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martes, 19 de agosto de 2014

Esclavitud Moderna - [III] EL ORDEN NATURAL DE LAS COSAS

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



MÉTODO CIENTÍFICO

Como veremos en las siguientes páginas; las actividades de regulación social como la política, la economía o el ámbito legal avanzan o retroceden en un constante tire y afloje eterno entre pueblos y gobernantes que a lo largo de los siglos ha ido desarrollando y moldeando el código civil moderno y todas sus derivaciones. A diferencia de las leyes naturales, las leyes sociales cambian con el paso del tiempo, resultado milenario de un método de prueba y error que moldean las convenciones culturales. De éste modo, hemos ido dando forma a los derechos humanos, el sistema legal, los códigos de convivencia y todos esos mecanismos que siempre fueron la predilecta jactancia de quienes se llamaban civilización y no barbarie. Pero entonces, tras una fugaz repasada a la historia, cabe preguntarse: ¿no serán estos avances sociales en realidad formas de legitimar el mantenimiento del status quo en su sitio? 
Para responder ésta pregunta seguiremos los pasos marcados por Tolstoi, quien en su obra centra la crítica en dos de estos avances modernos que según él son los pilares fundamentales sobre los que se basa casi todo el esclavismo moderno: 

a) que toda la tierra y su existencia pueden ser objeto de propiedad individual, transmisible por herencia, legado o intercambio; 

b) el obligatorio pago de tributos o impuestos a la institución de gobierno vigente sobre dicha propiedad so pena de represalias. 

Ya sea por habito, ignorancia, indiferencia u holgazanería, vemos estas leyes humanas como naturales, necesarias e indispensable para el buen funcionamiento de la sociedad así como la conocemos. Pero ¿qué tan indispensable son estas leyes para el sistema moderno? Y aún más lejos, ¿qué tan indispensable es el sistema mismo? ¿Acaso se puede vivir de otro modo? ¿Es necesario que la tierra sea dividida personalmente y que sólo su propietario puedan gozar de los beneficios del terreno? ¿Es menester para el desarrollo humano el que nadie pueda disfrutar de un bien ilusoriamente propiedad de otro? ¿Es realmente necesario el pago de impuestos? 
A simple vista éstas preguntas resultan ingenuas, casi estúpidas. Nadie gusta entrar en su hogar y hallarlo ocupado por otra familia, así como todos disfrutamos del asfaltado de la vía pública que ha sido pago con los aportes tributarios, asfalto por donde se puede transitar con el coche que he comprado gracias al dinero producto del sudor de mi frente. Aún así invitamos al lector a ahondar un poco más en el cuestionamiento a estos derechos y obligaciones ya que su desarticulación lógica y racional nos conducen a dislocar otros mecanismos aún más profundos que son, en última instancia, aquellos que originan a los primeros.

LA PROPIEDAD DE LA TIERRA 
EL DERECHO A LA PROPIEDAD

Teorizar sobre qué pasaría si el derecho a la propiedad de la tierra fuera abolido puede ser un ejercicio mental interesante. ¿Cómo sería el mundo si de repente uno pudiera andar por donde quisiera sin que existiera una fuerza coercitiva encargada de hacer respetar los lindes ajenos? ¿Acaso no fue precisamente la eterna disputa territorial la que dio origen a todo tipo de artilugios para legitimar el que unos posean y otros no? Veamos lo que nos revela la historia.
El nacimiento del derecho a la propiedad, al igual que el del tributo, se pierde en los albores de la humanidad. Todas, o casi todas, las culturas han desarrollado a su momento la noción de objeto, tácito o abstracto, que se puede poseer o usar de manera exclusiva por uno o más individuos durante cierto tiempo preestablecido. Y esto se debe a que vivimos en un mundo finito, de recursos finitos, razón por la que no siempre hay para todos por igual; o no todos quieren repartir lo que hay de en partes iguales. 
Si hablamos del concepto o idea de derecho de propiedad es recién con el Imperio Romano que empezamos a hallar los primeros indicios de su existencia en Occidente. A medida que el imperio crece mediante la conquista, las tierras confiscadas son entregadas a particulares que deben pagar tributo anual a cambio de poseer la exclusividad de uso.  
Todo cambia con la caída del Imperio, las grandes extensiones ya no son propiedades cedidas por el Emperador, sino que se convierten en dominaciones de señores plenipotenciarios, dando origen a una infinidad de reinos independientes. Los territorios se subdividen y aparecen los Señores, Condes y Duques con sus señoríos, condados y ducados. Poco a poco los feudos empiezan a convertirse en verdaderas propiedades privadas tal como hoy se conoce el concepto, aunque sólo asequible mediante títulos nobiliarios, favores reales, u belicismo; por lo que el individuo gobernado, o vasallo, no posee propiedad de hecho.
El siguiente paso en la evolución del derecho a la propiedad se dio con la Revolución Francesa.  Se formó la noción de la tierra como un bien común para el buen desarrollo de las sociedades y la creación del Estado como un medio idóneo para efectivizar antedicho desarrollo. Por ley se establece que los individuos tienen todos por igual el derecho a la propiedad, pero que dicha posesión carga con cierto gravamen destinado a solventar el Estado. 

Por entonces, Adam Smith escribía en su Riqueza de las Naciones: “El gobierno civil, en cuanto instituido para asegurar la propiedad, se estableció realmente para defender al rico del pobre, o a quienes tienen alguna propiedad contra los que no tiene ninguna”.

Es interesante puntualizar que mientras en Europa se moldeaba un tipo de legislación sobre la posesión territorial, en la América Precolombina ciertas culturas también experimentaban con conceptos similares, aunque algo distintos. La legislación incaica sobre la propiedad no da cuenta de lo privado en relación a los bienes inmuebles. Sólo conocían la noción de derecho público, no privado, aunque al igual que en Roma podemos identificar derechos de dominación territorial, no de propiedad, asignado a ciertos funcionarios de gobierno.

Finalmente con la llegada de los conquistadores de lo colectivo a lo feudal sin escalas. Ahora imagine Usted que mañana llega a su casa un grupo de hombres armados que dicen ser los nuevos dueños del terreno ya que su Dios así lo dispone. Y que su familia, para bien o para mal, no sólo ya no tiene derecho a vivir allí sino que además deberá pagarles tributo o trabajar para ellos si no quiere morir en el intento de rebeldía. Creo que entonces todos podemos saber lo que sintió un habitante originario de América tras la llegada de los españoles. Sólo las armas pueden hacerle a uno entrar en la cabeza disparate semejante. 
Finalmente, con el desarrollo de la colonia y la desaparición de las propiedades comunitarias indígenas, aparecieron los latifundios de carácter privado que, a diferencia de lo sucedido en la Europa Medieval, no tendieron a subdividirse con el tiempo, en cambio se hicieron cada vez más extensos en manos de pocos propietarios bien definidos. Con el proceso de Independencia Americana aparecen las primeras propiedades privadas como las conocemos hoy día, aunque con los mismos tintes de feudalismo que poseen los caudillos y próceres de la historia oficial inmediata. 

Y el resto hasta nuestros días siguió los mismos pasos que Europa; constitución, naciones, capitalismo. Pero entonces, ¿qué ha cambiado? Podemos poseer la tierra de manera privada o grupal, tenemos derecho de hacerlo, pero aún así, por contrato social, debemos pagar impuestos por ella al Estado. La tierra sigue concentradas en pocas manos; la población en general no puede o quiere hacer nada al respecto; la resistencia sigue estando presente entre los campesinos y los sobrevivientes de los pueblos originarios, quienes aún hoy continúan luchando contra los desalojos y la persecución institucional del avance agrocapitalista. No se ve diferencia alguna con todo lo visto en el proceso histórico que damos cuenta, como si lo único que hubiéramos hecho en todos estos miles de años fuera lijar y pintar la superficie de una escultura rajada que no se cae a pedazos porque ha sido apuntalada de todos lados.

Si uno viaja a las pequeñas comunidades rurales que motean los campos donde se produce el alimento para la gran ciudad, no es casual enterarse que los pueblerinos, rodeados de la inmensidad campestre, en realidad sólo poseen el terreno de su hogar y nada más. Trabajan la tierra, pero no la suya, y perciben el producto directo de su trabajo transfigurado en dinero.¿Qué hay de beneficioso para el avance de la agricultura si su desarrollo depende de menos de un cuarto de la población mundial? Mientras un diminuto porcentaje de la humanidad posee las tierras y los medios para trabajarla, el ochenta por ciento restantes vive hacinado en las grandes ciudades, dedicando sus vidas a otros quehaceres un tanto menos fundamentales para el sostenimiento de la vida en el planeta Tierra. 

La universalización del derecho de propiedad no sirve de nada si no se universaliza los medios económicos para ejercer ese derecho. Por eso se aclara que la propiedad privada sobre la tierra sería harto loable si no fuera de la mano con los negocios inmobiliarios. Que todos tengan derecho a poseer una parcela de tierra por medio de moneda en curso, y que ese derecho en cierto sentido no tenga límites claros, no es justo ni igualitario pues claramente un sistema que estimula la acumulación de capitales tenderá siempre a favor de quien acumule títulos de propiedad privada.


LOS IMPUESTOS “IMPUESTOS”

Tal vez para comprender mejor la noción de división de la tierra, y el derecho a la propiedad, será conveniente evaluar concienzudamente el otro elemento de coerción social mencionado con anterioridad; el Tributo o Impuesto, ahora mal llamado Contribución. Citamos al mexicano Daniel Diep Diep, quien lo expondrá mejor en un resumen de su texto La Evolución del Tributo. 

[“Desde sus orígenes, la obligación de tributar fue producto de la dominación, es decir, de la imposición del dominador sobre el dominado, así fuera en su carácter de gobernante, conquistador o simple opresor, siempre que se valiese de la fuerza en cualquiera de sus múltiples formas convencionales e históricas, incluyendo la magia y el dominio de la mujer sobre el hombre o de éste sobre aquélla, del mayor sobre el menor, del viejo sobre el joven o viceversa, del rico sobre el pobre, del sano sobre el enfermo, etc. 
Pero esta obligación primitiva de tributar debió manifestarse en toda una vastísima pluralidad de formas: desde la entrega al opresor del propio cuerpo, el trabajo y la vida- todo ello dentro de una perspectiva de explotación humana manifiestamente esclavizante y despótico en sus expresiones extremas-, hasta una entrega puramente transitoria, tanto del cuerpo, como de los bienes o propiedades y, sobre todo, del trabajo y del tiempo sin que el nuevo despotismo llegase a la anterior torpeza de acabar con la vida del esclavo o del vasallo, dado que alguna significación económica, en su sentido más holgado, dicha posesión pudiese representar-.
Por eso representa un significativo salto la conversión del tributo en impuesto a través del establecimiento formal de la norma de corte legislativo. Se requirieron muchos siglos -y de hecho hasta milenios- de una opresión que parecía eterna e insalvable en forma alguna, para que poco apoco ese proceso de «suavización» llegara a cristalizar en una institución de apariencia jurídica que, si bien no representó solución alguna de fondo al verdadero problema, por lo menos lo disfrazó o maquilló lo suficiente como para hacerlo aparecer razonable, civilizado y hasta «justificable».

[“…De ello debe concluirse que tributo e impuesto entrañan fuerza, coerción, coacción y hasta agresión, ya que, de otro modo, sería difícil que quienes sufren tales servidumbres los cumplan alegremente. Por ende, el gobierno de todos los tiempos actúa sobre el gobernado, sea que lo considere como siervo, vasallo, súbdito, etc., o que incluso deje de considerarlo con calificativo alguno, como un simple forzado. Ya hasta Hobbes decía, en su Behemoth, que
Un Estado puede forzarnos a obedecer, pero no a que nos convenzamos de un error...

[“…Todo ello, pues, no puede ni debe ocultarse. Cualquiera que estudie la temática tributaria tiene que ser, o un verdadero ignorante de la historia o un redomado hipócrita, si sólo se ocupa de buscarle supuestos «principios» a los impuestos, siendo inocultablemente evidente que carecen de ellos. Y hasta el tomar por principios las máximas de Adam Smith, que él denominaba así precisamente y no «principios», no pasa de ser una mera deshonestidad intelectual para apuntalar la arbitrariedad.
Los tributos, así se les llame impuestos o contribuciones, no tienen principios de naturaleza alguna. El precedente histórico de ellos -no principio- es el abuso y la explotación del hombre por el hombre, sin otra «razón» que la llamada «ley del más fuerte»; arbitrariedad, desde luego, que ensucia a la ley al añadirle tal calificativo. Han sido milenios los que han transcurrido hasta ahora de una explotación tributaria que apenas comenzó a balbucear la idea juridicista de que pueda constituirse como un derecho del Estado, por mucho que se le disfrace bajo el título de impuesto o de contribución.
Y si esto queda suficientemente claro, lo menos a lo que debemos atrevernos es a suponer que de la arbitrariedad puedan desprenderse principios o que de la explotación humana puedan aducirse derechos. Mientras al hombre se le explote en su persona, en su familia, en sus facultades, en sus propiedades, en sus derechos o en sus atributos, de todo podrá hablarse en este mundo, menos de un derecho tributario, o fiscal, o administrativo, o cualquier otra denominación equivalente inventada o por inventar, sencillamente porque tal supuesto «derecho» no lo es. Y 4,800 años de historia, o, por lo menos, 3,300 años de testimonios históricos documentados, ampliamente nos respaldan para corroborarlo…”]
[“…Ahora bien, si después de 4,800 años el tributo cambió de disfraz y se convirtió en impuesto, es porque se comenzaron a cocinar las ideas de que la vida en sociedad debía ajustarse a la normatividad de las leyes, de que debía encomiarse la noción del derecho, de que la democracia implicaba darle una connotación de ciudadano igualitario a todo habitante de la comunidad, de que la necesidad de respetar un orden de convivencias podría asegurar alguna clase de crecimiento económico, de que se vivía en sociedad merced a un consentimiento tácito calificable como contrato social, de que la paz y el orden podrían permitir una armonización universal, etc., es decir, que la riqueza de las naciones, el contrato social y el espíritu de las leyes, dichas así, no como títulos de las obras que ya conocemos, sólo podrían manifestarse a plenitud cuando todo aquello que implicara o que hubiera implicado en el pasado una imagen de arbitrariedad, de explotación, de abuso o de injusticia, pudiese tamizarse bajo el cobijo de la ley, la necesidad de la economía y la demanda de la justicia, con el fin de que todo lo demás pudiese marchar sin tropiezos. Y es así, y no de otro modo, como nació la idea de enmascarar la arbitrariedad del viejo tributo, tan bárbaro y bestial como para no admitirlo en la nueva fiesta de sociedad, que se le disfrazó de impuesto, palabra que guarda resonancias de aquella arbitrariedad pero que atenúa la imagen de subordinación tributaria o tributante y parece recargar la culpa en el concepto de autoridad que ya más o menos se admitía como necesaria y hasta tolerable siempre que a su vez se encubriera en la ley.

Y las prácticas o políticas siguen acusando lo mismo que ocurría milenios atrás: prevalece la fuerza del poder, aunque ahora oculto en los ropajes de la ley, para seguir manteniendo tributantes; subsiste la praxis de la coacción para ejercer el imperio del poder, aunque ahora disimulada en la inobservancia de la obligación, con el objeto de seguir sojuzgando a los gobernados; se exhibe la hipótesis de que se contribuye al gasto público y que todo ello es en beneficio de  la propia colectividad, aunque ahora bajo la sombra de la demagogia que se escuda en la técnica presupuestaria, con la finalidad de hacer aparecer al Estado como benefactor, pese a que la recaudación sólo esté sirviendo para satisfacer el costo del aparato gubernativo; y se exhibe, en fin, la hipótesis de que todo lo recaudado es en provecho de la convivencia social, aunque ahora bajo la propaganda de unas pocas obras ejecutadas por el poder público, con el propósito de aparentar que el aparato gubernamental no se lleva la mayor parte de lo recaudado en el mantenimiento de burocracias crecientes e improductivas, además de que frecuentemente resulten también deshonestas…”]

Luego de leer las palabras de Daniel Diep Diep pareciera ser que siempre fue del estilo gobernante eso de salir a pedir prestado so pena de un coscorrón. Dado que la historia escrita no nos permite dar cuenta de alguna época en particular en que el tributo no fuera el vínculo entre gobernantes y gobernados, se podría llegar a pensar que después de todo su existencia y funcionalidad sí sea parte del Orden Natural de las Cosas como algunos pretenden hacernos creer. Sin embargo es innegable que la existencia del sistema tributario actual mal que mal permite la subsistencia de todo tipo de instituciones publicas encargadas de la proyección y ejecución  de obras que benefician a la sociedad en mayor medida que los sistemas anteriores. Pero de ahí a decir que los impuestos son buenos para la sociedad sólo es válido si lo comparamos con tiempos en que la contraprestación por dichos tributos era nula o violenta. 


DEL ESTADO DE BIENESTAR 
AL ESTADO EMPRESARIAL

La idea de Estado de Bienestar en el que actualmente vivimos fundamenta su funcionamiento en el sistema tributario. Éste advino junto al concepto de democracia luego de la revolución industrial, buscando un marco económico que permita proteger a la comunidad de las contingencias inesperadas del destino mediante un sistema de seguridad social contra todo riesgo avalado por el total de la ciudadanía mediante el pago de impuestos. 

El Estado de Bienestar según su concepción original es el encargado de facilitar los medios y resolver cualquier problema emergente que tenga el potencial de poner en jaque a los pueblos o los individuos, para permitir que estos sigan siendo parte productiva de la sociedad. En países como Argentina, y tantos otros de Sudamérica, el Estado de Bienestar ha arraigado con fuerza gracias a gobiernos populistas que han hecho de su implementación la principal política para lograr una total adhesión de obreros, inmigrantes y relegados sociales. 



Sin embargo el Estado de Bienestar actual se diluye y desdibuja cada vez más debido a que las coberturas de las fatalidades individuales han sido “privatizadas”. La aparición de las empresas aseguradoras como también la progresiva disipación de los sistemas de salud públicos y gratuitos en casi todos los países del mundo son signos de este proceso. Los recortes presupuestarios destinados al bienestar social y el desmantelado de instituciones que encarnaban estos ideales se debe principalmente a que el sistema económico ha corrido el eje de requerir la explotación obrera para apoyarlo en la explotación del consumidor. 

El problema más importante que éste modelo plantea es el siguiente: los desastres sociales producidos por desajustes económicos o ecológicos por imprudencia de las naciones carecen de culpables identificables y pueden en primera medida lucir neutrales en tanto afecta a toda la población por igual. Sin embargo, los efectos de su paso no son iguales para toda la ciudadanía puesto que la porción favorecida de la sociedad suele levantarse indemne al poco tiempo, mientras lo relegados por lo general caen aún más profundo en la miseria sin posibilidad alguna de volver a flote. 
Ahora bien, la conclusión del ciudadano ante esta situación es lógica. Si el Estado o la comuna no me amparan contra el infortunio, si nadie se ocupa del bien común salvo exceptuados casos particulares, ¿por qué debería yo interesarme en política o en el bienestar social en cualquiera de sus formas si apenas puedo protegerme a mi mismo y a mi familia contra el crimen, la crisis económica o las facturas a fin de mes? La perdida de identidad comunitaria producto de la individualización de la vida pública es la arista más preocupante porque propicia otro fenómeno peligrosísimo que es el de la polarización extrema de las capacidades y recursos que poseen los individuos; es decir que los que más poseen tienen mayores oportunidades y capacidades de poseer más, mientras en la base de la pirámide social, es a la inversa.  



Tal modelo de Estado deja en evidencia que la estratificación en clases según el ingreso de dinero y el grado de consumo es en realidad la ilusión que esconde una dinámica económica y política en la cual la miseria sin lugar a dudas no es producto del infortunio sino de una vulnerabilidad deliberada, destinada a dar lugar a la expansión de los mercados internacionales. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman lo pone en cifras: 

[“…Si hace 40 años los ingresos del 5% más rico de la población mundial eran 30 veces más altos que los del 5% más pobre, hace 15 años ya eran del 60% más alto, y hacia 2002 habían alcanzado un factor del 114%. 
Tal como señala Jacques Attali en La Voie humaine, la mitad del comercio mundial y más de la mitad de las inversiones globales benefician sólo a 22 países que albergan el mero 14% de la población mundial, mientras que los 49 paises más pobres habitados por el 11% de la población mundial, reciben entre todos sólo el 0,5% del producto global: igual a la suma aproximada de los ingresos que obtienen los tres hombres más ricos del planeta. El 90% de la riqueza total del planeta permanece en manos de apenas el 1% de los habitantes. 
Tanzania obtiene 2.200 millones de dólares por año, que reparte entre 25 millones de habitantes. El banco Goldman Sachs gana 2.600 millones de dólares, que luego se dividen entre 161 accionistas.
Europa y Estados Unidos gastan 17 mil millones de dólares anuales en alimentos para mascotas, mientras que, según los expertos, se necesitan apenas 19 mil millones de dólares para salvar del hambre a la población mundial…”] 

Todavía se padecen supuestas crisis económicas mundiales que no son producto de escasez, sequías, plagas, mal clima, cataclismos u otros factores condicionantes externos y extremos; sino al contrario, producto de nuestra propia actividad legislativa y financiera, cuya mano fría y especuladora no sólo es una convención social existente en un plano meramente abstracto de la Realidad, sino además que como tal no contempla el sufrimiento de tantos millares de personas y familias afectadas de manera directa por una legislación rígida, suprahumana, inalcanzable, inmodificable, ajena y lejana, la cual se hace respetar por medios coercitivos que así lo garantizan. 

El falso “consenso común” y las necesidades sociales que convocan a la existencia de un Estado no pueden ser argumentos válidos para defender como irrefutablemente necesario el pago de impuestos, entonces ¿cuál es la solución necesaria y definitiva para erradicar de una vez por todas de la historia de la humanidad el tributo y la bipolaridad gobernante-gobernado? ¿Desaparecería la sociedad, el orden y la armonía sin un sistema tributario? En absoluto, la sociedad siempre tendrá necesidades de escuelas, sanidad o caminos transitables, y es precisamente tal necesidad el origen mismo de todo consenso social y general para la ejecución de obras que tienen por fin satisfacer el progreso humano, por lo que con o sin fondos tributarios, el hombre siempre se las apañará para hacer aquello que le facilite la vida a sí y a la comunidad.
 Pero entonces si el derecho a la propiedad y los impuestos son apenas eslabones de la cadena que nos sujeta, ¿de qué están hechas éstos eslabones? ¿Cuál es el fundamento que las sostiene y justifica? ¿Qué elemento profundamente arraigado en la mente de los individuos hace casi imposible el poder ver estos artilugios como esclavizantes y dignos de erradicación? ¿Por qué las leyes creadas por el humano falible se nos presentan como de carácter suprahumano e infalibles? 


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[IV] VERTICALISMO>>



ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
editorialtintachina@gmail.com
www.editorialtintachina.blogspot.com

Licencia de Creative Commons
La Esclavitud Moderna de Piedrabuena es licenciada bajo los derechos  Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.


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