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jueves, 23 de diciembre de 2010

Mono Calvo

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


Héctor Blaisten miró con severidad a su hijo mayor tras desmontar el zaino, presagio de la zurra. Le había ordenado claramente adelantar camino en busca de un lugar seguro donde pasar la noche, pues pronto caería el sol y era preciso no perder tiempo dado que no se valían de mucho para las frías horas nocturnas; no obstante, el muchacho se las había arreglado para extraviarse en el monte, desperdiciando toda una valiosa tarde de trabajo. Peor aún, gracias a su incompetencia, habían perdido el rastro de la presa. Y un error de esa magnitud en aquel momento no sólo podía costarles la paga, quizá también la vida; siendo escasas las provisiones no podían darse el lujo de gastar energías en tareas vanas, aunque el chico insistía tercamente andar tras el rastro de un particular chillido animal que no fue excusa para evadir la lección que su padre se disponía a propinarle.
Luego de la trifulca hicieron campamento bajo el cobijo de un viejo y denso árbol alzado a la vera de un arroyo aparentemente seco que a la luz del crepúsculo parecía extenderse hasta el horizonte, y allí en la lejanía se podía verlo verdear; comentó Blaisten a sus dos hijos mientras encendía fuego indicando que partirían en esa dirección antes del alba. Cenaron liviano y recostaron sus agotados cuerpos sobre el árbol para recuperar todas las energías que pudieran obtener de aquellas magras horas de sueño por delante. Demasiado cerca para dar marcha atrás, calculaban que bastaría un día de caminata para tener la presa a corta distancia. Y deleitándose en estos pensamientos, los tres cazadores se dejaron caer en un tenso y superficial ensueño. La verdadera acción comenzaba con el sol naciente.
Cuatro días y cuatro noches atrás habían dejado la civilización: de la minúscula aldea de Punta Arenas al opulento casco de la estancia San Gregorio de los Menéndez Behety, donde el dueño de casa, José Menéndez en persona, había sido muy atento con ellos, generoso en cuanto a todo, supo proveerles mucho más de lo necesario para el éxito del trabajo encomendado brindándoles el cobijo restaurador necesario para preparar la excursión de caza que allí los convocaba. Pero aquel derroche de dinero no era infundado, los Menéndez Behety no sólo podían pagarlo, el gasto estaba destinado a salvar el negocio familiar: las recién importadas ovejas traídas de las Malvinas eran devoradas por bestias salvajes que habitaban la zona. Una libra esterlina por cada macho, cinco chelines por las hembras. Y una suma cuantiosa como esa constituía suficiente para un cazador de guanacos en una zona donde ya prácticamente no quedaban; razón principal por la que las bestias atacaban las ovejas que hasta entonces eran desconocidas por allí.
El trabajo, aunque simple en cuanto al objetivo -tan sólo requería eliminar las alimañas- no iba a ser nada fácil en términos de ejecución pues según palabras del patrón, una partida de caza anterior había desbaratado sus madrigueras pero sin terminar con todos ellos, por el contrario, quedaban algunos merodeando por allí, carentes de una ubicación fija donde hallarlos, lo que planteaba todo un desafío mientras el ganado ovino seguía disminuyendo una cabeza a la vez. El latifundio de los Menéndez Behety se extendía hasta tres horizontes en todas direcciones, convirtiéndose en un campo de caza extremadamente amplio donde jugar a las escondidas. Más aún tratándose de animalejos que comprendían rústicamente las reglas del juego, advirtió el patrón antes de despedirlos, aconsejando rastrear con atención: una de las últimas incursiones de caza revelaba que las bestias habían aprendido a ocultar los restos de sus fechorías.
Esa misma tarde, recién cuando la distancia devoró el inmenso caserón, hallaron los primeros indicios de actividad salvaje en la zona; llamó su atención un poco de lana enganchada en una rama que los condujo hasta lo que parecía ser tierra removida debidamente tapada con yuyos secos aunque sin ningún asomo de violencia en el lugar ni en los alrededores, por lo que continuaron la marcha en dirección al arroyo que servía de abrevadero al gigantesco lanar de Don Menéndez Behety. Un nubarrón oscuro encapotó el cielo obligándolos a hacer noche bajo un peñasco elevado que supo ofrecerles abrigo de la intemperie. Al día siguiente, luego de borrar todo rastro de su estancia allí, la partida de caza montó siguiendo las huellas del rebaño pues suponían que con él estarían las bestias. Pero todo una jornada transcurrió sin rastros de las ovejas o sus depredadores. Apremiado por la paga, Blaisten decidió prolongar el trabajo durante las horas oscuras.
Montando aquella noche sin luna, en la soledad de sus pensamientos, el cazador de guanacos trataba de ponerse en los zapatos de su nueva presa. Un mono calvo expulsado de su territorio natural, probablemente famélico, o agotado, moviéndose en manada, por lo que su marcha sería errática y trabajosa en pos de mantener la suficiente cercanía a las ovejas para darles caza, y la suficiente distancia para no ser cazados. Peligroso como fiera acorralada, era preciso sumo sigilo, tomarlo por sorpresa y desbaratarlo de un solo y duro golpe. Había oído historias, relatos terribles, cuentos de taberna, de hombres destazados con vida, mujeres desaparecidas, pueblos destruidos, maldiciones, embrujos y otros delirios de borrachos. Nada de eso había con los guanacos. Sacudió la cabeza y concentró su mente en el camino apostando que el abrevadero era lugar indicado para camuflarse y esperar, las bestias caerían en la trampa por sí solas. Y si estaba en lo cierto, tarde o temprano, las huellas de las ovejas se convertirían en rebaño. Hincó el talón al caballo y cabalgó hasta el amanecer sólo para comprobar que sus conjeturas eran acertadas. O casi.
Con las primeras horas de luz fue posible divisar un manchón blanco en la línea donde el cielo y la tierra se tocan, entonces los cazadores discutieron largo y tendido sobre qué hacer a continuación. Blaisten, aguerrido y ansioso, quería continuar a toda costa pues sabía que descansando allí les tomaría el día entero alcanzar las ovejas, pero los hermanos en asociación dispusieron que ya habían tenido suficiente y se negaron a proseguir. El cazador pensó en abofetearlos severamente uno a la vez, pero se contuvo ya que los necesitaba en buenas condiciones para continuar la marcha. Bajó de su caballo sin decir palabra y lo ató a un árbol donde recostó su cuerpo. Los hermanos, en prudente silencio, lo imitaron.
Antes del mediodía ya estaba Blaisten arriba de su alazán, dando gritos. “Vamos, en pié carajo” dijo tan pronto los vio despertar y montó hacia donde habían divisado el rebaño unas cuatro horas antes. Lo que no dijo fue que no había logrado dormir, que así había visto seis jinetes armados montando desde allí en dirección a la estancia de los Menéndez Behety, que gracias aquel descanso forzado habían pasado desapercibidos, pero que aún así temía que la cacería había terminado mucho antes de comenzar, y eso debido a un nombre que acudió a su cabeza y no supo irse el resto del día: McLennan, el chancho.
Recién caído el sol, y luego de todo un día a caballo, alcanzaron el rebaño, pero tan agotados del trajín y de sí mismos que el cazador indicó a los hermanos matar y cocinar un cordero antes de disponer el cese de la jornada. Terminada la cena entregó a uno de ellos una pequeña botella negra ordenándole vaciar su contenido sobre los sobrantes del animal muerto. Finalmente, merecido aquel descanso, Blaisten durmió pesado con la panza atiborrada de tierna carne asada. Los hermanos lo despertaron a los gritos casi de inmediato. El hombre, enajenado, tomó por el cuello al más grande y estaba a punto de darle una rotunda golpiza cuando notó que era de día y que faltaba un caballo. Entonces comenzó a escuchar lo que decían. También el saco de provisiones había desparecido. Y los restos del cordero que no habían usado. Blaisten cambió de gesto al oír aquello y volvió en sí. Sin más, dispuso la marcha inmediata.
No muy lejos de allí encontró muerto el alazán faltante, sin los cuartos traseros y sin parte del cuero. A pocos metros del lugar pudo ver los restos del cordero robado y, tras cerciorarse que la carne dejada había sido consumida, cabalgó sin descanso hasta alcanzar los primeros hilos de agua en que se convertía el arroyo Pardo por aquella zona. En la distancia podía verse el rebaño internándose en los montes circundantes al abrevadero. Observando con atención, Blaisten creyó distinguir un extraño movimiento en una arboleda cercana y envió a uno de sus hijos a investigar. El chico hizo señas tan pronto llegó al sitio y los cazadores se reunieron pronto ante lo que parecía ser una de las bestias salvajes moribunda, retorciéndose sobre sí en el piso.
Era la primera vez que veían un animal de aquel tipo pero, no obstante de haber pensado que no lucían tan feroces como decían, optó por esperar que el veneno inoculado al cordero terminara de hacer su trabajo mientras inspeccionaba detenidamente los alrededores, seguro estaba que el mono calvo no había asaltado su campamento del todo sólo. Con poco esfuerzo halló el rastro dejado por su acompañante en huída. Expeditivo, envió a su hijo mayor tras aquellas huellas frescas ordenándole marcar su recorrido, en tanto él se ocuparía de cortar las orejas de la bestia inerte a modo de comprobante para colectar la paga, luego encontraría al muchacho sendero adelante. Mas, cobrada la pieza, hubo de seguir los rastros dejados hacia un punto donde se desvanecían, viéndose obligado a esperar allí por horas hasta el regreso del joven que había perdido el rastro siguiendo un lastimoso murmullo oído en el monte circundante al arroyo, desperdiciando varias preciadas horas vespertinas. Así fue que dispusieron campamento y dormitaron a duras penas hasta el día siguiente pues continuarían a pié en dirección al abrevadero donde esperaban hallar y dar caza al mono calvo.
Antes del alba Blaisten ya había preparado una mochila con provisiones, agua y por si fuera necesario, suficiente munición para acabar con la alimaña y una veintena más de ellas. El resto, incluyendo los animales, lo dejó a cargo de su hijo menor mientras él y el otro muchacho seguirían adentrándose en el monte. El jovencito, mal dormido y malhumorado, protestó abiertamente pero el ojo morado de su hermano fue suficiente para recordarle que esa actitud no era la apropiada; guardó silencio y tomó asiento en el piso con evidentes ganas de hacer un escandaloso berrinche. Héctor esperó que se calmara antes de partir pues no iba a permitir que algo tan insignificante como aquello desencadenara el fracaso.
Recién cuando el joven se mostró mejor dispuesto pudieron marcharse y llegado el mediodía habían logrado abrirse paso por entre las matas hasta el arroyo que no era tal pues sólo hallaron un hilo de agua que lucía barroso, estanco, fácilmente vadeable. Subiendo por esa margen del curso de agua alcanzaron un gran claro abierto en pleno monte, de suelo oscuro y duro donde vieron millares de huellas ovinas impresas por doquier, lana enganchada en ramas, huesos de ovejas y un intenso olor a fermento de estiércol. El abrevadero vacío lucía tranquilo, el ajetreo del rebaño se hallaba en la pradera durante las horas diurnas, mientras los animales pastaban dócilmente sin ser molestados. Con los últimos rayos de sol el lanar se internaba en el monte buscando resguardo de los depredadores. Aprovechando esto, Blaisten dejó a su hijo en el lugar mientras él recorrería los alrededores en busca de huellas pero a su regreso confesó no hallar nada de utilidad. La súbita falta de rastros sólo podía significar una cosa: el mono calvo había detenido su marcha y se hallaba en algún lugar cercano. Sin perder tiempo antes del crepúsculo, armaron un apostadero camuflado con maleza, ramas y hojas. Allí, inmóviles, permanecieron hasta entrada la madrugada, confiados en que la bestia conocía las mañas del rebaño y las usaría en propio beneficio.
Nada sucedió. Ni aquella noche, ni las tres siguientes. En la tranquilidad silenciosa de cada una de ellas, Blaisten sólo podía oír un nombre en su cabeza: Alejandro McLennan. Y la combinación lo convenció de que allí nada tenían que hacer, alguien ya lo había hecho por ellos. Maldiciendo por dentro organizó su regreso al casco de estancia de los Menéndez Behety, quería hallar a McLennan e increparle a golpes por su descaro al cazar en territorio ajeno, esperando hallar de camino tan sólo un mono calvo que hiciera valer la pena toda aquella molestia. Dejando atrás el abrevadero por el mismo sendero recorrido al ingresar, sintieron un intenso aroma a carne podrida allí donde uno de los muchachos había estado extraviado. Y tan pronto detuvieron la marcha oyeron el lastimoso murmullo que el joven había dicho escuchar. 
Agazapado a los pies de su caballo, Blaisten detectó de donde soplaba el viento y trató de calcular por la intensidad del olor qué distancia los separaba del lugar donde manaba aquella inmundicia. Mediante señas dio a entender que lo siguieran en silencio, lentamente. Como felino al acecho se abrieron paso en el monte, con absoluto sigilo avanzaron entre yuyos, matas y árboles hasta alcanzar la vera de un pequeño claro que lucía haber sido hecho por la violencia propia de un humano, o varios. Inmóviles quedaron tan pronto posaron sus ojos sobre lo que el claro alojaba en su corazón, algo que lucía haber sido hecho por la violencia propia del mismísimo diablo.
Una pila de cadáveres putrefactos brutamente acomodados concentraban una gran cantidad de insectos atraídos por el penetrante olor a carne entrando en estado de descomposición. Un mono calvo, probablemente el que buscaban, postrado a un lado de los cuerpos, emitía un lastimoso aullido con sus fauces. Uno de los muchachos alzó el rifle y apuntó pero Blaisten lo detuvo con un gesto silencioso. Aquella presa era suya. Martilló el arma con sigilo y apuntando hacia abajo disparó. Los chillidos de la bestia adolorida colmaron el aire. De un salto salieron los cazadores de su escondite y se abalanzaron sobre el animal herido que intentó escabullirse pero el disparo recibido en una de sus patas no le permitió más que dar tumbos en el mismo lugar, retorciéndose de dolor a medida que era atado y arrastrado hasta donde habían dejado a sus caballos. Antes de abandonar el lugar, Blaisten recorrió la escena para cerciorarse que todas aquellas presas habían sido cobradas: incluso los verduscos cuerpos de las hembras y sus crías carecían de orejas.
Ya sobre su caballo, montando de regreso a la estancia de los Menéndez Behety, pensó con detenimiento cual era el curso de acción más conveniente a su llegada. El dueño de casa le pagaba por matar aquellos animalejos, por lo que la presa viva no le era de interés alguno, más bien todo lo contrario. Pero eso no supo desanimarlo, pues él había oído historias, cuentos de taberna, de hombres ambiciosos, hombres de negocios, europeos visionarios del mundo del entretenimiento que pagarían por aquel salvaje vivo lo que McLennan cobraba por una veintena de orejas mutiladas. Si no podía conseguir un buen precio, aún así los museos europeos pagaban buena cantidad por un ejemplar de aquellos para su colección: de la especie de los monos calvos, la raza selk’nam era bien preciada por el valor científico propio a toda novedad.
Con esto en mente, el viejo cazador de guanacos procuró los recaudos necesarios para que el mono calvo llegara a destino sano y salvo, la herida fue curada y, el animal, obligado a alimentarse.



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