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jueves, 23 de diciembre de 2010

“Vaya Noche”

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Marcelo. Marcelo no está, aparece luego, se va. El lecho continúa cálido pero húmedo, acaso por las pasiones quemadas, o el legítimo descontrol de los cuerpos. No lo sabrá. Marcelo retorna, la saluda y le tiende un beso en la frente. Da vueltas en torno a ella. La contempla y le sonríe al verla ya algo despierta del sopor de la alquímica velada. Le dice algo pero ella no escucha, no entiende, sólo cierra los ojos y se acurruca. Él vuelve a lo que se hallaba haciendo sobre un costado. Ella le estira la mano y Marcelo la toma concediéndole un suave beso en el reverso. Sobre sus cabezas se cierne el firmamento, manchado por su infinito esplendor astral y una sola testigo de aquel momento, la sonriente luna menguante.
El lecho enfría y ella sueña y murmura: “vaya noche. Vaya noche, Marcelo”. Él comenta algo sobre la bruma de las olas pero ella no parece comprender, mueve la cabeza pesadamente para acomodarla y allí permanece observándolo en completo silencio largo rato mientras él descansa unos momentos antes de volver al trabajo. Le pregunta qué hace pero sólo el trinar de un ave gris responde a sus palabras.
Marcelo ha terminado. La toma por ambas manos y alza su cuerpo llevándola hasta el pecho. Ella lo abraza con ternura mientras él besa su mejilla y dice adiós. Luego la deposita en donde se hallaba minutos antes en el afán de su labor.
Ella mueve la cabeza bruscamente intentando alzarse pero los músculos no responden en absoluto, su cuerpo duerme a pesar del esfuerzo y el horror la invade cuando siente la presión que poco a poco se cierne sobre sus piernas hasta el pecho como un manto, capa tras capa. Desespera, se aterra y balbucea pero no hace más que moverse fatigosamente de un lado a otro sin respuesta. Marcelo llena el profundo pozo en la arena.
Y la arena la alcanza.
Y el aire se escapa.
                Marcelo junta sus cosas antes de tomar asiento sobre la sepultura, enciende un cigarrillo y pierde su mirada en el centelleante fulgor lunar sobre el océano. “Vaya noche, vaya noche Marcelo”, se repite para sí una y otra vez, mientras se aleja descalzo por la playa.



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