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jueves, 21 de agosto de 2014

Esclavitud Moderna - [VI] ESCLAVITUD MENTAL

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones




PAN Y CIRCO


Resumiendo en breves palabras el discurso desarrollado hasta éstas páginas podríamos decir sin lugar a dudas que las actuales iniquidades sociales; la pobreza, la ignorancia, la insalubridad; no son azares de la naturaleza sino, al contrario, engranajes de un sistema social verticalista cuyo sostén y fundamento es el de privar necesidades básicas a los individuos para que éstos hagan lo que se les ordena; es decir una forma enmascarada de esclavitud. 
La máscara que oculta la Esclavitud Moderna es el de las Constituciones, el “consenso común” y las leyes mercantilistas neoliberales que éste avala. Las leyes son puestas en efectividad mediante la aplicación de la violencia organizada por parte de instituciones estatales varias; policías, militares, agentes de inteligencia. La sistematización de las fuerzas coercitivas es sostenida por el Estado, quien usa todo éste aparato precisamente para servirse de la producción de los hombres a beneficio de quienes poseen el puesto de gobierno gracias al cobro de impuestos que sostienen precisamente la economía deficitaria de la gobernación. 
Sin embargo, la esfera de poder verdadero se ha trasladado de allí a las Corporaciones, quienes en realidad tienen la sartén por el mango y comercian con el Estado acomodando su legislación según les convenga a ambos.  Las Corporaciones, que también se sirven de la producción de los hombres para su propio beneficio, inflaman a los individuos de necesidades y deseos superfluos que los mantienen prendados del mercado e ignorantes sobre cómo autoabastecerse a fin de que gasten el salario comprando los productos que antes han producido. 
Con todo esto entonces podemos afirmar que el sistema esclavista moderno ha alcanzado un grado de perfección máximo: el esclavo de hoy día ya no necesita una fuerza opresora que lo obligue a latigazos; por el contrario, el látigo lo alberga en su interior. El temor de no poder saciar sus necesidades básicas y el hambre de cosas que ni siquiera necesita son suficientes para sosegarlo y hacerlo partícipe sin resistencia. No sólo eso, además desea y sostiene con tributos a las fuerzas coercitivas que mantienen el status quo por temor a que la pérdida de éste sea a su vez la pérdida de las pocas libertades que el sistema le ha dado. Esto es un nuevo atributo más terrible y digno de temor que cualquier cadena o castigo: la esclavitud voluntaria o no percibida. 

Sería necio de nuestra parte afirmar que las constituciones republicanas actuales, y la democracia representativa, no han limitado en gran manera las formas y los tiempos en que los gobernantes tiránicos pueden hacer de las suyas; a la vez que ha permitido la participación ciudadana en los procesos burocráticos; eso sería ofender a las luchas sociales que los lograron. Pero de igual modo sería faltar a la verdad afirmar que la victoria contra la opresión ha sido definitiva y para siempre cuando en realidad se ha reciclado la forma, el método o el medio y no la esencia del problema que presentan las jerarquías piramidales. 
Sería negar la realidad no ver que si bien han reverdecidos los derechos individuales también se ha procurado en la misma medida limitar el poder de los individuos tras reducirlos a meros votantes que delegan el gobierno a un equipo de “profesionales”; representantes de los intereses del pueblo, quienes una vez en el cargo deben ser soportados con estoicismo hasta las próximas elecciones. Si estos profesionales logran colocarse en los diferentes puestos de los tres poderes, nada quita que puedan manejar la nación como se les venga en gana pero siempre dentro del marco de la ley. 


El voto y la militancia política es toda la incidencia que el ciudadano común tiene sobre el destino del país, por ende de su trabajo y de su familia; lo cual no es poco si uno lo compara con épocas donde tal derecho no existía, dado que al menos uno tiene la opción de apoyar al “menos peor” de los candidatos ya que de un modo u otro alguien va ocupar el puesto de gobierno. Debemos convenir que militar en política consume tiempo que no todo el mundo puede o quiere dar, lo cual lo hace un acto por demás honorable. Sin embargo, ¿cuantas menos situaciones críticas existirían si toda la energía puesta por todas las personas involucradas en la organización de marchas gremiales, o actos políticos multitudinarios, o en discursos populares, o en cualesquiera sea las actividades realizadas por todos los partidos de izquierda y derecha para sus propias causas, fuera canalizada mancomunadamente hacia la resolución de los problemas concretos de quienes no tienen techo, o comida, en vez de dirigirse a dar apoyo a uno solo hombre, o un grupo de ellos, que prometen pelear por soluciones en el senado o el congreso? 

Sin duda las condiciones de esclavitud moderna han aflojado el collar de ahorque individual, pero sólo para reforzar el colectivo. Un claro síntoma de esto es un cambio no menor en el eje de las luchas populares; en el pasado, los levantamientos y rebeliones orientaban su combate contra la jerarquía en sí misma para abolirla; mientras las manifestaciones masivas modernas como el movimiento de los Indignados reclaman participación y mayores privilegios dentro de la pirámide sin cuestionar la existencia de la pirámide. Protestantes y afectados por la protesta se sobreidentifican con sus propias causas y pierden la visión global de la situación. Unos protestan contra el gobierno y otros contra el protestante. Culpabilizan a los demás sectores de la sociedad sin culpabilizar al sistema jerárquico en sí, que es aquel el que permite y fomenta toda forma de iniquidad. 

En este sentido, la Democracia Representativa de corte capitalista sólo es ponderable si ponemos nuestra atención exclusivamente en el contraste que ella presenta con respecto a los gobiernos de facto.  Resulta interesante traer a colación un texto titulado “¿Cuándo hay dictadura?”, firmado por el movimiento social conocido como Liga de las Flores de Papel: 

“Hay dictadura cuando la voluntad política está por encima de la legalidad. Sobre todo la legalidad constitucional.
Una constitución es un límite al poder, es lo opuesto a una dictadura, aunque puede haber una apariencia de constitución que permita de cualquier modo que exista una dictadura. Son las constituciones que dan todos los permisos al gobernante, con lo cual la voluntad política sigue estando por encima de toda legalidad.
Dictadura no es lo opuesto a democracia, sino lo opuesto a república, que es el sistema de gobierno con poderes independientes, derechos individuales, publicidad de los actos de gobierno e igualdad ante la ley. Todas estas condiciones son debilitadas o eliminadas bajo la dictadura dependiendo de su gravedad.
Aún así, la dictadura elimina la democracia bajo la forma del fraude sistémico. La dictadura implica pérdida de libertad y la pérdida de libertad lleva al fraude sistémico.
Las dictaduras más sofisticadas avanzan paso a paso. Van produciendo restricciones, muchas en el campo económico que pueden confundirse con políticas económicas, pero que en realidad son un modelo político.  Esta política busca evitar la resistencia, que es la gran amenaza para la dictadura, mediante el acostumbramiento. Cuando la dictadura se pasa de tiempo corre el riesgo de que la población se organice para resistir. Por eso muchas veces las dictaduras no se reconocen como tales hasta que es muy tarde, hasta que cometen sus peores crímenes y tienen el control total del poder.
Es el efecto “rana en el agua caliente”. La rana que es puesta en una olla con agua fría en el fuego lento. La temperatura va subiendo y la rana no salta nunca hasta que muere. En cambio la rana que cae en el agua caliente salta para salvarse.
La dictadura paulatina va acostumbrando a la población a la irregularidad, puede cometer delitos contra la república a diario que ya no ocupan los titulares de la prensa o pasan desapercibidos, a la vez que consiguen el acompañamiento del stablishment económico, intelectual y periodístico, que resiste a reconocer a la dictadura hasta que es demasiado tarde por temor a perder los privilegios y por sentirse cómplice de haber tolerado abusos del poder.
La metodología de las dictaduras paulatinas busca aumentar la tolerancia al abuso del poder hasta el punto en el que ya no se lo reconozca y se conviva con la dictadura sin aceptar que la libertad está desapareciendo.”


LIBERTAD, ASQUEROSA LIBERTAD

Sea por hábito, ignorancia, temor u holgazanería, la mayoría desaprueba de plano la idea de un cambio de paradigma social en el cual el dinero; la acumulación de bienes; la estratificación clasista; y las necesidad de gobierno centralizado y verticalista; no sean el exclusivo eje de la dinámica social. Entonces, inevitablemente uno llega al cuello de botella de la esclavitud moderna: ¿qué hace que los esclavos prefieran una vida miserable en opresión a una vida, tal vez similar, en libertad? O como lo formulaba Étienne de La Boétie allá por el año 1550, en su “Discurso de la Servidumbre Voluntaria”: ¿por qué las masas de hombres oprimidos, siendo muchos y fuertes en número, toleran que tan sólo un individuo y su séquito de chupasangres los hostiguen y los reduzcan a la esclavitud? 

Hay dos formas de dominar un pueblo, reflexiona La Boétie: la violencia o el engaño. En ambos casos los hombres olvidan con mediana rapidez y aquellos que nacen en la opresión, al no conocer otra forma de vida, se contentan con lo que les ha tocado en suerte sin chistar, tomando su realidad como el Orden Natural de las Cosas. Por tanto, la primera causa de la servidumbre voluntaria es la costumbre. 

La segunda causa analizada, en relación directa a la anterior, es lo que el francés denomina como “cobardía y afeminamiento”, producido por el tirano en los oprimidos para alejarlos aún más de la libertad. Es por eso que el gobierno también promueve los juegos públicos, el entretenimiento vacuo, el asistencialismo con dádivas desmedidas, el alcohol, la prostitución y todo aquello que sea útil a la hora de ablandar a los hombres.



Y por último, pero por sobre todas las cosas, lo que sostiene e impulsa el poder en manos de unos pocos, según Boétie, es la complicidad de quienes colaboran de manera directa con el gobierno. Por ejemplo, los gobernadores, intendentes, diplomáticos, policías, soldados, recaudadores de impuestos, cobradores de peajes. Tal jerarquía verticalista, es para la Boétie, la peor de todas las abominaciones: que el tirano oprime no por su propia fuerza, sino por medio y por la suma de aquellos quienes se benefician de servirlo a él y a su sistema; es decir, oprimidos funcionales al mecanismo de sujeción social. Esclavos esclavistas. 

Lo que nos interesa de La Boétie es la noción de “acostumbramiento”; hoy día denominado “desesperanza aprendida” por los psicólogos, concepto que nos detendremos a estudiar brevemente. Durante la década de los ochentas hubo mucho interés por el tema en el ámbito científico, se desarrollaron experimentos para demostrar que la esperanza puede ser estimulada o inhibida, según se le suministran al sujeto ciertas experiencias que condicionan la capacidad de tomar decisiones para modificar su destino. 

Un estudio interesante para mencionar es el de G. R. Stephenson, quien en 1967 condujo un experimento en el cual se entrenó monos, dentro de una jaula, para que evitaran hacer contacto con un objeto llamativo que daba descargas eléctricas. Luego se introdujo un simio nuevo sin entrenamiento previo que ignoraba las cualidades del objeto llamativo, pero cada vez que se le acercaba los otros primates trataban de evitar que el novato interactuara con él. Los monos entrenados fueron reemplazados uno a la vez por otros nuevos hasta que Stephenson obtuvo una jaula llena de animales que no se acercaban al objeto a pesar de nunca haber recibido ni una sola descarga eléctrica. Éste experimento, lamentablemente poco registrado, se ha vuelto en las escuelas y universidades un ejemplo simple y claro para explicar cómo nace un paradigma y tal vez, por qué no, también nuestra sociedad misma. 

En pocas palabras, la desesperanza aprendida es la sensación de incapacidad, impotencia o falta de voluntad para el cambio de un estado o situación desagradable. Su causa principal se  debe a un profundo sentimiento de indefensión que se aprehende durante experiencias donde los estímulos del mundo exterior son impredecibles, arbitrarios, e imposible de controlar; y pese a todo el máximo esfuerzo que uno pueda hacer, nada tiene un efecto significativo en la traza del propio destino.  Esa sensación, ¿le resulta familiar?

¿POR QUÉ A MÍ?

Como hemos venido señalando a lo largo de los capítulos precedentes, la lejanía creciente de lo natural; la óptica netamente materialista que sostenemos; la educación que de ella se desprende; las jerarquías verticalistas vigentes; la burocratización del gobierno; la privación de las necesidades básicas; y el mercado de consumo erigido a su alrededor; todas esas cosas, juntas y por separadas, hacen que en mayor o menor medida exista en la sociedad la percepción nítida de que poco o nada podemos hacer para cambiar el mundo. Que así ha sido siempre la cosa y que así será por siempre. 

Se anuló la idea de justicia social, se eliminó la condena ligada a la codicia, la rapacidad y el consumo ostentoso, en cambio se reciclaron en objetos de admiración pública y culto a las celebridades. Por eso hoy día los levantamientos sociales no son contra el orden preestablecido, la arbitrariedad del gobierno, o incluso contra el consumo indiscriminado; sino que apuntan a la inclusión en el mercado; sea laboral o de consumo. Nuestra concentración mental, nuestras actividades físicas se destinan al acrecentamiento de las riquezas mediante la competencia y la rivalidad individual, debilitando todo atisbo de cooperación humana. 

Un padecimiento que es personal y propio; como una pila de facturas, cuotas universitarias, lo miserable de los sueldos, lo inestable de los empleos disponibles y lo difícil de acceder aquellos que son sólidos, la nebulosa de la perspectiva de vida a largo plazo. Todo se reduce a una incertidumbre existencial: una mezcla de ignorancia e impotencia y fuente inagotable de humillación. Semejante sufrimiento no suma, al contrario, divide.

La manipulación de la incertidumbre ha sido, es y será la principal arma esgrimida por quienes todavía siguen concibiendo una sociedad dual de superiores y subordinados. ¿De qué incertidumbre hablamos? De la básica, aquella que se desprende del temor a no poder satisfacer nuestras necesidades. ¿Podré comer hoy? ¿Llegaré a fin de mes con mi sueldo? ¿Será buen momento para comprar esa casa o hacer esa inversión? ¿Llegaré a mi hogar sin ser víctima de la inseguridad en las calles? 
Los políticos y aspirantes a gobernantes se desviven por convencernos de que su modelo económico nos ponen a resguardo del peligro, pero lo cierto es que ninguno de ellos jamás combatirá directamente contra la raíz de la fuente donde emana la incertidumbre pues liberarnos de ella o mitigarla al mínimo es a su vez liberarnos y mitigar la necesidad de que un equipo de profesionales se encargue de protegernos contra las contingencias del destino y los infortunios de la sociedad moderna. 

 Podría afirmarse que la sociedad misma y la necesidad de gobiernos verticalistas se fundamenta en nuestra predisposición a evitarnos o anticiparnos a las malas jugadas del azar o a los caprichos de individuos mezquinos. De hecho, el Estado moderno y la burocracia fueron en un principio mecanismos dedicados a paliar estas dos posibilidades y sesgar al ras todo imprevisto negativo que pueda emerger directa o indirectamente de la mano del hombre o la naturaleza. Sin embargo, quien controla la incertidumbre a su vez controla en parte a quienes la padecen o pueden padecerla. El capitalismo la ha adoptado y se sirve de ella para generar rentas como es el caso de las aseguradoras contra todo riesgo, los sistemas de medicina prepaga o los servicios de seguridad privada; además de ser la incertidumbre un justificativo ideal para la política partidaria y el periodismo en general. 
De allí que el Estado de Bienestar haya prácticamente desaparecido o sea destinado a una decreciente nómina de beneficiarios que poco a poco pasan a formar parte de la lista de marginados o futuros criminales. Las instituciones estatales se hacen a un lado y dejan que los individuos lidien personalmente con los errores, fallas o crisis del sistema según los recursos y capacidades que estos posean. En palabras de Ulrich Beck, “se espera que los individuos busquen soluciones biográficas a contradicciones sistémicas”. Este cambio de paradigma solapa otro cambio significativo, y es el de la caída de fe y esperanza que el ciudadano tenía puestas en el aparato estatal por presentársele éste originalmente como un medio idónea para sortear las contingencias las naturaleza y las arbitrariedades de los más poderosos; hoy devenido en mero veedor para que los pueblos respeten las leyes del libre comercio. Los efectos de tal desilusión o frustración pueden ser apreciados en la apatía generalizada y la falta de interés casi total que los ciudadanos demuestran con respecto a los procesos políticos y partidarios, así como casi nula es su participación voluntaria en las instituciones gubernamentales para velar que éstas cumplan sus funciones. 


LA INDUSTRIA DE LA SEGURIDAD

Entonces, si la noción de Estado nace en función de protegernos de la vulnerabilidad inherente a la vida, pero con el tiempo este aparato se vuelve servidor de las dinámicas del mercado que precisamente generan vulnerabilidad, ¿por qué la noción de Estado no pierde legitimidad entre sus súbditos? ¿Por qué la gente no pone en cuestionamiento la existencia de un aparato burocrático que controla sus vidas a cambio de poco y nada? Y eso se debe a que son otras las incertidumbres sobre las que el Estado busca legitimarse; a saber, la inseguridad personal y colectiva. La primera bajo amenaza del crimen perpetrado por pobres e inmigrantes; y la segunda en manos del terrorismo internacional; ambos peligros espectaculares que logran eclipsar las verdaderas y reales amenazas de índole financiera o económica, que son en definitiva las que generan las anteriores. 

El crimen crece y con él crece la industria del control del crimen. En el país paladín de la justicia la lucha contra el delito se ha acomodado al sueño americano para volverse un negocio ampliamente rentable. Los recortes presupuestarios en los programas sociales o la total desaparición de ellos propicia la marginalidad y ésta el crimen. Se construyen más cárceles y se solicitan más  fondos para mantener la infraestructura y el personal. Se firman convenios para la fabricación de armas y equipos tácticos. 

La inseguridad es un negocio redondo por donde se lo mire, no hay que viajar a los países más capitalista para verlo. En casi cualquier parte del mundo la aparición de los barrios cerrados más la consecuente especulación inmobiliaria son fenómenos económicos modernos relacionados directamente a los índices de inseguridad que inflaman los medios de comunicación. La tierra misma, sus loteos, se cotizan con estos índices. Luego los millonarios convenios estatales para la instalación de cámaras de seguridad a lo largo de la ciudad. Además, claro, de toda la mercadotecnia ofrecida al consumidor como sistemas perimetrales, habitaciones de pánico, vidrios blindados, etcétera. Incluso, podríamos mencionar la aparición de incontables empresas de seguridad privada, las que suelen tener reputación de ser ellas mismas quienes generan la demanda. 

En ese sentido, la “Ley Antiterrorismo” es la peor de las abominaciones legales existentes que dan muestra de lo dicho hasta el momento: ésta habilita al gobierno a detener o eliminar cualquier individuo considerado peligroso para la Seguridad Nacional, en nombre de la cual se puede proceder legalmente contra la ciudadanía sin que existan instancias legislativas claras para la defensa de los acusados. En otras palabras, la misma arbitrariedad de siempre pero disfrazada de ley, una ley supuestamente producto de la necesidad social; como siempre ha sido el discurso usado para el dominio violento de una cultura sobre la otra en todas las formas históricas; un mero proceso de reforma y limpieza justificado bajo alguna lógica más o menos perversa que legitime o disimule la atrocidad ante la mirada del resto.


La concepción de un “otro” desechable, que no vale o no cuenta o no juega; sea pobre, inmigrante, negro, judío, chino, islamita, homosexual, barbudo o gordo; en concomitancia con la aparición de la industria de la inseguridad; abre el juego a lo que Bauman llama la “mixofobia”: el temor no a lo foraño como en el caso de la xenofobia; sino a lo que simplemente es distinto a uno mismo o a su grupo de pertenencia. Esto significa temer la mezcla y la perdida de los rasgos particulares que distinguen al grupo propio por sobre los “otros”, es decir, la homogenización como algo malo y temible. 


Quienes poseen el dinero y los recursos generalmente optan por una vida aislada en barrios cerrados y espacios de contención vecinal donde la incertidumbre que emanan los “otros” es mínima o predecible pues son reducidos a un pequeño grupo de familias parecidas entre sí por su capacidad de compra.

Sin embargo, el aislamiento territorial voluntario en vez de asegurarnos, por el contrario refuerza la necesidad de soledad. Es que excluir al diferente no lo excluye definitivamente, ni lo borra del mapa por arte de magia sino que, en vez de invisibilizarlo, lo pone en primer plano. En oposición a lo buscado, desembarazarse de la existencia del otro, y reducirla a lo mínimo indispensable, promueve la necesidad de más y mejores barreras de contención porque se ha perdido la capacidad de adaptarse y amalgamarse con la diversidad sociocultural de la masa. En palabras textuales de Bauman: 

“Encerrarse en un una comunidad cerrada con el fin de ahuyentar los miedos es como sacar toda el agua de una piscina para que los chicos aprendan a nadar sin riesgos…”. 

Por eso mientras mayor sea el tiempo invertido en alejarnos de los “extraños” cuanto mayor será nuestra incapacidad e intolerancia para con lo que no se nos parece y por tanto mayor nuestra frustración en la interacción con la vida social urbana. De allí que nos atrevamos a afirmar que “la lucha contra la inseguridad” en realidad es la lucha a favor de la inseguridad porque con ella se incrementa la percepción de peligro y el resentimiento de clase, socavando profundamente los lazos sociales de confianza sobre los que se emplaza la vida en sociedad.


DIVIDE Y REINARÁS 

A simple vista pareciera ser que muchos fenómenos de la sociedad moderna nos empujan a la individualización colectiva, el gueto personal. El aislamiento se propaga con facilidad entre los congéneres; y entre estos y el medioambiente. El común denominador de la ciudadanía no siente una conexión profunda y visible con sus vecinos ni con las tierras linderas a la ciudad donde habita, o el curso hídrico de dónde bebe agua. El clima es cosa desconocida salvo por las predicciones de los especialistas, tanto como el deterioro medioambiental es un tema preocupante sobre el que "alguien" debería hacer algo.
La disgregación es tal y tan invisible que uno, corriente mortal de la media, no se reconoce debidamente en su rol como parte integral de la comunidad; ni la comuna la reconocemos como parte de una cultura particular; ni ésta como fragmento de la civilización; ni aquella como hija de la naturaleza. Consideramos que nuestro ciclo vital con sus deseos, sus acciones y las consecuencias de nuestro paso por la Tierra se limitan a lo experimentado por la percepción conciente mientras ésta se desarrolle a lo largo de la vida; tras la cual, con la muerte, se disuelve inmediatamente todo vínculo o responsabilidad por las generaciones venideras. Cada uno de nosotros es una mente embutida en un cuerpo de carne y hueso que tiene hambre y sufre necesidad; nada importa más que eso. 
Así tenemos un trabajador en un laboreo monótono, sin una mínima pizca de sentido comunitario en su obrar, totalmente inconexo con los demás por fuera de su entorno privado, forzado a tal situación por un hambre impuesta que refuerza y retroalimenta la sensación de vacío constante que propicia el consumo indiscriminado.  Hambre generada por la demanda de productos innecesarios, destinados a la exacerbación de su individualismo, el cual lo mantiene ajeno a todos los demás componente de la sociedad en tanto estos no se entrometan en su vida personal. Tal es el grado de desconexión en el que vivimos aunque también allí radican las conexiones que al mismo tiempo nos unen. 

El billete se ha vuelto la única conexión existente entre las partes del sistema: si genera riquezas, no importa cuán intrincado sea el vínculo pero a fuerza de insistir el dinero amalgama hierro con madera, mezcla agua con aceite; literalmente en algunos casos. Un ejemplo más concreto: en Entre Ríos, tierra productora de cítricos, si usted pregunta a un verdulero de dónde viene la naranja que vende, le dirá que procede del Mercado Central ubicado en la Capital Federal. Es decir que la fruta recién cosechada viaja, cuando menos, más de ochocientos kilómetros ida y vuelta, pasa por las manos de incontables intermediarios, consumiendo combustible y horas hombre en el proceso para llegar a manos del consumidor final con una severa pérdida de frescura pero un claro aumentado del precio. 
Un esquema de producción que no busca la eficiencia y optimización de los recursos humanos y naturales disponibles; sino al revés, malgasta para centralizar el dinero y elevar los costos; un sistema así no puede más que generar una desconexión total entre los participes involucrados puesto que cada uno procura trabajar por el dinero necesario para poder ir a la verdulería a comprar naranjas rancias y sobrevaluadas.
Como vemos, poco es lo que ha cambiado en la esencia del eje social desde la época de La Boétie, en tanto el acostumbramiento a la opresión y la inflación de las debilidades innatas aportan en beneficio directo al sostenimiento del gobierno de unos pocos. Lo que ha cambiado sí, y mucho, es el marco social que justifica el absurdo. Pero ya ni siquiera la nacionalidad alcanza para generar una endeble identidad de grupo. Los símbolos patrios, las fechas históricas, los próceres, las banderas e himnos, escarapelas y escudos poseen actualmente el valor heredado de las épocas en que se necesitaba fijar la idea de Patria y Estado a fin de unificar la identidad de los pobladores de grandes extensiones de tierra. 
Los países existen en tanto las personas les dan entidad en su cabeza sin cuestionar su presencia como necesaria o beneficiosa, o creyéndolo de ese modo porque han nacido tan insertos en el sistema que no ven otras formas de organización social. Damos por sentado que el país está ahí mientras todo funciona bien y podemos estudiar, trabajar y salir a comprar. Pero si cambiásemos el color de la bandera, el nombre a la Nación y la letra al himno apenas estaríamos puliendo la superficie de una abstracción legislativa mucho más extensa cuyo fin es el de marcar soberanía territorial sobre los recursos naturales. Si mañana despertáramos siendo todos brasileros o uruguayos o chilenos, lo que cambiaria en realidad es quiénes gobiernan y cómo éstos reparten las tajadas de la torta más que cualquier otra cosa; por lo demás, el ciudadano común seguirá yendo al mercado por comida o estudiando y trabajando para poder ganarse el pan a pesar de los impuestos del gobierno; sea cual sea la bandera que éste agite. 
Lo que concretamente nos mantiene juntos en unidad nacional no son los símbolos patrios ni las fiestas tradicionales; sino que es el marco legal protegido por la Constitución, el temor al castigo institucional y la obligatoriedad de participar en el sistema económico mediante el trabajo asalariado, el consumo y el pago de impuestos; todo lo cual debe ser realizado también obligatoriamente con moneda nacional. El papel moneda y su diseño distintivo es en realidad el símbolo patrio primo; más que cualquier bandera o escudo, Argentina (o cualquier país del planeta) termina allí donde su dinero ya no es recibido. 

Son las divisas lo que mantiene vivo al país en el día a día, y al mundo entero, independientemente de las instituciones y las políticas de gobierno; porque sin éstas los individuos no pueden intercambiar bienes y servicios, por ende, no pueden vivir armoniosamente en sociedad. 

Si por una crisis financiera global cayera de manera drástica el valor de la moneda, y repentinamente la gente no pudiera comprar o vender, de poco o nada valdrían los símbolos patrios y las instituciones gubernamentales si estos no garantizan el acceso a las necesidades básicas por medio de un bien de intercambio valioso. De allí que podamos decir y reafirmar que es el dinero mismo, y nuestro anhelo individual y colectivo de poseerlo en cantidades crecientes, lo que verdaderamente nos mantiene unidos y colaborando mancomunadamente para el buen funcionamiento del esclavismo moderno tal como lo venimos definiendo.


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ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
editorialtintachina@gmail.com
www.editorialtintachina.blogspot.com

Licencia de Creative Commons
La Esclavitud Moderna de Piedrabuena es licenciada bajo los derechos  Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.



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