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lunes, 6 de diciembre de 2010

Carnaval

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Sin bien la carne es ingerida como alimento hace unas cuantas decenas de miles de años, podríamos decir que es relativamente nueva la costumbre de cocinarla previo a su consumo. Dicha costumbre ha tomado diferentes formas y rituales en las diversas culturas del mundo, pero en ninguna de ellas se ha desarrollado tan complejamente como en nuestra sociedad. Un claro ejemplo de ello es el ritual del asado, o sea carne cocida a las brazas. A tal punto ésta práctica es costumbre en nuestra tierra que en algunos casos la extravagancia acude a romper con la monotonía de lo repetitivo, como es el caso de lo ocurrido en la Jefatura Distrital de Lujan, donde efectivos de la división narcóticos asaron carne a la parrilla con las brazas de la quema de drogas incautadas durante esa semana. Pero aún más llamativo es el caso de Patricio Lemingway quien encerrado en un baño público de Retiro tardó cuatro años, cuatro meses y cuatro días en hacer una parrillada completa para cinco personas a la brasa de cigarrillo. Un cigarrillo.
A miles de kilómetros de allí, pero hacia arriba, pasando el cielo, astronautas argentinos logran llevar a cabo el primer asado en gravedad cero. Sin embargo la noticia no trasciende porque la prensa da más importancia a la caída de la estación espacial dentro de la atmósfera. Y no es casual que así sea, pues en efecto existe un acérrimo oscurantismo en rededor a todo aquello que refiere a los orígenes y futuro del asado. En este sentido, el Dr. Nicolo Cadonce, Ingeniero en Psicohistoria Matemática, sostiene que el rito culinario del asado se halla presente todo a lo largo de la evolución humana, incluso en aquellos conocidos pasajes históricos que han llegado hasta nosotros un tanto tergiversados por la mano negra de quienes se benefician con nuestra ignorancia. Por ejemplo, el público en general desconoce que durante la inundación de Santa Fe, a pedido del pueblo, el baqueano Jacinto Ecuerejo se las arregló en hacer asado a las brazas para 500.000 desahuciados en tan sólo seis horas sobre cuatro hectáreas de parrilla flotante; teniendo carne jugosa, a punto y seca para el gusto de cada uno, así como chorizo, morcilla y achuras varias.
 Sucesos desconocidos como éste plagan la historia, incluso más allá de nuestro país, como es el caso de Alemania, lugar donde el asado ha tomado formas verdaderamente extrañas de la mano de un gobernante tiránico obsesionado con las carnes a la parrilla. El hombre llegó a ordenar la quema de todo libro de cocina que no tuviera tal receta entre sus páginas para hacer desaparecer aquella literatura profana, y de paso aprovechar las brazas. Paradójicamente, cuatro años más tarde y del otro lado del océano atlántico, entusiastas alemanes disponen de parrilla, fuego y achuras para recibir como Dios manda al zeppelín Hindenburg; aunque se ignora si existe relación entre el horrible fin del viaje y el asadito chamuscado que se hallaron entre los restos del fuselaje. Precisamente por la falta de cohesión entre los sucesos, el asunto no pasó a mayores; a diferencia de lo ocurrido con otro asadito chamuscado en Sarajevo, unos cuantos años antes, cuando se armó la podrida porque el Archiduque de Austria arrebató unos choris y el asunto terminó mal, muy mal.
Como terminó el conquistador Juan Diaz de Solís, empalado y a las brazas, la primera brocheta humana que se viera por estas tierras; pero aunque los indios viniera comiendo asado más que seguido, aquella vez probaron carne blanca de primera y ahí se dieron cuenta que era sonso comerse a los guerreros enemigos, que la carne tierna está en otros oficios. Del otro lado del mundo y por la misma época, los letrados ingleses ignoraban ésta verdad sobre la carne dura y su cocción: “a la llama no, ¡brutos! Despacito a las brazas”, les dijo Juana, aunque de todos modos la terminaron quemando. Pero nadie pudo comerla, estaba arrebatada.
Es que el arte del asado es un quehacer verdaderamente artero y complejo, que requiere dedicación y tenacidad; virtudes sin las cuales se puede incurrir en serios e irreparables errores que pasan la raya del accidente y se convierten en lisa y llana estupidez. Dentro de esta categoría de siniestros se puede catalogar lo sucedido en Pompeya por el año ‘79 cuando una comitiva religiosa subió al Vesubio para ofrecer unas ricas mollejas a los dioses del imperio. Todo iba bien hasta que llegó el momento de prender el fueguito, lo que fue imposible gracias al fuerte ventarrón que soplaba en la cima. Finalmente un infeliz tuvo la feliz idea de echarle nafta y el resto de la historia ya la conocemos. Algo similar ocurrió unos años antes no muy lejos de allí, en Roma: “Al pueblo, choripan y circo”, dijo el emperador y sus deseos fueron órdenes. De todas las provincias del vasto imperio hubo de importarse chorizo para saciar el hambre de los romanos. Y en un descuido de los choripaneros, aquella voracidad se volvió fuego y Nerón pagó el pato al pasar a la historia como el desgraciado que incendió Roma, convirtiéndose instantáneamente en uno de los tantos mártires del asado.
Pero ningún mártir es tan emblemático como aquél rebelde pelilargo que vino a cambiar el dogma de los fundamentalistas parrilleros, aquél hombre de fuertes ideales que sostuvo su filosofía hasta el último momento al atreverse a desafiar las leyes que prohibían, so pena de muerte, el asado vegetariano. Y previendo su fin en manos de la justicia a causa de su rebeldía, organizó una cena para sus amigos y los agasajó con papas, berenjenas, brócoli, choclo, cebolla, zapallo y morrón relleno a la parrilla; cortado a la mitad, se hace de un lado primero, del otro después y bocarriba se le pone queso, orégano sal y pimienta. Una exquisitez, aunque a uno de los invitados no le pareció tanto y no pudo aguantarse las ganas de mandarlo al frente. Al otro día crucificaron al revolucionario, quien antes de morir vislumbró que no hay victoria ni derrota en la batalla entre el dogma y el contra-dogma.
Dicha sabiduría no era ignorada por el pueblo griego, cultura afecta al asadito dominguero al punto tal que Ptolomeo I mandó a construir en Alejandría una biblioteca con forma de chinchulín para albergar todas las obras literarias que la civilización helénica dedicaba al asunto. De hecho, El Banquete de Platón versaba originalmente sobre el amor al asado, aunque ediciones posteriores ocultaran ciertos pasajes que así lo denotaban. Antes que el oscurantismo parrillero llegara, en dicha biblioteca se confeccionó un tratado sobre la aristotélica paradoja metafísica del asado sin vino tinto, que según relatan las crónicas de la época llegó a ocupar más de trescientos volúmenes que nunca terminaron de concretarse debido a unas investigaciones sobre la relación dialéctica existente entre la grasita del pollo y el fuego; que accidentalmente se extendió por las instalaciones rostizando el gigantesco chinchulín de adentro hacia afuera y destruyendo para siempre un gran monumento al asado. Sin embargo el mayor legado en éste sentido lo han dejado los sucesivos imperios chinos erigiendo la Gran Muralla en honor una tira de asado que se hizo en el mismo lugar y del mismo largo como pacto de paz con los pueblos nómades invasores. Como aquellos bárbaros eran vegetarianos, los chinos levantaron la muralla para mantenerlos alejados.
Muy cierto es que el mundo se divide entre los que comen y los que no comen asado. Y parece ser que así ha sido desde el mismísimo principio de la humanidad dado que las diferentes culturas del mundo y sus cosmovisiones coinciden en que originalmente no había división entre la divinidad y lo humano, estado ideal que luego se fragmenta debido a un incidente tal que varía según el pueblo y su mitología. Los mitos griegos son muy gráfico en éste sentido: el titán Prometeo roba el fuego a los dioses para dárselo a los tercos humanos que seguían insistiendo sin éxito en hacer asado al rayo de sol. Análogamente, Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes, cumple un papel similar al encarnar el arquetipo del mal luego de ser invitado al asado cósmico y tener el descaro de tratar de hacerse con el control de la parrilla. Curiosamente, según los rollos de papiro hallados en el mar muerto, algunos evangelios apócrifos revelan que gracias a aquella grave falta original nosotros pagamos los platos rotos al vernos tentados a probar tan solo un bocadito de esa rica bondiola que se cuece eternamente en la parrilla del conocimiento del bien y del mal. Y ahí se pudrió el chancho.
Sin embargo, otras religiones sostienen que el asado no es un punto de quiebre en la unión con lo divino, más bien todo lo contrario, ya que consideran que se trata de un ritual extático, un estado del ser y la mente en armonía, un puente celeste de energía, la convergencia de lo superior y lo inferior en un punto exacto donde lo vivo moldea lo muerto para que lo muerto alimente a lo vivo. Las filosofías trascendentales del mundo buscan llevar la conciencia a ésta dimensión de la existencia mediante la práctica constante de ciertos ritos que no tienen otro propósito que el despertar del asado interno: la armónica unicidad entre lo carnal y el fuego espiritual. Quizá se pueda aprender mucho de esto gracias a las investigaciones antropológicas sobre el fenómeno del chamanismo,  manifestación humana intrínsecamente relacionada al fuego y la parrilla. El arte rupestre hallado en ciertas cuevas usadas por chamanes da cuenta de ello y está permitiendo echar luz sobre los primeros pasos de nuestros ancestros. Recientes estudios arqueológicos in situ confirman los mitos de la creación al revelar que el hombre primitivo, hastiado de comer pasto, descubre el fuego queriendo hacerse un buen asado. Y desde entonces hasta nuestros días la civilización ha prosperado y crecido sobre los códigos fundamentales de estos quehaceres: están los que se sientan a la mesa y esperan, y están los parrilleros. Dueños y señores del ritual, del hambre, de que se calle.




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