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lunes, 26 de diciembre de 2011

Rey de Reyes


            Entonces fue que lo vió. Allí estaba a un lado, sobre el piso, escondido entre las rocas, pero tan brillante y llamativo que le fue imposible resistirse a él. El niño se aproximó cauteloso sin saber qué hacer y ante su inminente cercanía brilló aún más con una intensidad cegadora que el pequeño llevó su mano peluda al rostro. A sus oídos acudió un susurro:
“Tu eres un hijo de la Tierra, súbdito del Sol. Yo soy su fiel reflejo aquí abajo, yo he de ser tu Dios. Si me llevas contigo cerca de tu corazón, yo te llevaré cerca del mío y nunca más sufrirás mi ausencia. Te daré poder, tierras y crías por montones. Seré el Rey de tu rey, me posaré sobre su cabeza. Seré el Pastor de tu pastor, su báculo, su dirección. Seré tu Norte y el de aquellos que te sigan. Me hallarás bajo la tierra o alto en la montaña, a orillas de un río o más allá del mar, aunque siempre habrás de demostrarme cuánto realmente me quieres a tu lado. Podrás matar y dar vida en mi nombre, llenar tu hogar con bendiciones o hacer monumentos de puro Yo. Me darás mil rostros y colores, pero siempre recurrirás a mi forma original en tiempo de crisis y yo seré el espaldar vivo de tu progreso. Pasaré de manos tantas veces como sea posible ya que así mantendrás cautivos a tus hermanos. Conmigo a tu lado tu hogar y tu cuerpo serán mejores. Tus gritos llegarán más lejos y tú mismo alcanzaras las estrellas. Abre los ojos ahora y cierra la boca para siempre. Nunca podrás evocar estas palabras con las tuyas pero siempre las llevarás impresas en cada latido de tu corazón”.
El pequeño bostezó como despertando luego de un largo sueño. El sol, dorado y brillante como aquella tonta piedrita, se ocultaba tras el horizonte. Era momento de regresar a la caverna.    

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