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jueves, 23 de diciembre de 2010

“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



Historia Universal de la Música Progresiva
Volumen IX – Capítulo 18- Apéndice B
Música, Psicodelia y otras hierbas:
“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

No menos que curiosos son los hechos bochornosos que tomaron lugar alrededor de la Orquesta Vueltamanzana durante su corto período de vida. Y hemos creído que el presente volumen jamás estaría completo sin una referencia, aunque breve, a éste enigmático hito de nuestra música popular. A decir verdad pocas son las fuentes que permiten reconstruir lo sucedido por aquellos años de locura que pasaba nuestra querida patria, pero nos hemos valido de todas nuestras posibilidades para tratar de transmitir un reflejo fiel, cuando menos parecido. Mucho de lo que sabemos hoy día sobre ellos quedó registrado en un diario íntimo escrito por un seguidor de la banda, diario que fue publicado en su momento y se convirtió en el best-seller que hoy conocemos bajo el rótulo de “Crónicas épicas de una vuelta a la manzana” y del cual extraeremos algunos pasajes a modo ilustrativo.
Desconocemos el origen de la agrupación, pero sabemos que la formación inicial constaba de nueve músicos. Según las “Crónicas…” la orquesta comenzó haciendo presentaciones formales en salones destinados a tales fines; constando el show de dos tiempos. Una primera parte, cuyo contenido era un repertorio académico fruto de años de estudio y experiencia en las ciencias musicales, exposiciones en las cuales era común que el publico permaneciera sentado y aplaudiera entre tema y tema durante el lapso de casi una hora completa. Luego de éste segmento tomaba lugar el intermezzo que aparentemente bautizaba con nombre y apellido al grupo musical. Citamos: “…recuerdo bien cómo la Orquesta Vueltamanzana acostumbraba a realizar un obligado recorrido ritual antes de tocar; sea ensayo, zapada o espectáculo público. Daban una vuelta a la manzana, sí señor. Así de simple era la cosa. Una vuelta manzana, para inspirarse quiero creer porque así es como volvían. Yo los vi, yo estuve ahí…”(Ver pag. 71 “Crónicas…”).
También dice: “…No más de veinte minutos duraba la vuelta, y una vez terminada regresaban al salón a las risas, abrazados unos con otros, algunos de ellos con el torso desnudo y verdaderamente algo risueños y más dados a las abstracciones propias del quehacer creativo de la música. Sin apuro y en desorden volvían a sus respectivos lugares sobre el escenario, aunque era común verlos cambiar de instrumentos antes de comenzar con la segunda parte del espectáculo. Y aquí todo cambiaba...”(Ver pag. 22 “Crónicas…”).
Nuestros eruditos aún hoy discuten la naturaleza de éste rito, misterio en el que no ahondaremos dado que no es el propósito del presente estudio. Sin embargo, lo concreto es que las “Crónicas…” ponen en evidencia los resultados obtenidos de dichas prácticas:  “…luego de la vuelta a la manzana generalmente era la percusión quien tomaba la iniciativa con ritmos lentos y primitivos que se volvían más y más complejos a medida que los demás instrumentos se iban sumando en una creación musical progresiva que jamás volvían a repetir y que se podía extender hasta cuatro horas consecutivas”(Ver pag. 196 “Cronicas…”).
Lo extraño, lo que llama la atención a los ojos de la modernidad es lo que estos ritos suscitaban en el público presente. Veamos:
“…los pies de los espectadores, que no podían evitar moverse al son de la orquesta Vueltamanzana, golpeaban el piso rítmicamente haciendo vibrar todo el lugar, y los instrumentos de cuerda elevaban el movimiento de los pies al corazón; y los cuerpos conmovidos, antes inmóviles, ahora aplaudían y silbaban y gritaban y bailaban en un frenesí musical que crecía y crecía hasta que ni los vecinos ni la gente curiosa que pasaba por el lugar podía evitar sumergirse en aquellos hipnóticos sonidos. Era increíble ver a la orquesta tomar el poder de sus espectadores, pero yo lo vi, yo estuve ahí”(Ver pag. 135 “Crónicas…”).
Según las “Crónicas…”, estos sucesos provocaron el crecimiento en popularidad de la orquesta, crecimiento que se prolongó durante un tiempo, aunque desconocemos el lapso real de dicho proceso. Sin embargo, todo indica que llegado el éxito, la orquesta tomó otro rumbo bastante diferente al que traía. Las “Crónicas…” dicen: “…las vueltas a la manzana se hicieron en un principio cada vez más prolongadas y luego más frecuentes: antes, durante y después del show. Con el tiempo el espectáculo sufrió algunos cambios, la primera parte de la presentación fue removida  y los intermezzos eran cada vez más largos. Esto también caló profundo en los músicos y sus instrumentos. Una vez, luego de la vuelta, equivocaron la puerta del salón e ingresaron en una casa particular donde continuaron tocando toda la madrugada para el dueño de casa y su familia, que atónita observaba nueve individuos revisando la cocina y el garaje en busca de instrumentos mientras improvisaban con voces, pies y manos”.(Ver pag. 250 “Crónicas…).
Según relata la fuente consultada, no pasó mucho tiempo hasta que éstas equivocaciones se hicieron frecuentes y fue decisión unánime dar la vuelta a la manzana con los instrumentos a cuestas lo cual de algún modo repercutió en los seguidores. “…El público comenzó a seguir a la orquesta en sus recesos por miedo a perderse la segunda parte del show, aunque la música también fue parte de los intermezzos. Puedo dar fe, he sido testigo. Todavía hoy puedo ver en el recuerdo aquellos nueve músicos encabezando una multitud frenética mientras tocaban dando la vuelta a la manzana. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 629 “Crónicas…”).
Por alguna razón que escapa a nuestro ingenio, y que el autor de las “Crónicas de una vuelta a la manzana” no logra explicitar, ésta situación se hizo insostenible con el tiempo, lo que caló hondo en la estructuración original de la orquesta. El siguiente extracto lo refleja con seriedad: “El colmo llegó con la renuncia del representante quien tiró la toalla luego de una zapada de tres días que comenzó en el bar de Don Domingo, pasó por un velorio y sumados al cortejo fúnebre acompañaron al difunto hacia su morada final pero camino al cementerio entraron en un cumpleaños de quince donde tocando comieron y bebieron y bailaron hasta el hartazgo para terminar la mañana siguiente en un bautismo que fue suspendido por el descontrol y el olor poco agradable que despedía el ataúd que los venía siguiendo las tres noches anteriores. Fue la policía quien puso fin al asunto, aunque en realidad sólo echaron más leña al fuego. Una turba iracunda se agolpó a las puertas de la comisaría donde los músicos seguían zapando en el interior de un oscuro calabozo. Y el desquiciamiento de la multitud fue inevitable. Y finalmente todos felices bailaron al compás de la orquesta sobre los escombros del edificio derrumbado. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 2 “Crónicas…”).
Ignoramos lo sucedido después, dado que la fuente consultada divaga sobre cuestiones personales que no vienen al caso. En cambio, sabemos con firmeza que todo concluye una noche de lluvia torrencial, cuando la orquesta decidió dar la acostumbrada vuelta a la manzana incluso bajo el agua. Pero el público decidió que aquella velada era oportuno esperar. Nadie nunca los volvió a ver.

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