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domingo, 6 de noviembre de 2011

Pino Quemado


ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Lo último que siento antes de caer dormido es el mismo e inconfundible aroma a madera quemada que persiste en mi nariz incluso tras despertar, la combustión lenta de pino barnizado. Los demás todavía duermen, nadie se alarmó y mi amanecer es lento y perezoso, como después de una noche de tormenta. El comedor común del refugio a oscuras puede ser un laberinto de sombras duras y peligrosas para quien lo transita sin cuidado de camino a la ficha de luz. Pero no es sorpresa que no ande el interruptor aunque sí lo es que afuera todavía sea de noche según veo por las ventanas. Tal vez el olor a quemado provenga de la caja eléctrica.
-No te gastes- escucho decir en la oscuridad cuando llego a la tapa,- no tiene caso, ya probé.
- Buen día, Henk- saludo al holandés.
- Buenas noches.
- ¿Qué hora es?- pregunto.
- Tarde y temprano a la vez.
- Y ¿qué haces ahí sentado en lo oscuro?
- El calor me despertó, el calor…
- Eso significa que de mate ni hablar- digo preguntando pero el holandés resopla como si estuviera a punto de estallar.   
- No hay gas- dice.
- ¿Tampoco?- pregunto al ver el fondo plateado de la lata de la yerba.
- Hasta el agua parece que se llevaron.
- ¿Quiénes? ¿Nos robaron?
- ¿No viste que se fueron?- me responde Henk.
- ¿A dónde? ¿Cuándo?- pregunto ya de regreso en la habitación vacía, pero no sólo la gente se había ido, también los muebles. Ni siquiera mi cama estaba donde la había dejado hace instantes. Eso era nada, peor todavía, mis cosas, la mochila, la ropa, el dinero y todo cuanto había traído conmigo tampoco estaba.
            Henk no responde a mis gritos. Y su silencio se suma a la perplejidad de la estancia quieta y vacía que todavía huele a pinotea chamuscada. La lucidez viene a mí y salgo corriendo a buscar al holandés que no está por ninguna parte, aunque tampoco reparo en su paradero porque con o sin él voy a correr al pueblo para dar parte a la policía.
- Henk- grito ya fuera de la cabaña- voy a hacer la denuncia.
            El silencio de la noche es la respuesta que recibo. Tal vez el holandés se me ha adelantado. Sin más, ni linterna o abrigo, me lanzo a trotar directo al seno de la oscuridad del bosque guiando mis pasos con el borroso dibujo del camino en mi memoria, cada vez más desdibujado luego de dar vueltas y vueltas en un infierno de árboles secos y muertos. Cansado de estar perdido decido sentarme a esperar el amanecer que no habría de estar muy lejos. Con la luz iba a poder orientarme mejor. Mientras espero pienso en qué hora sería, o cuánto tiempo he dormido si es que lo he hecho en absoluto. O dónde está Henk y los otros. O de dónde proviene ese insoportable olor a quemado que incluso allí en medio del bosque persiste a mi alrededor. Entonces veo las llamas, su intenso naranja titilante en la distancia y no necesito mucho más para darme cuenta que es el refugio lo que se está quemando. Corro con todas mis fuerzas pero al llegar no puedo dar crédito a mis ojos ya que por dentro y por fuera no hay fuego alguno. Al contrario, el lugar está igual a como lo he visto antes de acostarme a dormir. En la habitación el grupo descansa placidamente, mi cama en su sitio, la mochila, la plata, los ronquidos de Henk tan firmes e invariables como el olor a pino quemado que no me puedo sacar de encima. Me tiro sobre el holandés y lo sacudo para despertarlo.
- Eh, ¿Qué pasa? ¿Qué querés? ¿Qué te pasa? Dejame dormir, mierda carajo.
- Pero Henk…
- Dejame dormir, te digo- me ladra y se da media vuelta dejándome allí parado con un incendio de interrogantes en la cabeza.
- Henk…
- ¿Qué carajo querés?
- ¿Sentís olor a quemado?
- ¡No!
- Perdón –susurro para no despertar a nadie más. Y entonces percibo los latidos salvajes de mi corazón que poco a poco vuelven a la normalidad a pesar de mi respiración agitada. Los pies pesados, un calor abrasador por dentro y un sudor frío como la muerte. Ante la tranquilidad de la habitación dormida me contagio con un cansancio abrumador como si no hubiera descansado en siglos. Y pronto la pesadilla queda atrás, no sé, no pienso, no puedo, tengo tanto sueño. Me acuesto, aflojo el cuerpo, me duermo. Pero aún entonces persiste en mí el intenso calor, los gritos desesperados y aquel penetrante el olor a pino quemado.  

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