Lectores:

Content

jueves, 23 de diciembre de 2010

22

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


“Cuando sea grande quiero ser mate” fueron sus primeras palabras ante una familia atónita que mucho antes siquiera de ser brote querían podarlo. Pero a pesar de las lluvias, el frio y fertilizantes varios, el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann creció fuerte y sano en las fincas del Don Señor Von Misterlord. Ya siendo un pomelo robusto en el que despuntaba un naranja rosado de madura plenitud seguía sosteniendo aquel absurdo sueño que no le había sido dado en gracia. “Pues nada propio de un pomelo ser mate, esas cosas están destinadas a otros frutos de la naturaleza”, le dijo con severa reprobación el pomelo Ishwar Yatin Boddhisarna, el ermitaño que vivía en la rama más alta. Pero Martin Antonio, “Martonio” para sus amigos (su único amigo, el mangangá mimoso que lo picaba), nunca cedió a su sueño, aunque lloraba escondido por la noche. “No seas artista”, le gritó un grillo insomne y rompebolas, “que lo que te cae es rocío”. Y Martonio llegó a desear no haber nacido pomelo, o caer del árbol, o tener manos para poder usar una pistola. Revuelto en pensamientos que jamás hubieran pasado por la cabeza de otro pomelo sobre la tierra del santo señor don Dios, ésta siguió girando y el sol y las lunas parecían dar vueltas alrededor de ella tan rápido que cuando llegó el día de la cosecha Martonio estaba mareado y confundido. Así, de repente, se encontró a sí mismo arrancado de su árbol natal para siempre y comenzó para él, y para todos los demás pomelos de la plantación, el viaje místico de sus vidas.
Todo el pomelaje junto entonaba un cántico victorioso que relataba las aventuras del pomelo profeta que dejó atrás su hogar y peregrinó al paraíso. El regocijo era general, no compartido sólo por Martonio quien tenía ciertas dudas sobre el tema. O el coro a destiempo, o algo. Pero nadie le dio bola y felices encararon las peripecias que los llevaron del verde campiña al gris cemento concluyendo finalmente en un gran edificio jamás visto por ninguno de ellos. Personas de todas las clases iban y venían. Poco a poco comenzaron a notar que la gran reunión de los pueblos Pomelo era separada en pequeñas partidas y una a una iban desapareciendo. Martonio comprobó sus sospechas cuando fue separado de su familia y terminó en un cajón de madera en una verdulería anexa a un supermercado cuyos dueños miraban con sospecha y hablaban otra lengua, ahí por Caballito. Jamás sintió tanto miedo en su vida.
Y lo que el profeta llamara paraíso, era en verdad el mismísimo infierno. El cajón de los pomelos fue puesto sobre la vereda, donde no sólo hubieron de soportar las inclemencias del tiempo, también las del progreso. Y desde allí tuvo una imagen certera de la locura y el caos reinante. Cebollas, papas y coliflores, blancos de miedo, nunca dijeron palabra. Las mandarinas en cambio se cagaban de risa; las naranjas, más serias ellas, se reían a secas. Bananas y pepinos se guiñaban los ojos unos a otros por razones que el pudor calla. Las berenjenas elevaron una proclama de revolución y libertad que nadie escuchó. Las frutillas no hablaban con nadie pues se creían de la crema y los pomelos hermanos de Martonio seguían sosteniendo su sueño. Uno de ellos, adepto a las enseñanzas del ermitaño Boddhisarna, supo confesarle cierto día una enseñanza de su maestro que rezaba que las puertas de entrada al paraíso son las puertas de salida del infierno. Esa misma tarde una vieja preguntó “qué tal los pomelos”, “pipí-cucú” dijo el verdulero, agarró al adepto y lo cortó al medio. Desde entonces todos ellos tuvieron una visión menos poética del paraíso prometido y se volvieron escépticos sobre su futuro. Martonio no pudo evitar caer en la más profunda depresión. Y durmió un largo sueño hermoso en el que nacía porongo, era cosechado por un viejo artesano que lo pulía y lo dejaba divino, luego vendido a una hermosa joven estudiante de psicología que se ponía de novio y lo regalaba a su suegra, que encantada con la nuera, le dio lastima usar el regalo y lo dejó hasta el día de su muerte inmóvil en una repisa. Martonio despertó en un grito de aquella horrenda pesadilla y rogó al dios pomelo que también ponga fin a su vida. Pero todos sabemos que Dios hay uno solo. Y ese es el nuestro. Y definitivamente no es un ningún pomelo. Por eso Martonio no recibió respuesta y hubo de quedarse allí viendo como sus hermanos, uno a uno, eran llevados hacia lo desconocido.
Un muchacho de olor sahumerio vino un día. Deambulaba por la calle cuando lo vio a Martonio tan triste y sólo que decidió llevarlo consigo. Ya en su hogar lo guardó en un cajón invernal donde el pomelo durmió en la criogenia tecnológica de una heladera de  los setenta. Y Martonio no tuvo que sufrir tristeza o felicidad alguna, ni anhelos ni temores. Y el no sentir, aunque no lo haya sentido, fue un buen descanso para el afligido pomelo.

Finalmente se despertó un día, recostado sobre la mesada de la cocina. Una mano lo sostenía horizontal al piso, en la otra pudo ver un frio metal que lentamente fue cercenándole la tapa de los sesos. Luego una gruesa cuchara fue introducida en sus entrañadas para removerlas y el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann experimentó la muerte más horrenda jamás vivida por un cítrico. Agonizante vio su vida pasar frente a sus ojos y no pudo evitar maldecir al iluso adepto y a su maestro, al profeta, su familia, al árbol, a la finca. Y no se fue de este mundo sin antes maldecir al muchacho verdugo, quien sacó la pava del fuego, le puso yerba y se tomó unos buenos mates. 

0 comentarios :

Publicar un comentario