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lunes, 21 de abril de 2014

Envenena envenenador



Apreté el interruptor tan pronto el Presidente estiró su brazo para condecorarme. En una fracción de segundo en que el fuego nos abrazaba, vi sus ojos de terror y en ellos los últimos dos años de mi vida como un alud de sangre y risas. El primero en morir por la causa fue un aeroaplicador cualquiera. Amaba matar aeroaplicadores: nada en el mundo más engreído que un piloto al que se le paga fortuna por hacer piruetas y volar al ras de los cultivos. Nada más placentero que oírlos llorar como bebes rogando por una vida que estaba condenada de antemano.
Un tiro en la cabeza. Y luego el silencio. Así de fácil, rápido e higiénico; esa es la belleza más sublime de las armas de fuego. Figúrese el grado de violencia que conlleva liquidar a una persona por otros medios, digamos un machete, un palo o a puño limpio. Incluso el veneno es un espectáculo poco agradable de vómitos y convulsiones. En cambio la balística es un milagro de la ciencia moderna: uno apenas mueve un dedo y, si se tiene puntería, el otro cae pacíficamente dormido para siempre.
                La primera vez esperé al piloto al final de la pista de aterrizaje y me acerqué al avión en el momento en que se dejó de oír el motor. Todavía giraban las aspas, el hombre descendía y yo traía las manos bajo mi campera. Puso un pie en la tierra, luego el otro, después el cuerpo entero. Era muy probable que el pobre diablo estuviera ya en el infierno preguntándose qué había pasado. Volví a subir su cuerpo a la cabina del avión y entre sus cosas tomé un trapo cualquiera para taponar el tanque de combustible.
Me vi tentado a buscar un escondite desde donde observar la hoguera, pero el entrenamiento intensivo automatiza ciertas acciones y para cuando llegué a arrepentirme angustiosamente de haber huido lo cierto es que me hallaba a más de mil kilómetros al sur. Durante un tiempo permanecí quieto, atento a las noticias. Primero se dijo que había sido un trágico accidente producto de una falla mecánica. Semanas después trascendió que un vecino había escuchado un disparo y visto a una persona abandonar la zona previo al incendio. La denuncia condujo a la exhumación del cadáver y a una autopsia judicial que reveló la perforación en el cráneo. 
Había sido un comienzo auspicioso, debo decir. Aunque no del todo efectivo a mis intereses. La hipótesis final de la investigación fue la de un ajuste de cuentas o crimen pasional, pero nada más. Eso me indicaba que la próxima vez debía firmar mi obra. Me tomé los siguientes tres meses en escribir un manifiesto, los fundamentos:
“El despierto protegerá al dormido
aún cuando los dormidos sientan que estos son pesadillas que intentan robar sus sueños.
Si quien debe protegernos de la maldad promueve la maldad,
ésta le será dada de regreso en parte de pago.
Quien envenena es un envenenador
y debe ser eliminado como a una mala hierba.
Sin peones sobre el tablero, la Reina tiembla.
Cualquier idiota comprendería mi mensaje al instante. Tal vez no a la primera vez, pero sí cuando se estableciera un patrón repetitivo en las víctimas. Ese era mi siguiente paso. Repetí el modus operandi de la primera incursión también con otro fumigador aéreo salvo que ésta vez no lo prendí fuego sino que lo deposité gentilmente en una posición digna. Las piernas juntas, el cuerpo derecho, la cabeza con la mirada a un lado y el agujero en su sien bien visible para que no quepa duda alguna. Las manos se las dejé apoyadas sobre el pecho y bajo ellas la nota impresa.
Me fui expectante por conocer las repercusiones del caso pero pasaron casi quince días antes de que escuchar algo al respecto. Todo el asunto pasó desapercibido hasta que alguien reclamó por el paradero del piloto. Peor aún, mala suerte de mi lado, al parecer la lluvia y el sol y la lluvia de nuevo habían dejado la nota ininteligible; aunque esta vez sí no cabía duda que se trataba de un asesinato a sangre fría. Los periodistas que leí en internet se regocijaban con el morbo y el misterio, pero sólo un cronista de Entre Ríos tuvo la feliz idea de preguntarse retóricamente si habría vínculo entre éste caso y aquel del piloto incinerado. Eso era suficiente para mí, porque significaba que si al menos un pelele de entre miles podía olisquear algo raro, era probable que la policía no necesitaría mucho más para trabajar firme sobre esa hipótesis; si es que todavía no lo hacía.
Un muerto más fue suficiente. Otro aeroaplicador en la provincia de al lado, pero ésta vez uno retirado: ya no volaba, mandaba a volar. Lo ataqué en la oficina de su empresa fumigadora y allí mismo lo encontraron. Volví a dejar la nota con el muerto, pegada a su cabeza con una engrapadora, no hallé otra cosa. El lugar se volvió un hervidero de gente después del golpe. La policía primero, con un equipo forense para mi felicidad, y los empleados de la empresa después cuando pudieron volver a su lugar de trabajo sólo para retirar las pocas cosas que la viuda les regaló a fin de compensar que se quedaran en la calle de la noche a la mañana con tantas bocas que alimentar; una verdadera tragedia.
Los medios de comunicación apenas brindaron espacio a lo que parecía ser un robo fallido, pero eso en vez de impacientarme era la confirmación que esperaba. La policía había captado el mensaje. Y mi amigo, el periodista entrerriano, volvió a sugerir una conexión entre los casos. Desde entonces empecé a llevar registro de sus publicaciones, incluso seguía sus consejos. Por ejemplo el entrerriano pronosticaba que si el asesino se mantenía en el rubro de los fumigadores aéreos sería cuestión de tiempo hasta que fuera apresado. El muchacho tenía toda la razón del mundo, cambié de rubro.
Mi próxima víctima fue un fumigador terrestre al azar. Venía por la ruta. Vi un mosquito trabajando solitariamente en el campo. Me detuve, abrí el capot del auto y llamé al hombre desesperadamente. Dudó largo rato en acercarse pero ante mi insistencia cayó en la trampa. Allí mismo, junto al alambrado dejé el cadáver con un grafiti hecho con stencil que simplemente rezaba: “MM”. Lo mismo hice con otros dos más el mismo día a unos doscientos kilómetros el primero, otros cien el segundo.
Ahora sí quedaba todo dicho y las noticias lo advirtieron públicamente; un asesino serial acechaba a los trabajadores del agro, pero no a todos, sino a los que manipulaban agrotóxicos particularmente. El revuelo fue importante tanto como mi cambio de estrategia. Tuve que empezar a dejar las rutas principales, evitar peajes y todo tipo de controles de tránsito. Me movía como una luz por los caminos vecinales de tosca y barro. Rápidamente advertí que los peones de campo también tomaban sus recaudos. Se movían en grupos numerosos, nunca solos, y algunos incluso ostentaban armas durante las horas de trabajo. Entonces también cambié de enfoque y empecé a seguirlos uno por uno y terminar con ellos en la puerta de sus casas. Sí, era injusto que la familia se topara con el cadáver ahí mismo pero yo estaba resuelto en mi tarea y el drama era un daño colateral aceptable porque cuánto vale el sufrimiento de un pocos en comparación con el envenenamiento de miles. 
Maté aplicadores terrestres y aéreos hasta el hartazgo, pero en ese entonces principalmente vendedores pues era un objetivo fácil de hallar en las afueras de cualquier ciudad. Por lo general me mudaba de sitio, identificaba las víctimas y los atacaba a todos el mismo día entre el atardecer y la medianoche.  Nunca llevé la cuenta en realidad, pero hice así hasta que no quedó esquina o camino de tierra en el país sin al menos un policía con los ojos bien abiertos. Agoté mis posibilidades en poco tiempo, y si bien todavía seguía de incognito para las fuerzas, había agitado el avispero con tanta fuerza que era hora de esconderse y poner en acción la segunda parte del plan.
El entrerriano me la sugirió en una de sus crónicas, postulaba que era imposible que un solo hombre hiciera semejante carrera de muerte sin ser visto o apresado, por lo que era probable que se tratase de más personas y seguramente agentes de seguridad queriendo infundir miedo en el sector para luego vender sus servicios de seguridad privada. Descabellado, lo sé, o no tanto, porque me pareció buena idea no aquello de vender servicios sino la de sumar adeptos a la causa. Era necesario delegar algo de trabajo.
Dediqué el próximo medio año en armar un verdadero ejército revolucionario. El problema no eran los recursos materiales sino los humanos. Podría haber contratado sicarios si lo hubiese querido, pero no necesitaba empleados; no, no, no, la causa requería hermanos de armas. Necesitaba encontrar alguien lo suficientemente frio como para jalar un gatillo en la frente de otra persona, lo suficientemente ecologista como que esa persona sea un fumigador y lo suficientemente desesperado para hacerlo por puro gusto.
Era una difícil: los amantes de las armas no son ecologistas; los ecologistas nunca están desesperados; los desesperados quieren paz, no armas. Estaba por darme por vencido y salir a matar yo mismo aun si eso significase poner en riesgo toda la operación cuando tuve una verdadera epifanía: los cazadores furtivos. Los cazadores furtivos reunían a groso modo las tres condiciones; no todos claro. Pero sí poseían armas de alto calibre en primer lugar. Luego resultaba claro que por el desmonte para monocultivo muchos de ellos ya no tenían dónde ir cazar o ni siquiera qué cazar. Y a causa de esto, algunos pocos que lo hacían para ganarse el pan ahora apenas si podían hacer alguna que otra changa pasajera. Entre estos últimos encontraría uno o varios interesados.
Empecé a frecuentar los espacios donde suelen merodear los cazadores, casas de camping, armerías, el tiro federal. Hablé con muchas personas y no tardé en descubrir que debía iniciar mi búsqueda en lugares donde la frontera agrícola estuviera avanzando. Allí donde se había instalado hacía rato los viejos cazadores no querían ni hablar del tema para no dejarse invadir por la añoranza; ya se habían acostumbrado a la otra vida no salvaje. Era claro, yo necesitaba gente vivaz, de enojo fresco y reciente, resuelta a vengar el oprobio de la privación a la que lo había obligado el desmonte y el monocultivo. Y fue muy acertado pensar de este modo. No tardé mucho en incorporar al equipo un muchacho de campo cuyo único ingreso eran las postas de jabalí o las milanesas de ciervo que vendía en su barrio.
Desaparecido el monte detrás de su casa, ni ratas quedaron para atrapar. Guardaba el rifle bajo el colchón y lo tenía siempre cargado esperando que se le diera un empujoncito para salir a las andanzas de nuevo. Ya la primera vez que hablamos del tema me vomitó un profundo anhelo por faenar al dueño del campo como a un cerdo. Me llevó mucho tiempo explicarle el por qué era un error, que los dueños de los campos se reemplazan fácilmente,  que los que debían ser faenados eran siempre los fumigadores y no otros. Fue una buena práctica trabajar con él, creo nunca haber conocido persona tan bruta. Llegué a hacerle un dibujo: sin fumigadores hay plagas, plagas acaban con el monocultivo, la rentabilidad se va, vuelve el monte y los animales. Aceptó al instante.
Claramente primero debía pasar una prueba, demostrarme que era capaz de ajustarse al plan. Y lo hizo mejor de lo que yo pensaba. De noche se escondió en un monte pequeño aledaño a un cultivo, esperó a que amaneciera, y derribó una avioneta con tres tiros puestos en la cabina. Huyó con lo justo porque escondido en otro monte vio a la policía aparecer de la nada y revisar el lugar exacto desde donde había efectuado los disparos. Dos grandes lecciones aprendimos de esta incursión: los buenos tiradores no deben arriesgarse si pueden mantener distancia, y que nunca se debe disparar más de una vez porque las repeticiones rebelan la posición.
Como premio le dejé una cuantiosa suma de dinero para que pudiera subsistir los siguientes meses y la promesa de que volvería a buscarlo en un tiempo para trabajar en equipo; tiempo que él debía usar para reclutar nuevos soldados a la causa procurando no poner en peligro la operación. Antes de partir le recordé varias veces que si caía en manos de la justicia nunca volvería a saber de mí de igual manera como que si me traicionaba, él sería el próximo en mi lista.
Estaba jugando a la lotería con el muchacho, pero si todo iba bien me iba a sacar el gordo de navidad. Por lo pronto era necesario abandonar la zona y esperar a descubrir qué tan bien podía el chico pasar desapercibido a las fuerzas de la ley. Entretanto seguí recorriendo los antiguos montes talados recientemente en busca de lugareños empobrecidos a quienes seducir para sumarse. Y en cada pueblo por el que pasaba fui dejando mi marca, aunque de mano de terceros. Los periodistas estaban de fiesta con el caso del “ecofundamentalista”, y se sorprendían tanto como la policía de que aquel no dejara huellas. Lo que ellos no sabían era que yo daba órdenes de atacar recién después de hallarme a cientos de kilómetros de la víctima.
De éste modo recorrí el país de punta a punta y regresé sobre mis pasos para cosechar el fruto de la siembra. No podía creer lo que hallé a mi regreso. Cada uno de los cabecillas zonales había cooptado más de diez interesados. Para mi sorpresa algunos pocos eran cazadores furtivos, el resto adherían a la causa por motivos tan diversos que no los recuerdo; sin embargo todos compartían el deseo serio de linchar al menos uno o dos sojeros.
No había tiempo o recursos para los que no sabía o no querían disparar armas, fueron descartados, pero disponía de municiones, rifles y dinero para los que sí. En definitiva tenía poco menos de quinientos hombres dispuestos a dar un golpe a mi señal. Me sentía orgulloso de ellos y de mí mismo, era todo un logro servido en bandeja listo para ser devorado. El plan era simple. Cada hombre por separado viajaría a un punto distante de su zona y elegiría al azar a un objetivo del rubro. En la fecha indicada a primera hora de la mañana se atacaría sincronizadamente y no se volvería a establecer contacto con algún otro miembro de la organización hasta seis meses luego.
A la hora cero de ese mismo día, los diez mejores tiradores y yo atacaríamos en golpe comando la planta industrial donde se fabrican los pesticidas. Debo decir a favor de mis hombres que ellos nunca supieron el verdadero objetivo de la misión ni que jamás volverían de ella; sino es probable que no hubieran dado lo mejor de sí como lo hicieron. Entramos y salimos prácticamente sin ser vistos, con un daño colateral mínimo y nos marchamos justo con lo que queríamos: un ejecutivo de la empresa al que redujimos como a un perro y lo arrastramos a un sótano preparado para la ocasión. Una hora más tarde de nuestra huida, cuando estabamos a cientos de kilómetros de allí estalló dentro de la fábrica una pequeña carga de explosivo plástico que coloque en los tanques contenedores de los químicos, liberando una nube tóxica que se posó sobre las dos ciudades y borró del mapa a más de cincuenta mil personas en el transcurso de la noche. Al amanecer, cuando la ola de muerte se hizo noticia en los medios y los ojos de todo el país estaban posados sobre el horror, mi ejército de soldados solitarios se movilizó y atacaron cada uno por separado.
Aquel día será recordado como el día negro por algunos, y como el día cero por otros. El ejecutivo de la empresa lo devolvimos más muerto que vivo a un hospital junto con una grabación en video en la que lo obligábamos beber pesticida de un bidón y continuamos capturando sus vómitos, dolores, convulsiones hasta que entró en coma. Entonces leímos a cámara un petitorio en el que nos atribuíamos el atentado a la planta industrial, condenábamos todo tipo de actividad agrícola contraria a la vida y reafirmábamos la soberanía territorial sobre las áreas cultivables por medio de las armas. El escándalo fue internacional.
En primera medida congelamos la economía del país porque ya nadie quiso volver a posar sus manos sobre un agrotóxicos sin antes vestir chaleco antibalas. La rentabilidad del monocultivo cayó al subsuelo. Y repentinamente, para los ojos del mundo, aquel paisucho pacífico y próspero de Sudamérica se había vuelto nido de terroristas. Terroristas con conciencia ecológica, pero terroristas al fin y al cabo, por tanto enemigos de la democracia. No pasó mucho tiempo hasta que Estados Unidos decidiera intervenir militarmente para salvaguardar el progreso económico.

Recuerdo estar mirando las noticias en el televisor del hotel cuando se anunció la “ayuda humanitaria” para el país al mismo tiempo que yo recibía el llamado telefónico de mis superiores. Estaban complacidos a más no poder por el trabajo hecho, mencionaron que sería condecorado con el más alto prestigio. “The president itself will be there”, dijeron. Nunca fui más feliz en toda mi vida. Ahora sí la misión estaba cumplida. 



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