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viernes, 23 de septiembre de 2011

Viento que trae la lluvia

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Al atardecer el viento que trae la lluvia acudía a golpear la ventana para anunciar el inicio del ritual cotidiano, el crepitar del fuego, el dulce aroma de la pipa que de inmediato los transportaba hacia la oculta cabaña sobre la colina en un fraterno abrazo silencioso de melenas y taparrabos. El extranjero aparecía entonces y allí comenzaba  la pacífica violencia en la que piezas blancas y negras en eterna sucesión nocturna iban del tablero a la caja y de regreso, mientras esporádicos comentarios apenas rasgaba el silencio con palabras ininteligibles propias de un lenguaje de ensueño que los recién llegados entendían no a través de sus oídos. Su mano derecha paseaba sobre las fichas materializando en gesto lo que ocurría en su cabeza, pero a pesar de la imprudencia aún así cada tanto aquellos le veían saltar en su sitio jubiloso, más dado al convite de jugo morado para sí y su contrincante, que bajo la apariencia de incauto principiante escondía la pericia de quien practica ciertas ciencias fácticas para el resto desconocidas.
Suponían que aquel, familiar en aspecto a los visitantes, era el señor de la cabaña pues siempre los recibía con un acto reverencial ante las llamas del hogar donde permanecían horas compartiendo humo, calor y conocimientos. El otro en cambio, el extranjero, iba y venía esquivo como Luna, ajeno a ellos, indiferente. Tenía la cabellera del sol, y su ropa, ceñida al cuerpo como enredadera. Al igual que los otros visitaba la cabaña en  épocas en que los vientos lluviosos del Oeste traían consigo un tropel de días grises; o acaso el mismo y único amalgamado por el cotidiano ritual en la queda monotonía de la lejana cabaña llena de pasatiempos, charlas y meditaciones en tránsito tardo como el derrotero de las espesas nubes, que apoyaban la barriga sobre la tierra y serpenteaban colina abajo para finalmente disolverse en el valle cuando éstas no preferían quedarse por allí a ser ordeñadas por los árboles  del bosque entonces fundido con el cerro en la blanquecina distancia. Los animales y el tolderío se desdibujaban a lo lejos perdurando sólo en el ámbito del recuerdo. La cabaña parecía ir y venir con las nubes o esconderse dentro de ellas, las nubes que buscaban refugio en las habitaciones y quedaban alojadas por horas a descansar luego del largo viaje. Era usual escuchar al extranjero perder el rumbo en la pequeña y única estancia, o decir que veía visitantes de la bruma pasearse por allí como invidentes absortos. Incluso él mismo muchas veces iba y venía con la llegada de las nubes y, aunque todos conocieran muy bien la naturaleza de su presencia en la cabaña, hubo quienes llegaron a pensar que el extranjero no existía siquiera. Que no era parte real de aquel lugar, que tal vez era el sueño de una nube, o el sueño de un sueño.
                Cierto día nebuloso el extranjero y el dueño de la cabaña la abandonaron. Los visitantes fueron tras ellos rumbo al corazón de la bruma para finalmente hallarlos no muy lejos, donde antes se hallaban las tolderías, escudriñando una serie de antiguas construcciones circulares y cuadradas, grandes y pequeñas, dispuestas de modo tal que sugerían el paso y vida de los hombres de la tierra en tiempos también sumidos en la blanca nebulosa de las ruinas del olvido. Escondidos tras matas y rocas observaron al dueño de la cabañaza encender una hoguera que presintieron hecha en honor a ellos, mientras el extranjero se paseaba por el sitio en silencio respetuoso y contemplativo, tan familiarizado con sus recovecos que en la neblina llegaron a confundirlo con uno de ellos mismos. El dueño de la cabaña bailaba a la par de las llamas invitando al aquelarre a la tierra, el agua y el viento. Y lo vieron bailar como bailan los árboles con el viento que trae la lluvia, y lo vieron ser árbol, lo vieron ser viento. Y fue nube y lluvia, fue olor a tierra húmeda, y raíz-hoja-fruto. Fue bestia, fue hembra, macho y cría. Fue viejo, muerto y putrefacción. Fue barbarie y civilización.  Fue tiempo, y fuego.
“Vientoquetraelalluvia”, vociferó el naranja fogón movedizo, “sal de ahí, ven a mí”.
“¿Eres tú, sabio brujo?”, preguntó el muchacho todavía escondido en la neblina.
“El viaje ha concluido” repuso el brujo. Y Vientoquetraelalluvia regresó a su lado.

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