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martes, 26 de agosto de 2014

Esclavitud Moderna - [VII] DINERO FIDUCIARIO

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



LA PATRIA DEL DINERO 

El dinero mueve al mundo, de eso ya no cabe ninguna duda. Pero entrar en el juego retórico del huevo o la gallina en cuanto a la relación entre el poder y los mercados es en cierta medida polarizar la problemática, invisibilizar la simbiosis. Cualquier conflicto social donde dos grupos se enfrentan violentamente siempre hallaremos que el eje es una disputa de intereses económicos concretos. Quitando la pasión irracional, casi todo acto criminal individual o colectivo en algún punto se debe a ambiciones de índole material. Así, sólo en el marco de una sociedad donde la luz al final del túnel es la acumulación de bienes, en una carrera loca por alcanzar la cima del poder económico; puede uno llegar a entender la pandemia de guerras que asola el mundo sin el objetivo de ser ganadas; sino simplemente para mantenerlas funcionando. 

La conflagración es una empresa privada porque la Armada misma se ha vuelto una empresa privada que hace lobby con los gobiernos para acordar conflictos y mantener el engranaje en movimiento; desde la guerra fría hasta la actualidad prácticamente ha habido combates armados aquí y allá a lo largo de todo el planeta; la venta de armas se posiciona en el podio de los negocios más rentables del mundo. Y en definitiva, esa es la “libertad” por la que luchan los norteamericanos. Esa y no otra es la patria que defienden: la de multiplicar dólares.

He ahí la definición más cabal de Capitalismo: “la libertad de hacer dinero por cualquier medio”. Entonces si el consumo indiscriminado es negocio como negocio es la guerra, la inseguridad en las calles, la tala indiscriminada de bosques y la caza de ballenas, además de la minería a cielo abierto y el monocultivo con agrotóxicos, sumando el narcotráfico, la trata de personas, el robo de autos, la salideras bancarias, los secuestros express, la corrupción estatal, la malversación de fondos y cualquier otro daño premeditado; si todo eso se debe lisa y llanamente a que la población mundial no piensa en otra cosa que poseer más dinero sin importar de dónde viene, ¿no es acaso tiempo de repensar a fondo el dinero mismo y nuestro sistema económico todo?
José “Pepe” Mujica, presidente del Uruguay, formula el siguiente discurso ante los demás mandatarios del mundo en la cumbre de Río+20 en Junio de 2012: 


Mujica es tajante: si el mercado gobierna el mundo y es el culpable de las diferentes crisis ecológicas y económicas que atravesamos, debemos hacer un cambio de vida profundo a nivel masivo. Hay demasiada gente sobre la Tierra como para que todos sientan un hambre insaciable por conseguir dinero, bienes y más dinero y más bienes para siempre.  Entonces, si el dinero gobierna al mundo cual tirano despiadado, tal vez ha llegado el momento de empezar a cuestionar la fuente de su poder para descubrir cuánta obediencia en realidad le debemos. Para ello cabría hacernos algunas preguntas más fundamentales sobre la naturaleza misma del papel moneda: ¿qué es y cuál fue su origen histórico? ¿De dónde provienen las nuevas divisas y riquezas que antes no existían? ¿Quién tiene poder de emitirlo y por qué? ¿Tiene un respaldo real, material, palpable; o sólo se trata de papelitos de colores que todos acatamos como un bien de cambio?


GÉNESIS DE LA MONEDA

Es prudente tomarse la molestia de comprender cómo y por qué resulta que el dinero termina siendo el eje sobre el que gira la vida en sociedad. En primera medida propondremos al lector advertir que el dinero ha sido deliberadamente excluido del capítulo 4; donde detallamos los pilares y mecanismos sobre los que se fundamenta la Esclavitud Moderna; porque si bien en la actualidad su utilización obligatoria representa sin lugar a dudas un método de sujeción laboral, también resulta innegable que su concepción original (no vinculada a la administración verticalista) responde a una necesidad inherente al crecimiento de las comunidades, una herramienta sociocultural de aparición espontánea en distintos lugares y en distintos momentos como el calendario y la agricultura.
El dinero, mejor dicho los sistemas monetarios son naturales a todas las culturas que alcanzan cierto desarrollo interno complejo que obliga a las comunidades a adoptar algún sistema de regulación para el intercambio de bienes y productos. El intercambio es inherente a la vida en sociedad porque la autosuficiencia nunca alcanza a suplir todos los requerimientos de la vida cotidiana. El primer sistema es el trueque directo. 

Con la aparición de la agricultura se requirió menos mano de obra para la producción de alimentos, razón para que el excedente de trabajadores pudiera ser ocupado en otras tareas como la fabricación de herramientas. Con la diversificación de bienes y productos eventualmente el trueque directo se volvió ineficaz. Es natural que las partes decidan establecer algún bien de intercambio común para facilitar las transacciones. Pueden ser algunos elementos abundantes pero preciados; principalmente porque otras personas los aceptaran en el futuro como forma de pago. En la historia los bienes de intercambio han ido cambiando: granos de arroz, trigo, cebada, trozos de metal, piedras bonitas, conchas de caracoles, plumas de aves exóticas, puñales, madera tallada, bolsitas de sal, o incluso seres vivos como ovejas, mujeres y esclavos.

Con el paso del tiempo los mercaderes llegaron a la conclusión de que los bienes de intercambio debían poseer un carácter de perdurabilidad, o sea mantenerse vigente en el tiempo; no como una cabra, que al cabo de ciertos años muere y el poseedor pierde así el respaldo de su “crédito”. De allí que eventualmente se decidiera que los metales eran los ideales para estos propósitos. Pero entonces surgió otro problema: ¿cuál es la correspondencia en cantidades de hierro y, digamos, cuero o carne? Y la respuesta fue simple: la medida de peso; de donde proviene la frase “vale su peso en oro”. El peso de los metales era la unidad de valor referencial utilizada para estandarizar los precios y costos de los bienes comerciados. 
Éste método presenta dos ligeras desventajas. En primer lugar, era necesario que por cada transacción exista una balanza. Para resolverlo, las entidades fiscalizadoras se reservaron el derecho a acuñar discos metálicos con una medida de peso estándar. Entonces, bastaba con conocer el kilaje de los bienes y contar monedas hasta equiparar el valor. Mas luego, con la acumulación de bienes materiales, las transacciones importantes requerían transportar grandes cantidades de metales, lo cual resultaba ser sin duda trabajoso y hasta peligroso pues lo convertía a uno en blanco fácil. Con el fin de solucionar la segunda cuestión los discos fueron acuñados con algún símbolo representativo de peso. 
Esto es importante y un cambio significativo en el arte de comerciar. El valor directo de la moneda ya no tiene una relación directa con el tipo de metal utilizado ni con su medida de peso; sino con un consenso general del valor representado por los símbolos impresos en ambas caras del disco. Así, el valor otorgado a la moneda es –cuando menos- abstracto; por eso se denomina a este sistema como fiduciario porque se basa principalmente en la confianza, fidelidad y respeto que se tiene por el emisor del crédito, quien a su vez se reseva el derecho de establecer la correlación entre el valor de la moneda y el respaldo real en bienes materiales: frutos del trabajo de la tierra.

 En el imperio romano la emisión de créditos se hizo estatal y se prohibió toda otra moneda no emanada por la institución de gobierno. A ésta se le llamó denario y de ella proviene la palabra “dinero”. Sin embargo, también los romanos pagaban por el trabajo con otros tipos de bienes de cambio como la sal, de donde también heredamos la palabra “salario”. 
Tras la caída del imperio y la desintegración territorial, cada reino y ciudad-estado empezó a acuñar su propio sistema monetario. En un principio esta tarea la realizaban los mismos artesanos encargados de manipular los metales; joyeros, herreros o armeros proveían el servicio de “cajas de seguridad” donde las personas podían salvaguardar sus riquezas. Los herreros emitían un bono o título que daba cuenta del depósito hecho, el cual podía ser reclamado de regreso cuando su propietario lo quisiera. Más importante aún, dichos bonos servían para comerciar, saldar deudas o hacer préstamos a terceros. Inicialmente eran notas de créditos escritas y firmadas por puño y letra de su emisor con algún sello de autenticidad para evitar el engaño.  Con la aparición de la prensa se hizo posible cambiar la moneda de metal por papel moneda. Y es por entonces que en occidente empiezan a gestarse los primeros sistemas que luego darían origen a los bancos modernos. 

En la Europa medieval, principalmente en la península itálica, estos primeros bancos eran en un principio emprendimientos familiares muy parecidos a lo que hoy día conocemos como “prestamistas”. El privado más renombrado de aquella época fue la familia Médicis, cuyo poderío se inició en la ciudad de Florencia y se  expandió por el resto de Europa, hasta incluso tener control total sobre el vaticano por largos años. Y esto sucedió porque a los banqueros privados no sólo acudían los ricos para depositar metales preciosos a cambio de papel moneda, sino además aquellos menos favorecidos que los requerían a modo de préstamos; quienes prometían devolver la suma con intereses, poniendo como garantía del pago algún bien o servicio equivalente al monto solicitado. En resumen, endeudar a un miserable para quitarle lo poco que le queda. 
De éste modo, los banqueros podían “multiplicar” el dinero mágicamente. ¿Cómo? Emitían bonos que carecían de un respaldo material existente en sus arcas porque éste aval estaba dado a futuro por el pago prometido con intereses o el cobro de la garantía en caso de incumplimiento. Un banquero exitoso era aquel que sabía mantener el equilibrio entre el dinero prestado y los bienes ajenos guardados como respaldo; si en su avaricia emitía más bonos de los que podía luego respaldar no sólo perdía la confianza de sus clientes en el papel moneda entregado sino que podía caer en “banca rota”: verse obligado a avalar el dinero con sus bienes personales. 
Por estos motivos los gobiernos terminaron por institucionalizar la Banca Central y reservarse el derecho a emitir billetes cuyo valor está respaldado por las reservas en oro y plata del Tesoro Real. A los bancos privados se les permitió seguir operando, pero solamente encargados de cobros, ahorros y transferencias; entre otros servicios que ya veremos a su momento.
Ahora bien, la relación entre el valor del papel moneda emitido por la Banca Central y el oro presente en la reserva fue más o menos arbitraria durante siglos. Recién en el s.XIX los imperios colonialistas; Inglaterra, Portugal, Francia, España; preestablecieron un valor fijo para facilitar el comercio entre ellos. A esto se llamó Patrón Oro, y su implementación mandaba por ley que cualquier ciudadano podía cambiar cierta suma de dinero por cierta cantidad de oro y viceversa. Cabe recordar que el sistema pudo tomar vida gracias al saqueo sistemático de los recursos naturales de las colonias y a su vez fue lo que impulsó la Fiebre del Oro en el Lejano Oeste; fiebre que ya se había esparcido por toda América y África unos trescientos años antes. 



Según el Patrón Oro, la riqueza de una nación radica en sus reservas de metal; y el valor de sus billetes según la cantidad de dinero que representa simbólicamente el total del tesoro. Por eso, a más billetes se emiten, por simple regla de tres simple, la moneda se devalúa. Con la 1era Guerra Mundial la paridad del Patrón Oro dejó de existir porque los países enfrentados debieron inyectar más dinero en las calles para mover la economía de guerra, produciendo inflación. 
Con el objetivo de subsanar la crisis se propuso una reforma en el sistema llamado Patrón de Cambio Oro; en el que sólo dos monedas eran intercambiables por metal: el dólar y la libra esterlina. Las demás podían ser convertidas en cualquiera de estas dos y sólo los gobiernos, no los individuos, pueden cambiar sus reservas en oro por dólares a 35 la onza. Sin embargo, la situación de posguerra de Inglaterra nuevamente no le permitió seguir participando del sistema y debió abandonarlo; lo que derivó en la crisis financiera de la década del ‘30. 
Tras la victoria de los Aliados en la 2da Guerra Mundial, se volvió a implementar el Patrón Cambio Oro pero sólo aplicado al dólar, que empieza a perfilarse como Moneda Global emitida por un país de economía “confiable”. Durante el conflicto de Vietnam esto cambió radicalmente, la excesiva emisión de dólares destinada a mover la maquinaria industrial de guerra puso en duda las reservas federales estadounidenses. Ante el cuestionamiento mundial, E.E.U.U. responde abandonando también el sistema de respaldo en oro siendo el último país en poseer un aval material para la emisión de billetes u otros créditos. ¿Pero entonces qué respalda al dólar desde entonces hasta el presente? Pues el mercado cambiario y la economía estadounidense.
En resumen: la moneda local vale según su respaldo en otra moneda internacional que está respaldada por… ¿por el consenso de las partes? ¿Cómo puede tomar lugar semejante delirio? Simple: el mercado internacional se halla regulado para que las transacciones de recursos y energía sean realizadas exclusivamente con estas divisas; por tanto quien las posea sin tener que acudir al mercado cambiario tiene una clara ventaja. Así, la guerra de Estados Unidos e Israel contra el terrorismo en Medio Oriente es en realidad un conflicto de capitales íntimamente ligado a la necesidad de Occidente de mantener las reservas petrolíferas bajo el mando de quienes emiten la moneda aceptada para comercializar ese recurso. 
Por eso la decisión de la bolsa de petróleo iraquí de convertir todas sus transacciones a euros en el año 2000 fue lo que empujó a E.E.U.U. a perpetrar el autoatentado de las Torres Gemelas el 11 de Septiembre del 2001 para legitimizar ante el pueblo norteamericano la posterior invasión a Irak en 2003 con el objetivo de apoderarse de los recursos e imponer su moneda como bien de intercambio. De hecho, precisamente esa fue una de las primeras acciones que se realizaron tras la victoria; el dólar fue impuesto como moneda obligatoria para comprar o vender petróleo en ese país. 

Éste es el mayor eje de disputa geopolítico actual y por venir en el capitalismo globalizado: ostentar la hegemonía sobre los recursos susceptibles de ser vendidos en el mercado internacional en la misma medida que se monopoliza la administración de las entidades emisoras de los créditos utilizados para comerciar. Pero esta modalidad de control financiero por imposición militar es un arma de doble filo como lo termina demostrando la crisis económica del 2008. Queda en evidencia el profundo estado de desregulación bancaria de la economía belicista estadounidense, motivo de la progresiva devaluación del dólar y la consecuente alza del euro, moneda más confiable para las naciones y el mercado. 
La crisis de la banca financiera europea tampoco permite sostener una fe ciega en su estabilidad a largo plazo por lo que China y Rusia apoyan a la causa de los países árabes en el reclamo internacional por instaurar una moneda única que no responda  a los caprichos de un país o grupo económico, y que retome el viejo sistema de respaldo en bienes materiales; esta vez no en oro, sino en petróleo. Incluso Hugo Chavez propuso crear una moneda llamada “petro” y el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) proponen el “bricso” para el comercio internacional. Estados Unidos responde uniéndose al TPP (Transatlantic Pacific Partnership), un tratado de libre comercio entre Brunei, Nueva Zelanda, Chile, Singapur, Malasia, Australia, Perú y Vietnam. 

MENTIRA LA VERDAD

Si el lector consideró que con todo lo anterior se alcanzaba a tener una idea acabada de dónde proviene el dinero, sepa que todavía no le hemos mencionado la otra infinidad de formas de pago paralelos que no poseen una correlación directa con el sistema monetario conocido. Por citar algunos ejemplos, podemos hablar del los bonos verdes o bonos de carbono del F.M.I.; los TEMs griegos post-crisis; o los bitcoins cibernéticos. Estos últimos son los más paradigmáticos por tratarse de un tipo de bien de cambio netamente virtual que se halla totalmente por fuera de los canales oficiales; carece de toda clase de regulación bancaria o estatal, y sin embargo los usuarios de Internet lo utilizan a diario para comprar o vender bienes y servicios tangibles. Entonces, la pregunta emergente es natural y necesaria: si el dinero ya no posee un respaldo real, lo que permite la aparición de todo tipo de bienes de intercambio paralelos ¿por qué aún siguen aceptando las personas que se les pague con créditos inexistentes, la mayoría de ellos recientemente creados de la mismísima nada? 
La respuesta es simple: porque otras personas también aceptan esos créditos como forma de pago. Y si todos los usuarios del sistema acuerdan en darle valor a un bien de intercambio; sea éste bitcoins, dólares, monedas de oro, sal, granos de trigo, cabras, esclavos o barras de chocolate como en Europa tras la 2da Guerra; ese objeto –cualquiera sea- se vuelve valioso por sí mismo debido a la confianza que sus usuarios ponen en que otras personas también lo aceptan como bien de intercambio; y volverán a hacerlo en el futuro próximo. Ésta es la clave de todo el asunto: la confianza en la respuesta, “yo confío en que cuando te entregue lo que poseo tu responderás confiando en mí y me darás lo que quiero”; eso es el dinero tome la forma que éste tome. 

 En economía todos los bienes tangibles e intangibles son denominados activos y se dicen que todos los activos poseen liquidez: la capacidad que tiene de ser convertido en dinero en efectivo y viceversa sin engorrosas operaciones cambiarias. Ahora bien, si recordamos que la moneda nacional no posee un respaldo en un activo tangible como el oro o el petróleo, sino que su aval es un activo intangible como el dólar; podríamos concluir entonces que toda moneda es un activo en sí mismo, por tanto el activo más líquido que existe. Puede resultar confuso pero entenderlo es importante, sin liquidez inmediata y generalizada los bienes pierden su atributo de intercambio ante el resto de la sociedad. Los vales, bonos y cupones si bien pueden ser considerados bienes de intercambio no son tomados como moneda propiamente dicha por carecer éste carácter de liquidez, salvo ante los comercios que los emitieron. 
Por eso es importante saber que según nuestra concepción moderna, deben cumplimentarse tres requisitos fundamentales para que la moneda sea considerada como tal: a) servir como medio líquido de transacción comercial; b) ser una unidad contable para diferenciar valores entre cosas distintas; c) y finalmente que su valor esté avalado por algún activo tangible o intangible que perdure a largo plazo a fin de sostener la continuidad del “sistema de confianza”, lo que permite a los usuarios acumular riquezas sin que éstas caduquen con el paso del tiempo. 
Esto último es quizá lo primero. De base hay que comprender que la actividad mercantil en sí presupone que los bienes materiales son necesariamente finitos y sujetos a la posesión privada; la escasez o privación es el elemento eje de toda la dinámica monetaria.  Por eso, a lo largo de la historia los bienes de intercambio tienden naturalmente a ser objetos cuya carencia o utilidad relativa brindan e éste un valor nominal agregado, o de lo contrario cualquier persona podría poseer una cantidad indefinida de créditos y no tomaría lugar el juego de poder que propone la moneda; donde precisamente la necesidad empuja a utilizarla para comprar o vender. Si los bienes abundan y es muy fácil acceder a ellos nadie necesita acudir a él mercado para satisfacer su demanda, por tanto nadie necesita de la moneda, ni de su respaldo, ni mucho menos de las instituciones de gobierno encargadas de administrar todo el proceso. 


Es visible entonces que para la existencia de la acumulación de riquezas los gobernantes tomen tantos recaudos a fin de regular la emisión de créditos; para, en segundo término, asegurarse que el respaldo de lo emitido sea algún bien material preciado, difícil de adquirir y también duradero. Durante miles de años se eligió particularmente al oro, por cuatro razones concretas: el oro es en extremo escaso, no se corroe con el paso del tiempo y es muy fácil trabajarlo para joyería. Pero por sobre todas las cosas; según coinciden las fuentes consultadas; porque brilla intensamente y es bonito por su color, lo cual ha sido relacionado al Sol en varias culturas distintas a lo largo de la historia.
Ahora que tal si nos preguntamos algo simple: ¿qué utilidad cierta podría tener un trozo de metal que es escaso, difícil de obtener y encima poco resistente para edificar refugios o forjar armas cuando todavía no existía la fisicoquímica aplicada, la nanotecnología o ingeniería espacial donde sí se le ha dado uso hoy día? Y tenerlo en cuenta es importante, durante siglos el oro careció de beneficios pragmáticos per sé como los tiene una manzana, que está para ser consumida y asimilar sus nutrientes. Nadie se pone más fuerte o sano por sostener una pepita de oro entre sus manos, mucho menos convendría ingerirlo. Como de igual modo, extraerlo de las entrañas de la tierra es una tarea ingrata a la que pocas personas sensatas se someterían por propia voluntad. Mucho menos quienes luego pretenden vestir anillos, aros o gargantillas de 24 kilates.
Sólo mediante la imposición violenta se puede ordenar a un hombre extraer de la tierra un metal cualquiera que después no disfrutará, y ésta fuerza opresora es lo que finalmente termina representando el oro poseído por quienes lo ostentan. 
No es la belleza del metal lo que importa a fin de cuentas, sino lo que con él se puede manufacturar y lucir ante los demás para reafirmar la soberanía. Entiéndase esto bien; ostentar una corona en la cabeza era signo de que se poseía la fuerza militar y política suficiente como para haberse apropiado de tanto metal y joyas que uno se podía dar el lujo de fundirlas y confeccionar un ornamento para vestir las riquezas en el cuerpo; como hoy sería elaborar un traje hecho con dólares de la más alta denominación; cosa que sólo un sobrado o un loco harían. Por lo demás, jamás hay que olvidar que en momentos de crisis absoluta, el oro o el dinero en sí mismo no sirve para comer, beber o descansar, y ¿qué mejor dicho que “mi reino por un caballo” para manifestarlo? 


DINERO FIDUCIARIO


Nuevamente hemos regresado al sistema de dinero fiduciario: aún cuando se trata de un simple papel entintado, el billete ya no representa simbólicamente un valioso objeto tangible guardado en algún sitio seguro, sino que la moneda posee valor propio por sí misma. Y éste valor depende de un pacto social en el que todas las partes involucradas aceptan intercambiar sus bienes y servicios por una cantidad considerada subjetivamente “justa”; en la medida que el dinero sirva para lo mismo nuevamente en el futuro. Sin la confianza a largo plazo que el usuario deposita en el sistema los papelitos de colores son sólo eso, papelitos de colores. 
Que el dinero carezca de un respaldo tangible tiene otras implicancias más profundas: traducir el valor de las cosas en sumas de dinero, sin un previo aval material, genera que sean las cosas en sí mismas ese aval. Es decir, el verdadero respaldo de la moneda es todo aquello que esté sujeto a ser comprado o vendido mediante su uso. De ésta forma, los economistas miden la riqueza de una nación en la suma de los bienes y servicios que posee la población en términos monetarios; tomado éste como su Producto Interno Bruto (PIB), más la Moneda Global en Reserva; o sea, cuánto dinero posee el Estado (producto de la actividad impositiva de la explotación-industrialización-exportación de recursos), convertida ésta suma en dólares o euros o cualquier otra divisa considerada Moneda Global por el Fondo Monetario Internacional que a su vez depende de la Reserva Federal de Estados Unidos.



Esto no es algo menor, pues por primera vez en la historia las entidades encargadas de emitir bonos no están obligadas legalmente a poseer bienes materiales tangibles que puedan ser intercambiados por el dinero emitido. Si el usuario del sistema monetario quisiera salirse la única forma que tiene a mano es la de cambiar todo el dinero poseído por bienes y servicios sobre los cuales no pese ningún tipo de renta o control estatal que produzca deuda susceptible de ser saldada obligatoriamente con papel moneda. Si los países emisores de Moneda Global caen en banca rota arrastrando consigo a los que usan dicha moneda como reserva; ya que el respaldo de los dólares emitidos por la Reserva Federal son en definitiva los bienes en sí mismos; coche, casa, terreno; el gobierno puede expropiarlos a fin de liquidar las deudas impositivas contraídas con el Estado producto de los derechos y obligaciones que marcan la Ley. 
Lo cierto es que vivimos en la más arbitraria y endeble mentira; y corremos un serio riesgo social a causa de ello. Si la gente sigue creyendo en la farsa del dólar y éste repentinamente se desploma, sin duda arrastrará consigo a miles de millones de persona a perder sus bienes en las fauces de un sistema legislativo que nos obliga a aceptar y usar la moneda emitida por quienes precisamente controlan la emisión y el valor de la misma. Somos testigos de un cambio fundamental en nuestra concepción de la economía -y del dinero- porque el mercado y la política se han fundido de tal modo que resulta imposible diferenciarlos claramente, suscitando toda una serie de fenómenos económicos y sociales deliberados, con fines estratégicos. 



Pero no dejemos fuera del cuadro a las entidades bancarias y lo que todo esto conlleva para ellas. Como multiplicadores de dinero que han sido siempre a lo largo de la historia; el dinero fiduciario permite nuevamente emitir más créditos para préstamos, chequeras, tarjetas de créditos y todo tipo de dinero virtual que a fin de cuentas se respaldan en los bienes puestos como garantía de pago. Los bancos están habilitados legalmente para dejar en caja un 10% del depósito hecho, mientras el resto puede ser puesto a disposición de nuevos clientes a tasas de intereses fijadas por el Estado a fin de regular la actividad bancaria para que no devalúe la moneda. Y si esto sumamos la explosión de las telecomunicaciones satelitales tenemos como resultado inconmensurables transacciones multimillonarias, en una economía de mercado mundial que basa su funcionamiento gracias a la existencia de la electricidad y los algoritmos. En números: en el año 2010 en Inglaterra solamente se calculaba un movimiento promedio mensual de 60 billones de libras esterlinas en efectivo contra unos 140 billones en dinero electrónico, títulos bancarios y otros tipos de bonos virtuales que no existen más que dentro de una red de computadoras. 
Sólo por dejar volar la imaginación, imagine usted que advenga un corte de energía eléctrica de escala mundial y toda ésta información financiera simplemente desapareciera; ¿cree que la caída del sistema sería beneficiosos o un proceso amable? Tal cosa sumiría a la civilización en un caos orquestado de proporciones globales. Imagine que su dinero no vale nada en absoluto, que no puede comprar comida con él, no puede vestirse, ni viajar o pagar sus impuestos; pero que sin embargo las leyes sobre el dinero sí continúan valiendo, y que de la noche a la mañana, usted se ha convertido en pobre porque así lo marca la legislación monetaria internacional avalada por las Naciones Unidas y los países afiliados. Imagine la desesperación de aquellas naciones que dependen de las importaciones alimenticias para viabilizar la existencia misma de su alta densidad poblacional; y lo que eso significa para la “internacionalización” forzada de los recursos naturales como el agua y la tierra; sin mencionar el poder de manipulación monetaria de quienes pretendan restaurar el sistema.



Después de todo éste embrollo algo queda claro: no debemos esperar una crisis mundial para darnos cuenta de que el dinero en nuestra billetera no vale nada en absoluto. Y sin embargo, la dependencia psíquica hacia los papelitos de colores nos hace inconcebible desembarazarnos de ellos por completo pues los necesitamos para cada aspecto de la vida cotidiana. Estamos obligados legalmente a usarlos para poder ser considerados ciudadanos dentro del marco de la ley nacional. También estamos obligados a trabajar para obtener ese dinero, y a pagar con él nuestro techo, nuestra salud, la comida. Hay gente que sin duda muere de hambre, frío o tiroteada a causa de la legalización de la acumulación desmedida de riquezas en moneda fiduciaria que a fin de cuenta es pura arbitrariedad consensuada. Sino no podríamos entender cómo una convención cultural intangible (existente en estatutos y regulaciones sostenidas por las fuerzas militares) logra someter a millones de habitantes de un país a un empobrecimiento estratégico y deliberado; lo que repercute de manera real y concreta en cada uno de nosotros sin que podamos tener un control sobre nuestras propias vidas, ni siquiera colectivamente.


OLIGOPOLIO FINANCIERO: 
TIRANO SIN ROSTRO 

Por más descabellada que pueda sonar, la idea de una Elite Empresarial que gobierna el mundo usando las naciones como títeres, a quienes se puede identificar tal vez como el Grupo Bilderberg, es una Realidad sin duda plausible. El tan mentado “Nuevo Orden Mundial”; un gobierno global y una economía única; es actualmente técnica, legal y económicamente viable. Dan cuenta de ello las empresas multinacionales y la competencia feroz por convertir el mercado en un “oligopolio” absoluto. Esto entraña un peligro creciente e inadvertido por la población, quien acude felizmente a Carrefour o Wallmart porque simplemente es más barato comprar allí que en el almacén del barrio. 


Más allá de la conspiranoia, remitiéndose a los hechos, podemos decir que sólo diez empresas controlan el consumo a nivel mundial: son los fabricantes de prácticamente cualquier producto industrializado que podemos comprar en el supermercado a la vuelta de la esquina. La periodista española Amaia Arteta señala: 
“Y para muestra un botón. Solo cinco empresas, Kellogg’s, General Mills, Cereal Partners Worldwide –una joint venture entre Nestlé y General Mills–, Quaker (PepsiCo) y Ralcorp, controlan el 65% del segmento de cereales. La todopoderosa Coca-Cola tiene ella sola un 26% de cuota global. Y entre P&G, L’Oréal (participada por Nestlé), Unilever, Colgate-Palmolive y Avon suman el 36% del negocio mundial de belleza y cuidado personal.
<<Los monopolios ya no son un problema. Ahora la necesidad de acaparar el mercado toma una nueva forma: el oligopolio, que se está convirtiendo en la regla en un creciente número de industrias>>, señala el periodista Steve Hannaford, autor del libro Market domination. 
¿Ha oído alguna vez hablar de Cargill, ADM, Bunge o Louis Dreyfous? Seguro que no. Estas empresas no hacen anuncios en televisión ni promociones en el supermercado, pero por sus manos pasan el 90% de los cereales, el café, el cacao y la soja del mundo. Son commodities traders. Solo las dimensiones de Cargill, la mayor compañía agrícola de Estados Unidos, impresionan: factura 133.900 millones de dólares, es el segundo productor de vacuno del país, una de las mayores compañías de cacao del mundo, vende fertilizantes y posee empresas dedicadas a convertir el maíz en biocarburantes, en alimentos para personas y en piensos. <<En Estados Unidos hay 900.000 ganaderos, pero sólo cuatro compañías compran el 80% del ganado para matarlo y envasarlo, lo que significa que hay pocos competidores pujando. Y ese poder económico desciende por la cadena de valor hasta nuestras cocinas>>, señala Woodall.
¿Y qué me dicen Monsanto, DuPont, Syngenta y Limagrain? Seguro que tampoco le suenan. Sin embargo, las cuatro poseen el 29% del mercado global de semillas. Mary Hendrickson, doctora en Sociología Rural de la Universidad de Missouri y una de las autoras del informe The Global Food System, afirma que <<la consolidación del mercado es una tendencia documentada. Y en un sistema así, es más difícil que la información de quién y cómo se producen los alimentos sea transparente>>. Esta experta no duda de que Cargill y el conglomerado tailandés CP Group compitan ferozmente entre sí, pero duda de que permitan la competencia a lo largo de la cadena valor que integran. No es el único efecto: a mayor concentración, mayor riesgo de concentración –Bruselas sancionó en 2011 un cártel de detergente en polvo en el que estaban involucrados P&G, Unilever y Henkel–, de que los precios suban, de levantar barreras de entrada y de ejercer influencia sobre las autoridades de turno.”

Como hemos establecido en los primeros capítulos; a lo largo de la historia el eterno eje de disputa que garantiza la continuidad del esclavismo es a todas luces la posesión de la tierra para la producción de alimentos y otros insumos necesarios. La Esclavitud Moderna no es la excepción: quien se quede con los medios de producción del alimento mundial será el indefectible poseedor del mundo. Y ante todo debemos comprender que -tras la globalización- poseer los medios de producción ya no significa ser dueño de las tierras o las máquinas y operarios; sino de las entidades bancarias que regulan la moneda con la cual los empresarios pueden acceder a ellos y comerciarlos. Tal es la forma de nuestra esclavitud. 
De igual modo a como sucedió en el Renacimiento cuando la esfera de poder se trasladó del rey al Estado y de éste luego a la empresa privada; ahora nuevamente presenciamos la migración del poder hacia los bancos públicos o privados. La burguesía capitalista, que casi siempre a lo largo de la historia ha estado más o menos supeditada a un tipo de gobierno; ahora ha logrado deshacerse del amo y del acto formal de gobernar; aquello lo delega a la política para controlar a ésta mediante la economía de mercado internacional. 
Esto ha sucedido porque la regulación gubernamental sobre los activos financieros es en verdad cada vez menor. El trabajo –y la confianza del público- recae en manos de las aseguradoras de riego y de los operarios cambiarios, corredores de bolsa, etc.; lo que puede derivar, como en efecto lo hace en la actualidad, en crisis económicas y financieras a escala global que no se corresponden con una problemática concreta que impide el progreso de las naciones por causas de agitación social o desvaríos naturales; sino que por el contrario, se trata de una profunda y deliberada desregulación del sistema que da lugar a negocios sucios de todo tipo y el acrecentamiento absurdo del patrimonio privado. En otras palabras, vivimos en una crisis de la Realidad, no del Mundo Real: fenómeno moderno denominado “irresponsabilidad organizada”. 
Todo es crisis para la Sociedad de Riesgo planteada por Ullrich Beck, donde el pensamiento único capitalista no ha dejado muñeco sin cabeza: la educación, la salud, los procesos políticos y todas las pocas conquistas sociales de las luchas populares han sido deliberadamente empobrecidas a fin de propiciar un colapso, un riesgo, una crisis, que luego se convierte en una oportunidad de negocios para quienes tiene el poder de solucionarla. El colapso del Estado de Bienestar, y sus instituciones encargadas de mitigar las contingencias naturales, conlleva un peligro social claro y evidente; éstas se vuelven nulas por ser irresponsables, es decir por ser incapaces de responder ante el riesgo o la crisis, dejando a la población librada a su propia suerte. 

¿Pero quién es el responsable de tal situación crítica en la que nos encontramos? ¿Quién produce la crisis? Una pregunta no menor que debemos hacernos constantemente en el mundo globalizado es la siguiente: ¿quién o qué entidad de gobierno está respaldada técnica, moral, intelectual y económicamente para tomar decisiones financieras que afectarán la vida de miles de millones de personas alrededor del mundo? De igual modo: ¿puede dicha entidad responder a una posible crisis producto del error sistémico y salvaguardar la vida de quienes deben soportar los daños colaterales del fallo?
La respuesta a esas dos preguntas es: nadie, o al menos nadie con nombre y apellido a quien se pueda señalar y condenar según las leyes. El responsable del riesgo y de la crisis es el fantasma de la desregulación bancaria; o sea, la actividad económica de individuos que operan por fuera de la ley pero que no son necesariamente criminales porque no atentan contra lo que éstas dictan, sino que se mueven en terrenos donde la legislación ni siquiera ha llegado a establecer carátulas y normativas. En otras palabras, no son delitos porque en ningún sitio la ley se ha expedido sobre el tema. De allí que se halla denominado a éste fenómeno como irresponsabilidad organizada: nadie responde ante el riesgo, nadie se hace cargo de haber provocado el riesgo; pero muchos ofrecen solucionarlo a cambio de un módico precio. 


CRIMENES LEGALES

La desregulación deliberada abre el juego al crecimiento desmedido de los capitales ilegales producto de actividades ciertamente delictivas que buscan legalizarse, blanquearse, fundirse con la economía bien habida. Veamos un resumen sobre el tema expuesto por la Comunidad de Asuntos Interamericanos en su sección de criminología financiera: 
“Tanto en países industrializados como en desarrollo, el sistema estatal está en crisis y las mafias se han transformado en importantes actores de la política económica y social de los gobiernos. En este ámbito, bancos “respetables” rutinariamente ignoran la línea divisoria entre capital organizado y crimen organizado, prestándose al lavado de enormes cantidades de dinero, mientras la reestructuración del comercio y las finanzas mundiales tiende a favorecer la “globalización” de prácticas económicas delictivas.
De esa forma, las fechorías de los pequeños delincuentes son destacadas por la prensa y la policía, mientras las funciones política y económica de organizaciones criminales internacionales, que operan como entidades comerciales legítimas en el mercado mundial, son vistas naturalmente como parte del sistema.
Asimismo, los grupos criminales colaboran cotidianamente con empresas comerciales que invierten en una variedad de proyectos “legítimos”, lo cual no sólo les ofrece la oportunidad de lavar su dinero de procedencia ilícita, sino también de acumular riqueza en un marco legal. Estas inversiones se realizan en inmuebles de lujo, espectáculos, editoriales, medios de prensa y servicios financieros, pero también en empresas de servicio público, manufactura y agricultura.
El dinero sucio y encubierto se deposita en bancos comerciales que lo usan para ampliar sus préstamos a empresas legales e ilegales, y también se canaliza hacia inversiones “respetables” en artículos primarios, acciones y bonos gubernamentales. En muchos países, es a través de estos bonos que las organizaciones criminales, acreedoras de gran parte de la deuda pública, ejercen una influencia tácita sobre la política macroeconómica del gobierno.
Casi todos los caminos dentro de esta red financiera conducen a paraísos bancarios offshore. Es aquí que interactúan las organizaciones criminales y los representantes de los mayores bancos comerciales del mundo. Las mafias aprovechan los servicios ofrecidos y los avances en telecomunicaciones y tecnologías bancarias. Sin tener que pasar billetes a través de las fronteras internacionales, se mueven y ocultan las ganancias de su tráfico ilícito mediante una red de escondites offshore y un laberinto de compañías-fachada anónimas. En Luxemburgo, las islas del Canal de la Mancha, las islas Caimán, Vanuatu, las Islas Cook y otros 50 lugares, muchos de los principales bancos del mundo establecen filiales privadas que ofrecen “un servicio discreto y personalizado” para la creación de cuentas exentas de impuestos. Además, se puede acceder a estas cuentas mediante una tarjeta Visa y cajeros automáticos desde cualquier parte del mundo.
Pese a su ubicación geográfica, estos paraísos offshore son esencialmente apéndices del sistema bancario occidental. Los del Caribe, por ejemplo, fueron establecidos bajo la legislación bancaria británica, con asesoramiento técnico de bancos occidentales. Estas filiales son idénticas entre sí y se basan en leyes británicas que aseguran total privacidad y establecen sanciones penales para los empleados del banco que revelen información sobre clientes o el propio banco. De esta forma, en el sórdido ambiente de la banca offshore, los bienes de la mafia están protegidos por el código penal.
Es bajo esta protección que las organizaciones criminales han florecido. La magnitud de la banca offshore es inmensa y desconocida, dado que no se informa sobre gran parte del dinero depositado. La empresa de inversión estadounidense Merrill Lynch estima en forma conservadora que la riqueza de personas naturales manejada en cuentas bancarias de paraísos fiscales offshore suma unos 3,3 billones de dólares. Mientras, el Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula en 5,5 billones de dólares los activos offshore de corporaciones e individuos, una cifra equivalente a 25 por ciento del ingreso total mundial. Además, la riqueza en gran parte mal habida de élites del Tercer Mundo depositada en cuentas numeradas se estima en 600.000 millones de dólares. Un tercio de esa cantidad está colocada en Suiza.
El efecto de estos paraísos offshore es una masiva evasión fiscal, inmensas reservas de fondos corporativos bajo la forma de dinero libre de impuestos y una fuga de capitales de tales dimensiones que deja a las economías nacionales, ya débiles y severamente endeudadas, devastadas e incapaces de funcionar. Esta huida de miles de millones de dólares reduce dramáticamente los ingresos del fisco, paraliza los programas sociales, incrementa el déficit presupuestal y estimula la acumulación de una gran deuda pública.
El papel del tráfico ilícito y el lavado de dinero en el agravamiento de los problemas de la deuda nacional es particularmente importante. En las “narcodemocracias” de América Latina, los gobiernos cooperan con el reciclaje de miles de millones de “narcodólares” mediante el sistema bancario para satisfacer las demandas de los acreedores externos y las instituciones financieras internacionales.
A comienzos de los años 90, el Banco Central de Perú compró un promedio de ocho millones de narcodólares diarios por medio de agentes de cambio informales que operaban en las calles del centro de Lima. Ese dinero estaba destinado al pago de los intereses de la deuda externa nacional. Los gobiernos latinoamericanos también utilizaron ganancias del narcotráfico para comprar armas y apuntalar sus fuerzas militares, y en varios países, algunas facciones militares tienen conexiones con la mafia de la droga. Irónicamente, “los esfuerzos de Estados Unidos contra la droga forjan vínculos aún más estrechos de su gobierno con fuerzas policiales y militares abusivas”, de acuerdo con la Oficina de Washington para América Latina (WOLA). 
Muchos bancos comerciales occidentales y japoneses aprovecharon las oportunidades creadas por la privatización y la reestructuración de la deuda para comprar bienes raíces públicos “a buen precio”. También adquirieron bancos estatales en América Latina y Europa oriental, muchos de ellos involucrados en el lavado de dinero de procedencia ilícita.
El crimen se ha transformado en parte integrante del sistema económico mundial, con ramificaciones sociales, económicas y geopolíticas de gran alcance. Sus ganancias se utilizan para pagarle a los acreedores internacionales; las empresas legales e ilegales están cada vez más enredadas entre sí, y la línea divisoria entre “empresarios” y “criminales” se desdibuja rápidamente. A la vez, la relación entre criminales, políticos y miembros de los servicios de inteligencia ha corrompido las estructuras del Estado y el papel de sus instituciones. La fuga de capitales, la masiva evasión fiscal y el lavado de dinero, aprobados por el sistema económico mundial, se encuentran entre las principales causas de la deuda pública y el creciente déficit presupuestal. 
Este sistema mundial de comercio y finanzas ha promovido una acumulación de riqueza privada sin precedentes, junto al empobrecimiento de vastos sectores de la población mundial. Las perspectivas de cambio no son buenas, ya que las grandes corporaciones y las organizaciones criminales que operan a nivel mundial se rigen por las mismas leyes. El sistema bancario permite que corporaciones, individuos ricos y criminales oculten su riqueza. Los intereses creados están tan impregnados en este sistema que es improbable que algún cambio formal en las normas bancarias produzca una reforma efectiva. La capacidad -y la voluntad- de los gobiernos e instituciones internacionales para reducir las actividades criminales en representación de la sociedad está seriamente comprometida, dado que quienes están en condiciones de hacer cambios a menudo están muy bien servidos por el orden establecido. Como advierte un informe de la ONU, “a menos que se produzca un avance simultáneo en el desarrollo económico y social, el crimen organizado continuará existiendo a nivel mundial”. 




LA CARROZA SE CONVIERTE EN CALABAZA 

Sin darnos cuenta hemos dado una vuelta completa dentro de la Caverna de las Alegorías y nos hallamos de regreso frente a un muro, con la cabeza fija, mirando sombras. El dinero, los gobiernos verticales, las leyes, el pago de impuestos, el derecho a la propiedad privada ilimitado, entre tantas otras cosas, los reconocemos como sombras usadas para esclavizarnos, pero aún así no podemos disiparlas porque a través de ellas se acceda a una esclavitud aceptable, amable, a la que llamamos “vida digna”. De igual modo, hemos regresado al principio de éste libro; lo dicho en los primeros capítulos ha sido demostrado casi por completo: el sistema social moderno, como una manifestación de la Realidad creada por los hombres, posee una relación no orgánica con el Mundo Real; lo ha dominado y hasta ha intentado suplantarlo en desmedro directo de los recursos naturales y la humanidad misma. 
Vivimos individual y colectivamente “por y para” el dinero aunque no lo queremos; pagamos nuestra cuenta telefónica con él y convertimos nuestro tiempo y energía psíquica en billetes porque los necesitamos con desesperación a fin de sobrevivir. Esa es nuestra Realidad actual, las sombras. Mientras tanto, los bienes materiales existentes en el Mundo Real -y los ciclos naturales que los producen- no pueden estar a la altura del modelo de Realidad planteado, porque ésta se basa en la acumulación de riquezas; y claramente no todos pueden acumular todo en un mundo materialmente finito. Mucho menos cuando la densidad poblacional de la Tierra pone en serio peligro la sustentabilidad del ecosistema planetario; no tanto por la cantidad de personas presentes, sino por el grado de consumo indiscriminado que mantiene vivo al sistema mercantil y a las jerarquías verticalistas que manipulan nuestra Realidad. 


La tecnología moderna y la ciencia aplicada permiten hoy más que nunca universalizar el acceso a ciertos bienes de consumo como la comida, la ropa, los materiales de construcción para el hogar; pero nada de estos se observa en el horizonte social inmediato porque no hay ni una pizca de voluntad política por limitar o regular el mercantilismo. Una economía global de autoabastecimiento y frugalidad bien podría salvar a la raza humana de la extinción; pero antes habría que legislar en sentido opuesto a la propiedad privada, el libre mercado y la acumulación de riquezas sin que ello signifique un control totalitarista de las libertades individuales; sino una limitación colectiva a los mecanismos legales que actualmente permiten la rapiña, la ostentación, el enriquecimiento absurdo y los abusos de poderes de un reducido porcentaje de la población mundial. 
Queda claro que el aparato Estatal y la democracia moderna son elementos de la Realidad no afines a revertir el avance del mercado por tratarse ellos de meras cortinas de humo que brindan la ilusión de libertad necesaria para mantener a las masas sosegadas. Si la acumulación de riquezas no fuera legal o un derecho, eso significaría que habría pocos o nulos beneficios añadidos al acto de comerciar o gobernar. Por eso debemos poner especial atención en desembarazarnos del personalismo partidista y no concentrarnos tanto en la figura política o empresarial que se enriquece a costillas del pueblo; sino que nuestra crítica estará siempre puesta en el sistema de organización social que permite a los líderes sacar provecho personal del liderazgo. 

 Detener la voracidad del capitalismo actual suena ambicioso, sí, pero sino hallamos un modo de preservar los pocos recursos que quedan en manos públicas pronto tomaremos real noción de que lo esencial para la vida era aquello que hoy damos por sentado; mientras todo lo demás que nos ofrecía el mercado como fantástico y maravilloso estaba destinado a mantenernos distraídos para que ellos puedan quedarse paulatinamente con las tierras y los arroyos y ríos; la vida misma está siendo privatizada, privada, prohibida. Aumenta la producción de alimentos pero no disminuye su precio; compramos agua embotellada porque el sistema de agua corriente ha sido deliberadamente derruido. Antes de cualquier cambio debemos despertar colectivamente y darnos cuenta de que Comercio y Verticalismo son padre e hijo. La actividad mercantil está más allá de la raíz de la esclavitud presenta y pasada; es decir, es la semilla que genera todo el sistema. 
El hecho mismo de comerciar un producto por otro; en vez de compartirlo libremente; ya da cuenta de una inequidad de base. El que uno declare posesión sobre un objeto y su derecho a comerciarlo significa dialécticamente que el otro no tiene acceso a la posesión de dicho objeto salvo que lo intercambie por otra cosa. Tal posesión puede estar fundada por la lógica del trabajo propio impreso en el producto, o bien por la violencia física. Pero de ambos modos, siempre que halla poseedores habrá, en la misma medida, desposeídos. Y es la legalización de la carencia, disfrazada de derecho a la propiedad privada, lo que permite la especulación inmobiliaria con la necesidad de vivienda de la gente; algo por completo inadmisible en un sistema social que se jacta en poseer los derechos humanos como piedra angular de su buen funcionamiento.
La propiedad del territorio cultivable y la soberanía alimentaria de las naciones, en un mundo climatológicamente inestable, serán el eje de las disputas geopolíticas por venir. Durante los tres largos años que ha llevado la redacción de la presente obra esta problemática específica comienza a mostrar el rostro; los países legislan y modelan sus economías para competir en el mercado que controlan unas pocas empresas, a la vez que comienza a crecer el descontento popular y las demostraciones públicas masivas  de rechazo a empresas como Monsanto o Syngenta, además de a los gobiernos que los apoyan y los bancos que los financian.


De allí que las problemáticas ambientales deparen mayores preocupaciones en éste momento no tanto por sí mismas sino porque emanan de una estructuración social que se halla lejos de ser justa, razonable, eficiente o siquiera humana. Las olas de calor son preocupantes, pero más preocupante es que no haya árboles que generen sombra. Si los bosques y los campos, los arroyos y las montañas siguen siendo vistos como fuentes de dólares, olas de todo tipo nos esperan por delante; y también ellas serán negocio para los que sólo ven dinero donde posan sus ojos. 
La Realidad que hemos creado para regular nuestra vida en sociedad pide a gritos ser repensada, sincronizada de regreso al pulso del Mundo Real. Esto es lo prioritario en todo momento; debemos reajustar nuestra estructura civil a las leyes de la naturaleza por tratarse ella del sustento mismo de los pueblos y sus respectivas culturas. Es necesario que la sociedad y los individuos volteen la vista en esa dirección antes de que una crisis climatológica, financiera o de post-guerra ponga al mundo a merced de un sistema bancario monstruoso que pueda manipularnos a través de la Realidad del dinero y las finanzas a aceptar un Nuevo Orden Mundial; o cualquier otro Orden de parasitismo legalizado, no afín con la naturaleza ni con la libertad de los seres vivos: ricos o pobres, grandes y chicos, bípedos o cuadrúpedos, abundantes y escasos. 



ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
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