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jueves, 2 de febrero de 2012

Incendio en el pantano



A decir verdad, pocas veces en la simple vida de éste humilde crítico gastronómico ha ocurrido gran cosa digna de mención escrita. Tal vez mi visita al restaurante Bote Banana sea una de ellas. Aunque debo aclarar que eso no necesariamente es bueno para mi veredicto final, ni tampoco lo opuesto. De hecho, debo confesar que en mis treinta y ocho años en el oficio es la primera vez que no puedo emitir juicio alguno sobre el establecimiento. Por cuanto, y a fin de acercar mi testimonio fiel al lector ávido de nuevos espacios, me limitaré a describir lo que recuerdo. Tal vez así, incluso yo mismo pueda entender.
    Dado que se trata de un lugar céntrico, llegué hasta sus puertas caminando desde la redacción del periódico. La noche en la calle lucía tranquila, cuya calma era apenas rasgada por esas suaves brisas cálidas que anuncian la llegada del verano. Al ingresar al Bote Banana percibí en el ambiente el mismo aire extraño que se siente durante un incendio en el pantano: dulce humedad caliente. El salón era espacioso en todas direcciones y denotaba una bien pensada distribución de las mesas, suavemente bañadas por la luz de una vela (como toda la iluminación del Bote Banana) que resaltaba a los ojos el color vino opaco de los manteles. Observando mejor, podría uno afirmar que aquello era reflejo del resto del establecimiento, también morado incluso en su exótica ambientación musical de estilo lounge. Aunque la música ambiente no era de mi agrado, debo decir que el público parecía disfrutar. Pude ver el regocijo de varias parejas frente a una tarima que intuí destinada a presentaciones artística de algún tipo. Pronto descubriría cuál.
Sobre el servicio de los camareros he de decir poco, pues poco es lo que les he visto en realidad. Tampoco pude observar a la gente acudir a la barra, por lo que pronto temí haber caído en la trampa del mercantilismo vil de las nuevas tendencias minimalistas de esos “restós” ahora muy de moda donde apenas sí hay algo digno de beber. Entonces volví a advertir la barra. Se hallaba al fondo y debía ser lo único que era iluminado por luz eléctrica, cuya luminaria particular resaltaba una combinación de quebracho colorado y bronce pulido deslumbrante, casi cegadora. El barman clavado en el medio parecía inamovible, estaba inclinado hacia delante con ambos brazos apoyados y abiertos sobre la barra. Delante de él cuatro espías secretos de pantalla grande chasqueaban los dedos al ritmo de la música. Intercambiaban miradas furtivas con un grupo de ingenuas jovencitas que buscaban en las sonrisas de los caballeros una obvia respuesta al florido coqueteo desplegado sobre los sillones de terciopelo cercanos a un hogar a leña que no había visto. Entonces vi las mesas de pool y el blanco con dardos. Un mesa de ping-pong y un “fulbito”, también había un pinball y más allá un pelotero con niños.
“Un trago de cortesía, Señor” escuché a mis espaldas pero al girar el camarero ya había partido de regreso a un rincón oscuro que supuse sería la cocina. La copa que hallé sobre la mesa era de un material opalino y contenía un líquido rojizo y espeso. A uno de sus lados pendía una etiqueta de papel madera que según rezaba impreso la copa se llamaba “Langosta Todopoderosa”. Debo confesar que no pude entonces, y mucho menos podré ahora, precisar qué combinación de frutas y alcoholes conformaban aquel prodigio de la coctelería moderna. Pero sea como fuere, el primer trago, y el que le siguió luego, y el siguiente también, fue para mi garganta un verdadero renacer. “Otro, por favor”, grité hacia la barra.
    Entonces empezó la música, la verdadera música. Una orquesta de nueve puso a la gente a moverse poseídos por titiriteros invisibles tras una explosión de arritmia, percusiones, vientos y cuerdas. Como crítico gastronómico conozco de música lo mismo que cualquier otro mortal de la media, por tanto no estoy habilitado para opinar del tema más allá de la mera subjetividad propia. Aún así es mi deber informarles que las composiciones de aquel conjunto musical deleitaron mis oídos con manjares superiores a los que mi boca ha llegado a probar. La pista de baile puede dar fe de ello, pues para mí también fue imposible resistir el impulso y mucho antes de que pudiera pensarlo me hallé dejando atrás la mesa para unirme a la caravana que desfilaba frente al escenario al compás de la música.
No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasó ni si hubo intervalos entre pieza y pieza, o incluso si hubo tal cosa, pues desde que empezaron a tocar hasta que volví a mi mesa el tiempo se volvió en mi mente menos que un vago concepto. De hecho, volví no para descansar, sino para reclamar otro Langosta Todopoderosa. Para mi sorpresa, sobre la mesa me esperaba una copa que bajé de un trago antes de alzar la mano para solicitar un tercero. A decir verdad, sentía carecer del suficiente para salir a la calle y acompañar a los músicos en una vuelta a la manzana que realizaron con instrumentos, música y espectadores a cuesta.
    En aquel momento tres jóvenes entraron al Bote Banana rompiendo el silencio con brutas risotadas que colmaron la tranquilidad del salón vacío. Se acodaron en la barra y empezaron a pedir tragos a los gritos como bárbaros. Alguien les chistó desde atrás y entonces advertí que no todo el mundo había salido tras la banda. Un James Bond tenía acorralada a una jovencita en los sillones cercanos al fuego. Los borrachines hicieron caso omiso y aumentaron su jolgorio. En ese momento comprendí que era oportuno recobrar mis cosas y marcharme, no sabía bien por qué. Necesitaba recuperar mi anotador, el saco, la billetera, el anillo de casado. Pero entonces, sea por efecto del Langosta Poderosa, o por estar pasándola de pelos, sentí ganas de acercarme y hablar con ellos, invitarlos a comportarse como caballeros. Sin embargo para cuando estuve cerca uno perdió el conocimiento y los otros dos salieron espantados. Volvía el silencio al salón, salvo por unos leves gemidos distantes. El barman apareció a mi lado como salido de la nada y me quedó mirando fijo. No era para menos, a mis pies yacía un hombre aparentemente muerto. La parejita se retorcía en una idea y venida de manos y bocas y cuerpos, uno arriba del otro. A mí me dolía una mano.
La orquesta estalló de golpe a su regreso. Los dos borrachos amigos del caído volvieron a la cabeza de la procesión bailando como diablos. De golpe el salón se llenó de gente y ya no hubo más sitio donde estar parado sin tener alguien encima bailando al ritmo de los tambores salvajes que percutían en los huesos. Un hombre disfrazado de lagarto me acercó otro Langosta Todopoderosa y lo perdí de vista cuando se mezcló con la multitud. Pero entonces lo advertí, todos estaban disfrazados de lagartos. “Suficiente trago por una noche”, pensé. El ambiente me estaba haciendo mal. Luchando contra una marea de lagartos apretujados tuve que abrirme camino a fuerza de codazos. A medida que avanzaba en dirección al baño parecía haber más y más reptiles, incluso llegué a arrastrarme por sobres las cabezas de una masa verde de escamas y dientes, como una alfombra deshilachada cual césped, por donde repté hasta dar frente con una columna que se alzaba inmensa y rompía en una copa radiante en las alturas. Todavía no había brillo, pero el cielo estaba azul. El James Bond orinaba a mi lado sobre el tronco de la palmera. Muy amable de su parte, me ayudó a levantarme y juntos entramos de regreso al Bote Banana donde prácticamente no quedaba nadie. No recuerdo la hora.
    Para mi sorpresa, dentro del local me esperaban dos agentes de policía. Querían cuestionarme sobre cierto episodio violento, aunque nunca pude entender exactamente de qué hablaban. En ese momento me pareció que nadie iba a poder explicar mejor la situación que el propio Langosta Todopoderosa por lo que los invité varias rondas a cada uno. En minutos estaban a las risas y los abrazos, expresando sentimientos de paz y amor a todos los presentes a pesar de que no les prestaban demasiada atención. Finalmente los oficiales ofrecieron llevarme a casa y juntos nos subimos al patrullero. Tal vez por el alcohol confundí la dirección y terminamos seiscientos kilómetros al norte, en una ciudad polvorienta y pegajosa habitada por gente de rostros oliva y mirada oscura. Nadie hablaba nuestra lengua.

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