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domingo, 6 de noviembre de 2011

Contra viento y marea


Contra viento y mareas alcanzó la costa al primer atisbo del alba. Hacia el atardecer del mismo día había transitado la llanura y se hallaba al pié de la montaña. En la espesa oscuridad de la noche hubo de sortear ríos y riscos, cañones y senderos de intransitables meandros rocosos. Escaló picos nevados y muertos que luego hubo de bajar y caminó por acogedores valles fértiles que hubo de abandonar. Finalmente, allí a lo lejos, pudo ver la tintineante luz de una vela escapando por la rendija de una ventana. La Luna estaba llena en su cenit, observó antes de golpear la puerta. Y la puerta se abrió apenas. Un hombre arrugado de barba larga y blanca tomó con brusquedad el paquete que traía a cambio de unas pocas monedas antes de azotar la puerta.
Desandando sus pasos de regreso a casa no pudo dejar de pensar, otra vez, que aquella era la última oportunidad que le tomaba pedido a ese ermitaño de mierda que no sólo no daba las gracias, mucho menos una puta propina.

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