastes- escucho decir en la oscuridad cuando llego a la tapa,- no tiene caso, ya probé.
- Buen día, Henk- saludo al holandés.
- Buenas noches.
- ¿Qué hora es?- pregunto.
- Tarde y temprano a la vez.
- Y ¿qué haces ahí sentado en lo oscuro?
- El calor me despertó, el calor…
- Eso significa que de mate ni hablar- digo preguntando pero el holandés resopla como si estuviera a punto de estallar.   
- No hay gas- dice.
- ¿Tampoco?- pregunto al ver el fondo plateado de la lata de la yerba.
- Hasta el agua parece que se llevaron.
- ¿Quiénes? ¿Nos robaron?
- ¿No viste que se fueron?- me responde Henk.
- ¿A dónde? ¿Cuándo?- pregunto ya de regreso en la habitación vacía, pero no sólo la gente se había ido, también los muebles. Ni siquiera mi cama estaba donde la había dejado hace instantes. Eso era nada, peor todavía, mis cosas, la mochila, la ropa, el dinero y todo cuanto había traído conmigo tampoco estaba.
            Henk no responde a mis gritos. Y su silencio se suma a la perplejidad de la estancia quieta y vacía que todavía huele a pinotea chamuscada. La lucidez viene a mí y salgo corriendo a buscar al holandés que no está por ninguna parte, aunque tampoco reparo en su paradero porque con o sin él voy a correr al pueblo para dar parte a la policía.
- Henk- grito ya fuera de la cabaña- voy a hacer la denuncia.
            El silencio de la noche es la respuesta que recibo. Tal vez el holandés se me ha adelantado. Sin más, ni linterna o abrigo, me lanzo a trotar directo al seno de la oscuridad del bosque guiando mis pasos con el borroso dibujo del camino en mi memoria, cada vez más desdibujado luego de dar vueltas y vueltas en un infierno de árboles secos y muertos. Cansado de estar perdido decido sentarme a esperar el amanecer que no habría de estar muy lejos. Con la luz iba a poder orientarme mejor. Mientras espero pienso en qué hora sería, o cuánto tiempo he dormido si es que lo he hecho en absoluto. O dónde está Henk y los otros. O de dónde proviene ese insoportable olor a quemado que incluso allí en medio del bosque persiste a mi alrededor. Entonces veo las llamas, su intenso naranja titilante en la distancia y no necesito mucho más para darme cuenta que es el refugio lo que se está quemando. Corro con todas mis fuerzas pero al llegar no puedo dar crédito a mis ojos ya que por dentro y por fuera no hay fuego alguno. Al contrario, el lugar está igual a como lo he visto antes de acostarme a dormir. En la habitación el grupo descansa placidamente, mi cama en su sitio, la mochila, la plata, los ronquidos de Henk tan firmes e invariables como el olor a pino quemado que no me puedo sacar de encima. Me tiro sobre el holandés y lo sacudo para despertarlo.
- Eh, ¿Qué pasa? ¿Qué querés? ¿Qué te pasa? Dejame dormir, mierda carajo.
- Pero Henk…
- Dejame dormir, te digo- me ladra y se da media vuelta dejándome allí parado con un incendio de interrogantes en la cabeza.
- Henk…
- ¿Qué carajo querés?
- ¿Sentís olor a quemado?
- ¡No!
- Perdón –susurro para no despertar a nadie más. Y entonces percibo los latidos salvajes de mi corazón que poco a poco vuelven a la normalidad a pesar de mi respiración agitada. Los pies pesados, un calor abrasador por dentro y un sudor frío como la muerte. Ante la tranquilidad de la habitación dormida me contagio con un cansancio abrumador como si no hubiera descansado en siglos. Y pronto la pesadilla queda atrás, no sé, no pienso, no puedo, tengo tanto sueño. Me acuesto, aflojo el cuerpo, me duermo. Pero aún entonces persiste en mí el intenso calor, los gritos desesperados y aquel penetrante el olor a pino quemado.  

viernes, 14 de octubre de 2011

Ajeno a lo Evidente


De Iruya a San Isidro distaban dos horas de caminata por el lecho de un río caudaloso que corría serpenteando un profundo cañón labrado por su paso a través de la montaña, un camino borrascoso que Horacio Gaitán estaba decidido a tomar pese a las advertencias recibidas por los guías que sólo pretendían dinero, cosa que él ya no tenía. Eso no iba a ser motivo para detenerle, pues por delante le esperaba la tan ansiada y tranquila soledad de aquel caserío perdido en medio de la nada; mientras que por detrás, a sus espaldas no sólo Iruya se hacía más pequeño, también un largo mes de viaje por los valles calchaquíes, una empresa iniciada aún más lejos, allá por Entre Ríos.
Los carnavales del litoral; similares a los de Brasil, con su vorágine de mujeres carnosas, batucadas y carrozas; habían dejado tras su paso las calles llenas de papel picado y serpentinas. Por aquellos días fue que su interior supo gestar un irremediable deseo de viajar al norte para conocer un carnaval diferente al suyo, el de los pueblos habitantes de estas tierras antes que extranjeros les llamaran Argentina. Sea por ingenuo o ignorante, Horacio ansiaba hallar una festividad real, autóctona y sin fines de lucro, una celebración en la que el dinero no tuviera lugar como centro de la fiesta. Sin embargo, allí estaba un mes más tarde, caminando a duras penas sobre el rocoso río San Isidro; que nada de festivo y mucho de real tenía el transitarlo, pues la correntada zigzagueante dentro del cañón, obligaba a los caminantes a vadear las aguas constantemente, y en consecuencia, soportar con estoicismo la ropa mojada, o los tobillos magullados por las rocas que el torrente arrastraba consigo.
Quizá era el precio que debía pagar para olvidar que en realidad el carnaval norteño no había sido lo que esperaba, pues por donde había pasado halló hordas de lugareños sumidos en una fiesta incesable de alcohol y chucherías, un tumulto de hombres disfrazados de diablitos liderando multitudes de turistas disfrazados de borrachos. Pero pronto aquel sinsabor se desvaneció de su mente para dejar lugar al temor por la propia vida, pues mientras avanzaba por el río el nivel del cauce comenzó a elevarse drásticamente y el agua corría entonces con fuerza por el cañón en toda su extensión, arrastrando grandes piedras que al chocar entre ellas hacían un sonido nada confortante. La lluvia arribó pronto y mucho antes de lo que pensaba se halló a sí mismo por completo mojado y arrepentido de hacerse caso. Demasiado lejos de Iruya, sin señales de humanidad en los alrededores, con el agua en las rodillas, Horacio escudriñó desesperado las escarpadas márgenes del cañón en busca de un saliente que pudiera brindarle cobijo. Hacia la orilla izquierda pudo ver los meandros de un sendero perderse montaña arriba. Desapareció todo rastro de cansancio en su cuerpo y sin pensarlo se lanzó por aquel camino dispuesto a no detenerse hasta que hallase el pueblo de San Isidro. Y no tardó mucho en hacerlo, aunque una vez en el lugar el abatimiento volvió a él tan pronto como se había marchado.
Por alguna extraña razón el caserío estaba completamente vacío. Puertas y ventanas cerradas, las calles sin vida, la Iglesia abandonada, nada ni nadie en las cercanías, incluso a sus golpes de manos para anunciarse sólo acudió un eco seco y distante. San Isidro estaba quieto, silencioso, frio como un muerto. Ni siquiera los perros del pueblo salieron a recibirlo. Guarecido en una arcada ancha vislumbró que su suerte no podía empeorar más, y resolviéndose a disfrutar aquella miseria pasajera esperó el fin de la lluvia, o mejor aún despertar de un salto en la cama. No podía negar que entonces añoraba Humahuaca y sus artesanos, o la terminal de ómnibus atiborrada de gente donde había adquirido pasaje a Iruya, que pese a haber sido irrevocablemente invadida por el turismo, aún era un lugar acogedor donde un visitante como él podía pagar por un sitio cálido donde disfrutar de sus vacaciones. E inevitablemente, Horacio llegó a pensar que debería haber buscado lo que anhelaba donde hubiera sido prudente mirar en un principio: dentro suyo.
Un repentino grito distante lo sacó de allí de un salto. Y luego otros, como un cántico o arenga compartida por muchos. Sus oídos lo llevaron hasta el lado opuesto del cañón, hacia un escueto sendero en la montaña por el que una multitud de hombres y mujeres a caballo iban camino al río, cantando al son del tam-tam de unos tambores pequeños que cada uno cargaba y tocaba sobre sus monturas. La comitiva cruzó el agua cabalgando y sin más las calles se llenaron de jinetes vestidos de vivos colores que colmaron el aire de risotadas, gritos y coplas mientras uno a uno, los caballos en fila fueron agrupados en un potrero. Los jinetes tocaban y cantaban y compartían chicha mientras conducían las bestias todas juntas, cuerpo contra cuerpo, hacia una espiral concéntrica que los convocaba en su seno. Los que se hallaban por fuera entraban al centro del grupo en movimiento pausado y circular, en tanto otros iban saliendo de la misma manera. Hombres, mujeres y animales, viejos y chicos, perros y caballos, unidos indisolublemente en ritual extático, continuaron copleando y danzando hasta el hartazgo, poseídos por una fuerza mayor y trascendental.
Luego de largo rato todos ellos dejaron sus monturas allí y a pie marcharon juntos a la casa más alta del pueblo, donde el festejo continuaría toda la noche hasta el amanecer, según le explicó una comadre que a su vez le aconsejó denegar cualquier invitación a aquel lugar, ya que no era prudente para él interferir con la festividad del pueblo. Pues a pesar de sus intentos de no ser un turista más del montón, allí en San Isidro, Horacio Gaitán no sólo era otro extranjero tierra adentro, sino también testigo ciego de una realidad ajena a lo evidente. Pues, sin duda alguna, aquellos no eran hombres disfrazados de diablitos festejando el carnaval, aquellos eran diablitos disfrazados de hombres, el carnaval mismo festejando a los hombres.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Viento que trae la lluvia

Al atardecer el viento que trae la lluvia acudía a golpear la ventana para anunciar el inicio del ritual cotidiano, el crepitar del fuego, el dulce aroma de la pipa que de inmediato los transportaba hacia la oculta cabaña sobre la colina en un fraterno abrazo silencioso de melenas y taparrabos. El extranjero aparecía entonces y allí comenzaba  la pacífica violencia en la que piezas blancas y negras en eterna sucesión nocturna iban del tablero a la caja y de regreso, mientras esporádicos comentarios apenas rasgaba el silencio con palabras ininteligibles propias de un lenguaje de ensueño que los recién llegados entendían no a través de sus oídos. Su mano derecha paseaba sobre las fichas materializando en gesto lo que ocurría en su cabeza, pero a pesar de la imprudencia aún así cada tanto aquellos le veían saltar en su sitio jubiloso, más dado al convite de jugo morado para sí y su contrincante, que bajo la apariencia de incauto principiante escondía la pericia de quien practica ciertas ciencias fácticas para el resto desconocidas.
Suponían que aquel, familiar en aspecto a los visitantes, era el señor de la cabaña pues siempre los recibía con un acto reverencial ante las llamas del hogar donde permanecían horas compartiendo humo, calor y conocimientos. El otro en cambio, el extranjero, iba y venía esquivo como Luna, ajeno a ellos, indiferente. Tenía la cabellera del sol, y su ropa, ceñida al cuerpo como enredadera. Al igual que los otros visitaba la cabaña en  épocas en que los vientos lluviosos del Oeste traían consigo un tropel de días grises; o acaso el mismo y único amalgamado por el cotidiano ritual en la queda monotonía de la lejana cabaña llena de pasatiempos, charlas y meditaciones en tránsito tardo como el derrotero de las espesas nubes, que apoyaban la barriga sobre la tierra y serpenteaban colina abajo para finalmente disolverse en el valle cuando éstas no preferían quedarse por allí a ser ordeñadas por los árboles  del bosque entonces fundido con el cerro en la blanquecina distancia. Los animales y el tolderío se desdibujaban a lo lejos perdurando sólo en el ámbito del recuerdo. La cabaña parecía ir y venir con las nubes o esconderse dentro de ellas, las nubes que buscaban refugio en las habitaciones y quedaban alojadas por horas a descansar luego del largo viaje. Era usual escuchar al extranjero perder el rumbo en la pequeña y única estancia, o decir que veía visitantes de la bruma pasearse por allí como invidentes absortos. Incluso él mismo muchas veces iba y venía con la llegada de las nubes y, aunque todos conocieran muy bien la naturaleza de su presencia en la cabaña, hubo quienes llegaron a pensar que el extranjero no existía siquiera. Que no era parte real de aquel lugar, que tal vez era el sueño de una nube, o el sueño de un sueño.
                Cierto día nebuloso el extranjero y el dueño de la cabaña la abandonaron. Los visitantes fueron tras ellos rumbo al corazón de la bruma para finalmente hallarlos no muy lejos, donde antes se hallaban las tolderías, escudriñando una serie de antiguas construcciones circulares y cuadradas, grandes y pequeñas, dispuestas de modo tal que sugerían el paso y vida de los hombres de la tierra en tiempos también sumidos en la blanca nebulosa de las ruinas del olvido. Escondidos tras matas y rocas observaron al dueño de la cabañaza encender una hoguera que presintieron hecha en honor a ellos, mientras el extranjero se paseaba por el sitio en silencio respetuoso y contemplativo, tan familiarizado con sus recovecos que en la neblina llegaron a confundirlo con uno de ellos mismos. El dueño de la cabaña bailaba a la par de las llamas invitando al aquelarre a la tierra, el agua y el viento. Y lo vieron bailar como bailan los árboles con el viento que trae la lluvia, y lo vieron ser árbol, lo vieron ser viento. Y fue nube y lluvia, fue olor a tierra húmeda, y raíz-hoja-fruto. Fue bestia, fue hembra, macho y cría. Fue viejo, muerto y putrefacción. Fue barbarie y civilización.  Fue tiempo, y fuego.
“Vientoquetraelalluvia”, vociferó el naranja fogón movedizo, “sal de ahí, ven a mí”.
“¿Eres tú, sabio brujo?”, preguntó el muchacho todavía escondido en la neblina.
“El viaje ha concluido” repuso el brujo. Y Vientoquetraelalluvia regresó a su lado.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Casa de Elsa

Lo vi entrar a la casa por primera vez cerca de la media tarde, cuando el polvo suspendido en el aire suele hacerse visible a la luz filtrada por la ventana del vestíbulo. Su llegada me tomó por sorpresa ya que nunca antes lo había visto. Era el nuevo propietario, lo escuche decir por teléfono mientras recorría los interiores. Aparentemente había comprado aquel viejo caserón a puertas cerradas pues su bajo costo, a pesar de estar por completo amueblado, le presentaba un negocio irresistible. Recuerdo el asombro en su rostro mientras recorría las habitaciones una a una, sin convencerse de no haber sido victima de sus impulsos o de algún tipo de treta, pero la propiedad era por dentro tan seductora como por fuera, decía. Acariciaba los muebles escondidos bajo un denso manto de polvo para descubrirlos exquisitos. Pronto halló que estos guardaban aún las pertenencias de su antiguo propietario: adornos, ropa, vajilla, recuerdos; toda una vida plasmada en la acumulación de tonteras innecesarias. Días más tarde oí a los vecinos comentarle que el difunto tenía un único pariente lejano, al parecer tan apretado en cuentas que vendió la casa con la totalidad de su contenido.
Sin duda alguna la compra había sido el mejor negocio de su vida, dijo al teléfono durante una afable conversación con un conocido al que prometía enviar un lote de antigüedades para remate a la vez que escudriñaba el interior del mobiliario. Entretanto sumaba el valor de lo que no iba a la basura y luego llamaba a una empresa de mudanzas, esperanzado en dar con algo que valiera más que toda la casa y su contenido juntos. Pero nada llamó su atención más que un antiquísimo daguerrotipo que capturaba el frente de la propiedad en su época de esplendor. Lo desempolvó cuidadosamente antes de quitar el marco para descubrir que no guardaba fecha alguna. Con una sonrisa que no le cabía en el rostro, volvió a enmarcar la imagen y marchó a la cama con ella bajo el brazo. De igual modo abandonó la casa rumbo al pueblo el día siguiente bien temprano en la mañana y recién al mediodía volvió silbando vivaz.
Entonces lo vi detener la marcha en seco, palidecer súbitamente, tenía el rostro desencajado y sus ojos fijos en la ventana izquierda del segundo piso. Una niña golpeaba el vidrio con desesperación y gritaba a viva voz como si su vida dependiera de ello. Se abalanzó al interior y sin pensarlo subió de un salto las escaleras pero halló la habitación quieta, silenciosa. Aguzando el oído para distinguir cualquier nimio sonido por sobre el crujir de las maderas del piso, recorrió el caserón y más allá, el patio y luego la calle, donde terminó por convencerse de que algún tonto niño del barrio le había jugado una mala pasada. Sin más volvió al interior de la casa preocupado por otros asuntos de mayor importancia pues iba a necesitar un susto peor para olvidarse del negocio que tenía entre manos. Según había averiguado en el pueblo, su nueva casa de arquitectura victoriana había sido construida cerca de mil ochocientos noventa por descendientes de un mercader inglés de la Buenos Aires colonial, dijo al teléfono. La propiedad había permanecido en la misma familia, aunque presuntamente deshabitada, hasta la guerra de Malvinas cuando pasó de manos por primera vez. Desde entonces hasta la fecha, una y otra vez fue adquirida y vendida tantas veces que el listado de los sucesivos propietarios completaba dos carillas del documento suministrado por la oficina de catastro municipal. La construcción era prácticamente un monumento histórico y como tal tendría un precio a su medida, aseguraba antes de cortar.
El resto del día, la casa vivió una de sus jornadas más activas en mucho tiempo pues el recién llegado tenía apuro por vaciar los muebles aun cuando no disponía de cajas para hacerlo. La larga mesada de la cocina recibió el grueso de los adornos, recuerdos de viajes y utensilios cotidianos. La ropa del difunto en cambio fue puesta en bolsas de residuos y luego arrumbada en el coche hasta llenar su espacio interior. Muy distinto fue el destino de las fotografías y  los cuadernos, o todo un papelerío de anotaciones, cuentas y facturas que fueron a parar a las fauces del fuego. Con el atardecer dio por concluida la labor y abandonó la casa rumbo a lo del vecino más cercano donde preguntó por la parroquia. Luego no volví a verlo hasta la madrugada, con el auto vacío y el vientre tan lleno de alcohol que hubo de subir las escaleras aferrándose a la baranda. En la recamara se desplomó boca arriba sobre el indómito carrusel que era su lecho. Antes de caer rendido observó el daguerrotipo pero entonces sintió perder la borrachera casi por completo. En la imagen pudo ver la misma niña con cara de horror que había visto en la mañana en la ventana izquierda del segundo piso. Pero en el acto desestimó todo el asunto. Tal vez la imagen de la niña estuvo en el daguerrotipo desde el principio sin que él lo advirtiera. Era probable que haya quedado en su mente para luego resurgir ante sus ojos somnolientos aquella mañana. Logró convencerse en voz alta de que no había otra explicación más lógica y racional que la recién pergeñada pero no pudo conciliar el sueño hasta momentos antes del amanecer. A mediodía volví a verlo, cuando llegaron dos camiones de mudanza y dieciséis pares de manos que fueron recibidas con mala cara. Entretanto, y durante las siguientes seis horas, supervisó a los hombres llevando el daguerrotipo consigo, mientras al teléfono repetía una y otra vez las maravillosas virtudes arquitectónicas de un caserón victoriano histórico de dos plantas con todos los servicios, amplio parque, sótano luminoso, barrio seguro, valor accesible. Finalmente, tras los camiones también partió el sol y el nuevo propietario se halló por completo solo, entonces rodeado de adornos y pequeñeces sin lugar definido. Jamás he visto la casa tan desordenada.
El nuevo dueño no cenó y marchó a la cama temprano sin desprenderse un instante del daguerrotipo. La niña en la ventana continuaba estoica con su profunda expresión de horror, pero ya no en la vieja imagen sino en su memoria, pues cada vez que cerraba los ojos la imaginaba con la misma intensidad que la había visto golpeando y gritando como si se le fuera la vida en ello; como si aquel hombre que la miraba desde la calle fuera a salvarla, pero mientras más gritaba más sordo se hacía su alarido. Un llanto terrible y desgarrador lo despertó aterrado, aunque más temor sintió al darse cuenta de que había sido suyo. Tras los primeros rayos de sol lo vi salir a la calle con evidente apuro y volver poco después con el coche cargado de cajas de cartón y cajones de madera. No estacionó en el garaje como siempre, por el contrario detuvo el coche en la vereda de enfrente desde donde presenció un macabro espectáculo. Tal como lo había visto antes, una niña horrorizada gritaba y golpeaba la ventana con fuerzas. Pero entonces vio una anciana acercarse por detrás y blandir una hachuela sobre su cabeza.
            Aquello no ameritaba más que llamar a la policía y esperar hasta que arribaran. Sin embargo, ni los efectivos policiales ni él mismo pudieron hallar nada llamativo una vez que ingresaron. No pudo hacerles entender ni mucho menos eludir la reprimenda que éstos le propinaron. Tan pronto se halló nuevamente solo corrió hasta el daguerrotipo y con espanto observó una anciana donde antes había visto a la niña. Preso de un apuro visceral descargó del coche las cajas en el living para atiborrarlas de adornos y recuerdos sin reparar en proteger las piezas más delicadas. Sólo por divertirme a su costa me acerqué todo lo que pude sin ser notado y tan pronto como él giró para buscar más adornos yo quité algo de la caja y lo dejé a un lado, sobre el piso. Entonces lo advirtió, pude verlo en su rostro, su mandíbula tensa, los puños cerrados, le vi la piel de gallina. Permaneció inmóvil en su sitio como un animal indefenso que olisquea el aire sabiéndose acechado, aguzando el oído para escuchar más allá del silencio. Algo andaba mal con aquella casa, lo escuché decir en voz queda. Sin más tomó el daguerrotipo, partió rumbo al pueblo y no volví a verlo por el lapso de dos días completos.
Esta vez en cambio, no vino solo, trajo consigo una mujer que no me gustó nada desde el momento en que la viera, por lo que mantuve cierta distancia desde donde los pude ver charlar largo y tendido en la vereda, mientras observaban el daguerrotipo a la vez que señalaban las ventanas del segundo piso. Finalmente ella tomó la imagen e ingresó al caserón cargándola bien apretada contra su pecho, tenía los ojos apenas entreabiertos, la respiración profunda, rítmica, sostenida. La mujer, loca o poseída, daba pasos cortos en un lento deambular contemplativo por cada habitación mientras entonaba graves balbuceos sin sentido. Entretanto, el dueño de la casa esperaba pacientemente en la calle, cuya paciencia se agotó al cabo de tres horas de un silencio sospechosamente ininterrumpido. Apenas inclinado hacia el interior, gritó su nombre sin recibir respuesta. Armado con un martillo que tomó de su coche, ingresó al caserón presto a todo aunque en la planta inferior no halló ni el más mínimo rastro de vida. Por las escaleras descendía el pachuli de la señora que pudo distinguir aún con mayor intensidad una vez que en el segundo piso. El aroma provenía de la puerta del closet al final del pasillo donde percibió un débil sollozo. Llamó suavemente antes de abrir la puerta, pero se abalanzó sobre él una furia de arañazos, mordiscos y maldiciones tan  llenas de odio y terror que apenas pudo defenderse. Caído en el piso creyó ver a la mujer salir corriendo en zigzag y desaparecer estrepitosamente escaleras abajo. Luego absoluto silencio, la casa había vuelto a la quietud que la caracterizaba.
Hecho un ovillo sobre el suelo, se preguntaba si aquel absurdo había en realidad sucedido, si realmente había un daguerrotipo con una nena y una vieja, o si en verdad él estaba hecho un ovillo en el suelo preguntándose aquello. Pero no necesitó alzar la vista para una respuesta, tan pronto abrió los ojos halló el daguerrotipo debajo suyo, partido en dos. En los trozos de la  imagen vio también a la niña y a la vieja, y en el umbral de la puerta principal una mujer desparramada en medio de un charco negro. Entonces descubrió el rojo en sus manos, en el martillo y su ropa, todo a lo largo del pasillo rumbo a la escalera. Y abajo, en efecto, la mujer muerta. Era hora de marcharse, echar llave, no volver jamás, decía en voz alta.
Pero lo hice reflexionar. Una mujer muerta decoraba el frente de la casa, tenía la cabeza destrozada por un martillo cubierto de sus huellas. Una mujer muerta que él mismo había llevado, que lo atacó a mano desnuda dejando marcas en su rostro, sangre en su ropa, el piso, todo el sitio. Y los gritos y los vecinos y esos estúpidos policías que no le creerían nada aún cuando dijera la más absoluta verdad o inventara la coartada perfecta, pues todas las aristas de aquella instancia estaban en su contra; le oí repetir mientras daba vueltas en el mismo lugar, al pie de la escalera en la planta alta, viendo cómo el gran charco escarlata que rodeaba al cadáver crecía en diámetro hasta los primeros escalones y comenzaba a treparlos lentamente en su dirección.
Aquello detuvo su rumiar. Saltó a la planta baja esquivando la sangre y tomó a la mujer por los pies para arrastrarla hacia la estancia más alejada de toda puerta o ventana al exterior, cuyas persianas y cortinas fueron cerradas en el acto. Volvió al porche y tapó con una alfombrilla la poca suciedad que alcanzó el exterior. Cerró la casa tras de sí y partió en el coche rumbo al pueblo. Regresó de inmediato y estacionó detrás de la casa desde donde ingresó cargando dos bidones llenos cuyo contenido fue rociado sobre el piso y el cuerpo de la mujer con suma diligencia. Entonces lo vi sostener ambos trozos del daguerrotipo a poca altura de un encendedor. Allí estaba el magnífico caserón victoriano capturado en el tiempo en su mejor época, pero no pudo ver en él a la niña, tampoco a la vieja ni a la mujer muerta, en cambio sus ventanas alojaban una titilante tonalidad naranja cálida y creciente que al instante se convirtió en fuego y devoró el daguerrotipo desde adentro hacia afuera. El último propietario soltó la imagen en llamas y yo trabé las puertas.

martes, 28 de diciembre de 2010

Estoy aburrido…


Estoy aburrido de mi vida…
Pero no de la mia, sino de la vida en el planeta tierra…
Estoy aburrido de caminar por la naturaleza y que lo natural sea ver campos alambrados, completamente pelados, carentes de vida, pero tan fértiles que lo único que crece es una leguminosa color verde dolar…
Estoy aburrido de que el único territorio virgen a conquistar se halle adentro nuestro…
Estoy aburrido de que la única manera de vivir una aventura sea pagando para sentarme en una butaca frente a una pantalla…
Estoy aburrido de mirar la televisión y darme cuenta que nada de lo mostrado me estimula a sentirme vivo…
Estoy aburrido de que los niños ya no tengan imaginación, que sean incapaces de jugar y entretenerse por si solos…
Estoy aburrido de que la única manera de salvar la tierra de su destrucción sea sentado frente a una consola de videojuegos…
O con mucha suerte, haciendo donativos a una empresa…
Estoy aburrido de que la diversión adulta esté sistematizada, limitada al fin de semana, que consista en salir a enajenarse con drogas y alcohol, música a todo trapo, en un constante coqueteo con el sexo opuesto que nunca se concreta…
Y que cuando se concreta automáticamente me doy cuento que ESO no era lo que buscaba…
Estoy aburrido de que todos los avances de la ciencia se apliquen para quitarnos dinero…
Estoy aburrido de que el dinero nos quite salud…
Y que recuperar la salud nos quite dinero…
Estoy aburrido que me quieran bombear el deseo de sentirme especial, diferente, único, ¿Cómo podría serlo cuando todos quieren serlo?
Estoy aburrido de que la vida común y respetable sea estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, morir viejo…
Estoy aburrido de festejar el nacimiento de una persona que vivió hace 2000 años atrás, y un año nuevo que corresponde al cambio de ciclo del hemisferio norte…
Estoy aburrido del silencio, de no poder gritar o bailar o cantar o decir te quiero a un total desconocido…
Estoy aburrido de sentir desconfianza por las calles…
Estoy aburrido de que me digan quien es el enemigo…
Estoy aburrido de oir que si se viene el fin del mundo bien merecido lo tenemos, que somos muchos en el planeta, que ya no cabemos…
Estoy aburrido de ver publicidades en cada centímetro cuadrado disponible, que ya no me vendan productos sino sentimientos, de que todo tenga un precio…
Estoy aburrido de no poder hallar una salida al sistema, de sentir que es el aburrimiento o el aislamiento arriba de una palmera…
Estoy aburrido…
Quiero olvidar todo aquello que me han dicho es lo correcto…
El planeta era un vergel, lleno de alimento, lleno de hierbas que solían ser nuestros medicamentos…
Hemos convertido nuestro vientre materno en una fría y metálica incubadora…
Que feo…
Quiero olvidar todo eso…
Salir a jugar, pasar el tiempo, probar algo nuevo, matar este aburrimiento…

jueves, 23 de diciembre de 2010

Bibliocidio

Muerte a los libros,
los quiero ver desaparecer,
que corran de mano en mano
hasta que las tapas, ya gastadas,
caigan marchitas.
Que no haya costura ni prensado
que soporte la acometida
de la eterna aventura leída una y otra vez.
Que mil manos y mil ojos
tornen tus bordes rugosos
y tus páginas amarillas.
Sin descanso ni respiro,
jamás hallarás reposo
ni verás biblioteca o repisa.
Que mil miradas de fuego
quemen tus historias hasta las cenizas,
que se caigan tus hojas,
que tu mensaje sea un enigma.
Muere libro,
cumple tu cometido.

Mirando el cielo

La persiana metálica de la farmacia siendo izada, el perro de la plaza sentado en la puerta de la panadería, la empleada del abogado barría la vereda, el jardín de infantes cobraba vida y Don Toribio Posso daba de comer migajas a las palomas cuando un punto diminuto y oscuro surcó el cielo sobre ellos para convertirse después en una blanca nube pesada que ante la mirada absorta de la gente descendió al pueblo cubriéndolo todo con una gruesa capa de fino polvo que permaneció incluso por horas flotando en el aire en forma de neblina, siendo imposible no respirarla y para cuando tomaron conciencia de lo que sucedía ya era demasiado tarde: todos estaban perdidos.
Presa de un impulso incontrolable la gente comenzó a limpiar el pueblo hasta que no quedara rastro alguno de la suciedad y en su afán por desempolvar más y más y cada vez más se mataban los unos a los otros; ya sea por veredas sin barrer o canaletas sucias o perros blancos de mugre que una vez limpios escapaban a revolcarse en el piso y debían ser bañados otra vez. Grandes y chicos, hombres y mujeres, todos querían limpiar el poblado sin importar dónde, con quién, cómo o a qué precio siempre y cuando hubiera tan solo un poco de polvo por quitar. Uno vio la beta comercial y decidió cobrar entrada a su gran jardín donde había mucha suciedad, con el dinero recaudado adquirió más inmundicia para sí mismo. Otro se volvió paranoide y comenzó a gritar que estaban siendo invadidos por los Ellos, luego se tiró de palomita del techo de la parroquia. Nadie lo notó.
Tres días con sus tres noches duró el frenesí higiénico y una vez concluida la tarea los que quedaban en pie se miraron las caras y sintieron vergüenza de sí mismos, del salvajismo inhumano en el que estaban sumidos. En silencio cada uno se retiró hacia la privacidad de su hogar para hundirse en un pozo de recriminaciones y culpas del cual saldrían días después. Todo volvió a la normalidad. Nada fue publicado en los medios, nunca se volvió a hablar del tema. Desde entonces las nuevas generaciones se preguntan por qué sus abuelos pasan tardes enteras mirando el cielo.

“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

Historia Universal de la Música Progresiva
Volumen IX – Capítulo 18- Apéndice B
Música, Psicodelia y otras hierbas:
“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

No menos que curiosos son los hechos bochornosos que tomaron lugar alrededor de la Orquesta Vueltamanzana durante su corto período de vida. Y hemos creído que el presente volumen jamás estaría completo sin una referencia, aunque breve, a éste enigmático hito de nuestra música popular. A decir verdad pocas son las fuentes que permiten reconstruir lo sucedido por aquellos años de locura que pasaba nuestra querida patria, pero nos hemos valido de todas nuestras posibilidades para tratar de transmitir un reflejo fiel, cuando menos parecido. Mucho de lo que sabemos hoy día sobre ellos quedó registrado en un diario íntimo escrito por un seguidor de la banda, diario que fue publicado en su momento y se convirtió en el best-seller que hoy conocemos bajo el rótulo de “Crónicas épicas de una vuelta a la manzana” y del cual extraeremos algunos pasajes a modo ilustrativo.
Desconocemos el origen de la agrupación, pero sabemos que la formación inicial constaba de nueve músicos. Según las “Crónicas…” la orquesta comenzó haciendo presentaciones formales en salones destinados a tales fines; constando el show de dos tiempos. Una primera parte, cuyo contenido era un repertorio académico fruto de años de estudio y experiencia en las ciencias musicales, exposiciones en las cuales era común que el publico permaneciera sentado y aplaudiera entre tema y tema durante el lapso de casi una hora completa. Luego de éste segmento tomaba lugar el intermezzo que aparentemente bautizaba con nombre y apellido al grupo musical. Citamos: “…recuerdo bien cómo la Orquesta Vueltamanzana acostumbraba a realizar un obligado recorrido ritual antes de tocar; sea ensayo, zapada o espectáculo público. Daban una vuelta a la manzana, sí señor. Así de simple era la cosa. Una vuelta manzana, para inspirarse quiero creer porque así es como volvían. Yo los vi, yo estuve ahí…”(Ver pag. 71 “Crónicas…”).
También dice: “…No más de veinte minutos duraba la vuelta, y una vez terminada regresaban al salón a las risas, abrazados unos con otros, algunos de ellos con el torso desnudo y verdaderamente algo risueños y más dados a las abstracciones propias del quehacer creativo de la música. Sin apuro y en desorden volvían a sus respectivos lugares sobre el escenario, aunque era común verlos cambiar de instrumentos antes de comenzar con la segunda parte del espectáculo. Y aquí todo cambiaba...”(Ver pag. 22 “Crónicas…”).
Nuestros eruditos aún hoy discuten la naturaleza de éste rito, misterio en el que no ahondaremos dado que no es el propósito del presente estudio. Sin embargo, lo concreto es que las “Crónicas…” ponen en evidencia los resultados obtenidos de dichas prácticas:  “…luego de la vuelta a la manzana generalmente era la percusión quien tomaba la iniciativa con ritmos lentos y primitivos que se volvían más y más complejos a medida que los demás instrumentos se iban sumando en una creación musical progresiva que jamás volvían a repetir y que se podía extender hasta cuatro horas consecutivas”(Ver pag. 196 “Cronicas…”).
Lo extraño, lo que llama la atención a los ojos de la modernidad es lo que estos ritos suscitaban en el público presente. Veamos:
“…los pies de los espectadores, que no podían evitar moverse al son de la orquesta Vueltamanzana, golpeaban el piso rítmicamente haciendo vibrar todo el lugar, y los instrumentos de cuerda elevaban el movimiento de los pies al corazón; y los cuerpos conmovidos, antes inmóviles, ahora aplaudían y silbaban y gritaban y bailaban en un frenesí musical que crecía y crecía hasta que ni los vecinos ni la gente curiosa que pasaba por el lugar podía evitar sumergirse en aquellos hipnóticos sonidos. Era increíble ver a la orquesta tomar el poder de sus espectadores, pero yo lo vi, yo estuve ahí”(Ver pag. 135 “Crónicas…”).
Según las “Crónicas…”, estos sucesos provocaron el crecimiento en popularidad de la orquesta, crecimiento que se prolongó durante un tiempo, aunque desconocemos el lapso real de dicho proceso. Sin embargo, todo indica que llegado el éxito, la orquesta tomó otro rumbo bastante diferente al que traía. Las “Crónicas…” dicen: “…las vueltas a la manzana se hicieron en un principio cada vez más prolongadas y luego más frecuentes: antes, durante y después del show. Con el tiempo el espectáculo sufrió algunos cambios, la primera parte de la presentación fue removida  y los intermezzos eran cada vez más largos. Esto también caló profundo en los músicos y sus instrumentos. Una vez, luego de la vuelta, equivocaron la puerta del salón e ingresaron en una casa particular donde continuaron tocando toda la madrugada para el dueño de casa y su familia, que atónita observaba nueve individuos revisando la cocina y el garaje en busca de instrumentos mientras improvisaban con voces, pies y manos”.(Ver pag. 250 “Crónicas…).
Según relata la fuente consultada, no pasó mucho tiempo hasta que éstas equivocaciones se hicieron frecuentes y fue decisión unánime dar la vuelta a la manzana con los instrumentos a cuestas lo cual de algún modo repercutió en los seguidores. “…El público comenzó a seguir a la orquesta en sus recesos por miedo a perderse la segunda parte del show, aunque la música también fue parte de los intermezzos. Puedo dar fe, he sido testigo. Todavía hoy puedo ver en el recuerdo aquellos nueve músicos encabezando una multitud frenética mientras tocaban dando la vuelta a la manzana. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 629 “Crónicas…”).
Por alguna razón que escapa a nuestro ingenio, y que el autor de las “Crónicas de una vuelta a la manzana” no logra explicitar, ésta situación se hizo insostenible con el tiempo, lo que caló hondo en la estructuración original de la orquesta. El siguiente extracto lo refleja con seriedad: “El colmo llegó con la renuncia del representante quien tiró la toalla luego de una zapada de tres días que comenzó en el bar de Don Domingo, pasó por un velorio y sumados al cortejo fúnebre acompañaron al difunto hacia su morada final pero camino al cementerio entraron en un cumpleaños de quince donde tocando comieron y bebieron y bailaron hasta el hartazgo para terminar la mañana siguiente en un bautismo que fue suspendido por el descontrol y el olor poco agradable que despedía el ataúd que los venía siguiendo las tres noches anteriores. Fue la policía quien puso fin al asunto, aunque en realidad sólo echaron más leña al fuego. Una turba iracunda se agolpó a las puertas de la comisaría donde los músicos seguían zapando en el interior de un oscuro calabozo. Y el desquiciamiento de la multitud fue inevitable. Y finalmente todos felices bailaron al compás de la orquesta sobre los escombros del edificio derrumbado. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 2 “Crónicas…”).
Ignoramos lo sucedido después, dado que la fuente consultada divaga sobre cuestiones personales que no vienen al caso. En cambio, sabemos con firmeza que todo concluye una noche de lluvia torrencial, cuando la orquesta decidió dar la acostumbrada vuelta a la manzana incluso bajo el agua. Pero el público decidió que aquella velada era oportuno esperar. Nadie nunca los volvió a ver.

22

“Cuando sea grande quiero ser mate” fueron sus primeras palabras ante una familia atónita que mucho antes siquiera de ser brote querían podarlo. Pero a pesar de las lluvias, el frio y fertilizantes varios, el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann creció fuerte y sano en las fincas del Don Señor Von Misterlord. Ya siendo un pomelo robusto en el que despuntaba un naranja rosado de madura plenitud seguía sosteniendo aquel absurdo sueño que no le había sido dado en gracia. “Pues nada propio de un pomelo ser mate, esas cosas están destinadas a otros frutos de la naturaleza”, le dijo con severa reprobación el pomelo Ishwar Yatin Boddhisarna, el ermitaño que vivía en la rama más alta. Pero Martin Antonio, “Martonio” para sus amigos (su único amigo, el mangangá mimoso que lo picaba), nunca cedió a su sueño, aunque lloraba escondido por la noche. “No seas artista”, le gritó un grillo insomne y rompebolas, “que lo que te cae es rocío”. Y Martonio llegó a desear no haber nacido pomelo, o caer del árbol, o tener manos para poder usar una pistola. Revuelto en pensamientos que jamás hubieran pasado por la cabeza de otro pomelo sobre la tierra del santo señor don Dios, ésta siguió girando y el sol y las lunas parecían dar vueltas alrededor de ella tan rápido que cuando llegó el día de la cosecha Martonio estaba mareado y confundido. Así, de repente, se encontró a sí mismo arrancado de su árbol natal para siempre y comenzó para él, y para todos los demás pomelos de la plantación, el viaje místico de sus vidas.
Todo el pomelaje junto entonaba un cántico victorioso que relataba las aventuras del pomelo profeta que dejó atrás su hogar y peregrinó al paraíso. El regocijo era general, no compartido sólo por Martonio quien tenía ciertas dudas sobre el tema. O el coro a destiempo, o algo. Pero nadie le dio bola y felices encararon las peripecias que los llevaron del verde campiña al gris cemento concluyendo finalmente en un gran edificio jamás visto por ninguno de ellos. Personas de todas las clases iban y venían. Poco a poco comenzaron a notar que la gran reunión de los pueblos Pomelo era separada en pequeñas partidas y una a una iban desapareciendo. Martonio comprobó sus sospechas cuando fue separado de su familia y terminó en un cajón de madera en una verdulería anexa a un supermercado cuyos dueños miraban con sospecha y hablaban otra lengua, ahí por Caballito. Jamás sintió tanto miedo en su vida.
Y lo que el profeta llamara paraíso, era en verdad el mismísimo infierno. El cajón de los pomelos fue puesto sobre la vereda, donde no sólo hubieron de soportar las inclemencias del tiempo, también las del progreso. Y desde allí tuvo una imagen certera de la locura y el caos reinante. Cebollas, papas y coliflores, blancos de miedo, nunca dijeron palabra. Las mandarinas en cambio se cagaban de risa; las naranjas, más serias ellas, se reían a secas. Bananas y pepinos se guiñaban los ojos unos a otros por razones que el pudor calla. Las berenjenas elevaron una proclama de revolución y libertad que nadie escuchó. Las frutillas no hablaban con nadie pues se creían de la crema y los pomelos hermanos de Martonio seguían sosteniendo su sueño. Uno de ellos, adepto a las enseñanzas del ermitaño Boddhisarna, supo confesarle cierto día una enseñanza de su maestro que rezaba que las puertas de entrada al paraíso son las puertas de salida del infierno. Esa misma tarde una vieja preguntó “qué tal los pomelos”, “pipí-cucú” dijo el verdulero, agarró al adepto y lo cortó al medio. Desde entonces todos ellos tuvieron una visión menos poética del paraíso prometido y se volvieron escépticos sobre su futuro. Martonio no pudo evitar caer en la más profunda depresión. Y durmió un largo sueño hermoso en el que nacía porongo, era cosechado por un viejo artesano que lo pulía y lo dejaba divino, luego vendido a una hermosa joven estudiante de psicología que se ponía de novio y lo regalaba a su suegra, que encantada con la nuera, le dio lastima usar el regalo y lo dejó hasta el día de su muerte inmóvil en una repisa. Martonio despertó en un grito de aquella horrenda pesadilla y rogó al dios pomelo que también ponga fin a su vida. Pero todos sabemos que Dios hay uno solo. Y ese es el nuestro. Y definitivamente no es un ningún pomelo. Por eso Martonio no recibió respuesta y hubo de quedarse allí viendo como sus hermanos, uno a uno, eran llevados hacia lo desconocido.
Un muchacho de olor sahumerio vino un día. Deambulaba por la calle cuando lo vio a Martonio tan triste y sólo que decidió llevarlo consigo. Ya en su hogar lo guardó en un cajón invernal donde el pomelo durmió en la criogenia tecnológica de una heladera de  los setenta. Y Martonio no tuvo que sufrir tristeza o felicidad alguna, ni anhelos ni temores. Y el no sentir, aunque no lo haya sentido, fue un buen descanso para el afligido pomelo.
Finalmente se despertó un día, recostado sobre la mesada de la cocina. Una mano lo sostenía horizontal al piso, en la otra pudo ver un frio metal que lentamente fue cercenándole la tapa de los sesos. Luego una gruesa cuchara fue introducida en sus entrañadas para removerlas y el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann experimentó la muerte más horrenda jamás vivida por un cítrico. Agonizante vio su vida pasar frente a sus ojos y no pudo evitar maldecir al iluso adepto y a su maestro, al profeta, su familia, al árbol, a la finca. Y no se fue de este mundo sin antes maldecir al muchacho verdugo, quien sacó la pava del fuego, le puso yerba y se tomó unos buenos mates.