Lectores:

Content

jueves, 23 de diciembre de 2010

Gallardo

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


La ausencia lunar hacía la noche impenetrable, pero aquel jinete ponchoalviento conocía la estrecha senda tanto como a su propia hombría; la misma que lo impulsaba raudo por la madrugada de pedregullo. Pudo divisar la débil luminiscencia que despedía el pueblo donde todos son primos no bien empezó a sudar el padrillo bajo sus piernas, aceleró el tranco tragando amargo; porque si un lugar odiaba sobre la faz de la tierra ese sitio era sin duda alguna el pueblo donde todos son primos. Y él era el único culpable de su existencia. 
                Mucho antes de lo que esperaba supo hallarse a las afueras del caserío ya dormido. Detuvo el ruidoso galope y transitó las calles a paso de hombre, sobre el césped de las veredas para acallar los cascos de la bestia. Sigiloso dobló en la esquina del almacén y allá lejos donde el pueblo se vuelve campo alguien lo vio desmontar a la puerta de la última casa.  Ató el caballo a un poste, hizo el poncho a un lado, se acomodó el pantalón y tomó aire. Finalmente estiró el brazo y golpeó de modo tal que no hubiera duda de su presencia.
                Al sonido de una tranca removida siguió la puerta levemente abierta. Un haz de luz supo iluminarle la mitad del rostro y la menuda figura que espiaba por la rendija no necesitó más para cederle el paso. Una vez dentro se halló en una estancia pequeña habitada por cuatro personas apesadumbradas reunidas a la mesa. Los dos más viejos sollozaban con disimulo, un hombre de bigotes y mirada adusta tenía la vista clavada en la pared, la frente arrugada, la mandíbula tensa, los puños cerrados. La mujer que había abierto la puerta, siempre mirando el piso, lo condujo hasta una habitación contigua sin mediar palabra, lo empujó dentro y cerró la puerta tras él.
                 Una vela moribunda iluminaba tenuemente lo que parecía ser una estancia completamente vacía, pero allá al fondo pudo ver un catre bajo que contenía un bulto movedizo. Corrió las mantas con cautela y bajo ellas halló una joven pálida totalmente dormida. Sin dudarlo ni perder tiempo, bajó sus pantalones y acarició su sexo en lento despertar. Allí parado estuvo observando a la joven hasta que su orgullo estuvo alto, firme, combativo. Recién entonces se acercó a ella con dulzura y acarició sus carnosos labios con el miembro erecto hasta que la joven despierta acarició el miembro con su lengua, como explorando un fruto desconocido. Estirando el brazo supo tocar su sexo húmedo y comprobar que la muchacha estaba lista para el milagro.
                Una hora más tarde abandonó la habitación y fue recibido con algarabía por la familia, la mujer lloraba, los abuelos reían a carcajadas, el perro ladrando y el hombre de bigotes fijo en el lugar, misma postura, mismo gesto.  Entre abrazos y besos fue colmado de tabaco, licores, embutidos; lo invitaron a tomar un té y allí quedó hasta el amanecer compartiendo la felicidad con ellos. Le ofrecieron un catre que denegó diciendo:
                “Descuide Doña, muchas gracias pero no hace falta, uno cumple su deber y con eso basta. La nena que haga reposo nomás y la próxima vez que se ponga mala usted me manda a llamar en seguida y yo me vengo de una disparada”.
                Sin más montó al padrillo y volvió por donde había llegado, campante, con el pecho lleno de orgullo en su hombría, en la casta privilegiada que le había tocado en suerte, agradecido y plenamente confiado en su poder sanador, que no es otro que el poder de la fe. Y allí va, sumergiéndose gallardo en el alba, esperando jamás tener que volver allí. Tarde o temprano, alguien se daría cuenta. 


 

0 comentarios :

Publicar un comentario