Lectores:

Content

miércoles, 29 de octubre de 2014

Esclavitud Moderna - [IX] AUTOGESTIÓN

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones




Al delegar el poder a los funcionarios públicos del Estado, y estos delegar la economía a los banqueros internacionales hemos claudicado por completo el control sobre nuestras vidas y las de nuestras familias; no sólo no tiene sentido que las decisiones que afectarán a toda una Nación sean tomadas por “representantes” del Pueblo, sino que además resulta inaceptable que por error o corrupción de unos pocos deban pagar miles de millones. El personalismo de la política representativa, el líder, el dirigente, el CEO empresarial, es un claro exponente de la Cultura al Yo de la que hablamos anteriormente. Porque sin duda alguna éste es uno de los pilares fundamentales de la esclavitud de todos los tiempos: el considerar que ciertos individuos o grupo de ellos puedan ser superiores a la mayoría gracias al poder de la fuerza o del conocimiento; y por tanto, agentes idóneos para el liderazgo, al que por tales virtudes se le otorga el privilegio y la carga de ser los responsable de decidir por los demás.

Ya la historia da cuenta de los errores en los que han incurrido los pueblos que así pensaron; no es necesario rebatir con filosofía, o ciencia, el absurdo de considerar a un individuo supra-humano. Desde una visión netamente ética o espiritual, nadie que se autoproclame de tal modo debe aprovecharse de esa virtud para el beneficio propio; mucho menos negar a otros el acceso al nivel que ocupa. No hay Superhombres, Cristos o Redentores autoexistentes, sino dentro de una sociedad que sostiene tal falsedad. 

Tamaño error de conceptos puede ser sólo combatido cambiando nuestra propia relación con el liderazgo hacia un vínculo dado de adentro hacia fuera y no a la inversa. Sea en el ámbito político, e incluso en el espiritual, nuestros guías y líderes deben cohabitar en nosotros como facetas de las propia personalidad. Debemos adoptar la espiritualidad y dejar de lado la religión; hacer política, abandonar el partidismo; ser los propios pastores de un rebaño de lobos solitarios. Prescindir de la rigidez institucional o de la figura patriarcal administradora, sea que ésta se escude tras la bandera de las armas, las ciencias o el espíritu. Y una vez conseguido esto, extrapolarlo al resto de la sociedad. 
Una sociedad sin jerarquías es viable tecnológicamente hablando. Ahora si esto no sucede es porque la jerarquía ya presente no pretende ceder terreno, y menos en ésta época en la que precisamente esa misma tecnología es la que les permite estar cada vez más cerca de una verdadera dominación mundial. La abolición de los puestos jerárquicos supone ante todo erradicar la posibilidad de que un individuo o un grupo de ellos puedan hacer uso de instituciones o mecanismos de sujeción social para servirse del trabajo del resto. Inevitablemente siempre habrá quienes querrán vivir a costa de terceros, dispuesto a todo por ello, pero estos no deben hallar ningún punto de anclaje legal que les facilite la tarea como tampoco seguidores que le oficien de lacayos. 

Dicen que la utopía anárquica de un sistema social sin gobierno centralizado sólo sería posible en un mundo de pura bondad y caridad; pero no se les ocurre pensar, como apunta Ken Knabb, que si todas las personas fueran buenas, amables, consideradas y serviciales, el anarquismo no sería en absoluto necesario porque éste sistema funcionaría mejor y sería más justo, eficiente. Los políticos no antepondrían sus intereses personales, los burócratas serían expeditivos, los empresarios cuidarían los recursos naturales en lugar de depredarlos sólo para acumular más riqueza. 
En otras palabras, si el humano es esencialmente egoísta quiere decir que debemos diseñar un modelo de sociedad que coarte toda posibilidad de que ese egoísmo aflore desmedido; todo lo contrario a lo que genera el mercado moderno. El viejo discurso de poner al oprimido sobre un pedestal y entronarlo como el paria que deberá hacer la revolución contra el malvado capitalista ya no tiene sentido alguno en una sociedad por completo proletarizada. Si usted ocupara el puesto del tirano, ¿actuaría de modo diferente? ¿Realmente cree que no cedería ni un centímetro ante todo tipo de engaños, arreglos, coimas, presiones, especulaciones e intereses propios y ajenos pujando por ser prioridad en su agenda? ¿No le tentaría poseer una tierra o una mansión para sus hijos y nietos sólo por poner una firma y aprobar una ley que beneficia al empresario? 

 La opresión corrompe tanto como el poder y saca lo peor de la gente a flor de piel. Por tanto la solución no está en despojar al capitalista para darlo al obrero de la noche a la mañana porque eso sería dar vuelta la ecuación y nada más; sino hay que apuntar a generar un sistema laboral, político y económico cuyas leyes impidan estar en la posición de poder, o servirse de ella para someter al otro. Que no haya necesidad individual o grupal de esa posición de poder ni de ningún tipo de relación de dependencia laboral verticalista alguna. 
De eso se trata el anarquismo que los ignorantes rechazan por temor a la inexistencia de una institución gubernamental que proteja sus intereses particulares de las masas de desposeídos. El anarquismo es en esencia la más justa y razonable de todas las organizaciones sociales existentes, aún cuando los egoístas hagan todo a su alcance por no dejarlo florecer en la mente, los corazones y las calles. Sin embargo, debemos hacer una concesión con la Realidad y no radicalizar nuestro discurso hasta el punto en que sea inaplicable. Nos guste o no, todavía nos hallamos un tanto lejos del ideal ácrata, por lo que es menester redireccionar nuestros esfuerzos en un sentido que al menos permite dar algunos pasos hacia la acracia. 
Como resulta difícil imaginar una sociedad sin el gobierno de unos pocos, ¿qué tal si imaginamos una sociedad con el gobierno de muchos? Si el arte de la política es hoy día sinónimo de corrupción y de robo, ¿que tal si en vez de robar mucho unos pocos no hacemos que muchos roben poco? Lo que se quiere decir apelando a la ironía, es que el siguiente paso hacia una liberación de la esclavitud actual es repetir el proceso de la Revolución Francesa y dividir aún más la repartición de poderes del Estado. Dicho mal y pronto, que haya un Consejo Deliberante por cada barrio, y un Intendente por cada Consejo. Cinco gobernadores y diez presidentes. Tres cámara de diputados y tres de senadores. Seis cortes supremas de justicia. Que un mayor número de personas ocupen los puestos de poder, que los actuales sueldos abultados y beneficios de ser funcionario público de alto rango sean compartidos entre más ciudadanos. 
Ya nos ocuparemos de la horizontalidad, de momento nos interesa cerrar el presente segmento con una idea clara: para que no haya esclavo no debe haber esclavista, o cuando menos que no exista amparo legal para ellos. Los sistemas de organización horizontal; la cooperatividad en la industria; imponer un límite o techo al derecho a la propiedad privada; o incluso la división de los poderes del Estado; son propuestas que debemeos empezar a instrumentar para ir desarmando al esclavismo poco a poco si todavía no podemos eliminarlo de una vez y para siempre. 




EL AMABLE COMBATE

La independencia de los esclavos modernos será sin duda una lucha cruenta en varios planos de la Realidad, materiales y mentales. Los esclavistas no cederán ni un centímetro de terreno salvo que el pueblo unido los haga retroceder a como de lugar. Así ha sido a lo largo de la historia y así lo será mientras exista una jerarquía verticalista arbitrariamente estratificadora. Todas las “libertades” que disfrutamos hoy día no fueran obtenidas a través del diálogo ni del pedido amable. Sin revueltas, ni levantamientos ni los miles de muertos que nos preceden probablemente no nos sería permitido pensar o escribir nada de esto. 
Sin embargo, con lo anterior no se pretende justificar actos violentos contra el sistema, porque eso avalaría el uso institucional de la violencia organizada además de producir rechazo entre quienes no están abiertos al cambio. Un levantamiento armado, un cese abrupto y de emergencia del sistema está fuera de cuestionamiento, pues tal cosa no podría más que generar mayores frustraciones, cegueras y, peor aún, resistencia en las personas. Ni tampoco se quiere instar a una no-violencia de inquebrantable pacifismo, porque lo cierto es que quienes detentan el poder harán prácticamente cualquier cosa para no perderlo. Resistirlos pasivamente sólo habilitará terreno para el crecimiento desmedido de sus ambiciones. No debemos esperar otra cosa de los egoístas desbocados pero tampoco debemos odiarlos ni combatirlos, porque de tal modo los entronaríamos en el puesto de antagonista, lo que a todas luces perpetúa la competencia por el liderazgo que tanto les place. 

Dice Knabb, “El funcionamiento rutinario de ésta sociedad es mucho más violento que cualquier reacción contra ella que pudiera darse. Imagina el escándalo que produciría un movimiento radical que ejecutase a 20.000 oponentes; ésta es la estimación mínima del número de niños que el sistema presente condena a la muerte por inanición cada día. Las vacilaciones y compromisos permiten que ésta violencia en marcha continúe indefinidamente, causando en última instancia miles de veces más sufrimiento que una simple revolución decisiva.”  



Ya lo hemos dicho y volveremos a repetirlo: odiar y oponerse de manera violenta a las instituciones de la fuerza estatal (como a los individuos que las usan para defender sus propios intereses) es reforzar y justificar su existencia. El acaudalado se aferrará más a sus bienes y el policía represor defenderá su puesto de trabajo porque ambos creen necesitarlos para la vida digna. Ese rencor debemos dirigirlo no al combate crudo y violento contra las estructuras sino a un socavar paciente y tenaz del egoísmo social que lleva a unos a querer más cuando no lo necesitan, y a otros a apuntar el arma contra sus vecinos porque para eso se les paga el sueldo. La revolución nunca será tal si no busca seducir a todas y cada una de las partes implicadas, porque de lo contrario, en última instancia, siempre pondrá punto final a todo proyecto anarquista quien tenga más o mejores métodos violentos para sosegar a las masas sublevadas. He aquí la paradoja de la emancipación a la que nos enfrentamos.

Razón por la cual la revolución que se propone debe resultar para esclavos (y esclavistas por igual) más un masaje relajante que terapia de shock. Como bien dice Baumann, las clases sociales bajas, medias y medias altas se funden en un sólo gran grupo que él llama “precariado” y que engloba a todas aquellas personas que en mayor o menor medida son concientes del escaso control que tienen sobre su propia vida y del futuro a largo plazo por depender estos de un esquema mayor donde se cuece el destino del país o el mundo. Éstas son las personas a las que debemos llegar con nuestro mensaje, a estas personas debemos inflamar de un asco tal a la jerarquía que ni ante necesidades de primer orden puedan claudicar su acérrimo rechazo a todo tipo de control social. Debemos comprender con los huesos que para cambiar el sistema, antes que nada, hay que dejar de participar en él todo cuanto podamos.
George Oshawa lo formuló con belleza: 
La libertad solo puede ser encontrada en la esclavitud. La felicidad en las profundidades del infortunio. No puede haber bien sin mal; ninguna belleza sin fealdad. No existe un frente sin su dorso. La libertad solo puede hallarse a través de la disciplina. La más bella flor de loto crece en el más sucio lodo. La libertad solo adquiere significado en el medio de la opresión y del trabajo arduo. 
La libertad planificada, legislada y conferida a los otros no es libertad en absoluto. La paz mantenida por una ley no es paz verdadera. La lucha por la libertad de otros parece, a veces ser noble y persuasiva, pero la verdadera libertad no puede ser otorgada  a nadie. La tentativa de hacerlo obstruye el florecimiento de la facultad innata del hombre, su propio deseo y ansia de libertad. La felicidad solo puede ser establecida por nosotros mismos y en nosotros mismos. Un hombre libre, fuerte, fiel y admirable puede vivir y ser feliz incluso hasta en medio de la violencia y las vicisitudes. Solo en el mas profundo atolladero de dificultades el será capaz de evidenciar toda su ilimitada capacidad de coraje. Extremadamente muy Yin, calmo, silencioso, abierto, profundo, receptivo pero internamente muy Yang, fuerte y enteramente independiente. Tal es el verdadero hombre”

Despertar estos sentimientos en las personas independientemente de su escala social es tal vez uno de los pasos claves: pocas son las opciones para combatir la ambición corporativa o la violencia institucional de manera directa y frontal. Es por eso que debemos entrar en la mente de los trabajadores tanto como en la de los empresarios y más todavía, diría que por sobre todas las cosas, en la mente de quienes tienen por oficio portar armas.



Cuando uno estudia con atención los entretelones históricos de las revoluciones truncas buscando la raíz del problema siempre descubre que, más allá del personaje concreto y la circunstancia particular, la constante que se repite y termina frustrando el impulso es la vacilación de quienes estando en el lugar justo para tomar decisiones fuertes en realidad no comparten de lleno los ideales altruistas del movimiento pues ellos no necesariamente han sido acunados en el seno de la opresión, sino por el contrario han crecido entre algodones, mero azar que a la vez los ha puesto en la posición relevante. Siempre, o casi siempre, son los jugadores claves de los sectores acomodados los que, pese a contar con el apoyo de la multitud y los medios económicos para afrontar el cambio, por un motivo u otro no terminan de dar el brazo a torcer y ceden al impulso de preservar su bienes y status social. Un ejemplo claro y cercano de esto hallamos en la historia argentina cuando el caudillo Francisco Ramirez traiciona a José Artigas tras firmar el Tratado del Pilar, dando por tierra con la primera reforma agraria sudamericana; por el simple hecho de que a Ramirez no le gustaba la idea de perder parte de sus vastas tierras para que los desposeídos pudieran tener la suya.  

Esa es la razón por la que los poderosos ponen especial atención en mantenernos divididos y deseosos de un estilo de vida similar al de ellos, al que podemos acceder si los seguimos y los apoyamos en sus campañas políticas y no a la de sus adversarios, a quienes debemos odiar y combatir. Los jerarcas no son ingenuos ni tontos. Saben que presionar a los esclavos al límite los conduce a la revuelta, por lo que resulta mejor darles ciertos privilegios y amenazarlo con quitárselos, procurando que la amenaza sea lo suficientemente firme como para disuadir la confrontación. Por eso, en tanto la rebeldía sea de unos pocos será fácil contenerla. Pero cuando la insurgencia se extiende y se propaga por la masa no hay fuerza institucional capaz de dominarla. 
Imagine si un gran porcentaje de la población decidiera no pagar sus impuestos, una huelga de impuestos popular y sostenida, la capacidad de presión política que eso significaría. Si la gente apoyara a la gente en vez de a un político que dice apoyar a la gente cuanta más posibilidades que habría de realizar estas pequeñas pero trascendentales acciones revolucionarias. 
  Debemos hacer todo lo posible para eliminar la avaricia, la voracidad, el resentimiento de clase, la violencia social y toda aquella causa primigenia del problema. Pero por sobre todas las cosas debemos poner especial atención en eliminar las instituciones y estructuras que retroalimentan la avaricia y permiten a los hombres sostener un marco legal que a fin de cuentas da rienda suelta a sus ambiciones desmedidas.




LA PUNTA DEL OVILLO

La pregunta del millón es sin duda esta: ¿cómo lograr la adhesión masiva de miles y miles de personas unidas en una misma voluntad popular de cambio que no deje lugar a oposición alguna? ¿Qué factor o característica puede servirnos para hermanar dentro de un mismo grupo general de pertenencia que involucre a actuar colectivamente a los directores de teatro con los camioneros, los poetas con los dentistas, los abogados con los zapateros, el apicultor con el policía?  
Bien, concretamente la primera respuesta es el peligro. En situaciones críticas como la guerra el nacionalismo no es una opción, en tanto la supervivencia personal y grupal se vuelve prioridad, y los grupos de pertenencia como el patriotismo son en cierto sentido funcionales a mantener a los individuos cooperando hacia una causa  común que es derrotar al enemigo para preservar los recursos que satisfacen las necesidades básicas de la población. 
¿Pero qué sucede en tiempos de “paz”? ¿Qué vínculo real, verdadero y palpable puede haber entre dos ciudadanos de un mismo país que viven a cientos o miles de kilómetros los unos de otros? Las necesidades concretas y la forma de vincularse con el medio para satisfacerlas no pueden ser iguales para habitantes de tierras cálidas o frías, húmedas o secas. Tampoco pueden ser las costumbres y cosmovisiones que de lo anterior se deriva. Incluso dentro de una provincia misma los pobladores son en cierto sentido diferente según las latitudes. Salvo por los lazos de sangre o amistad, las disposiciones políticas del gobierno nacional, o las dinámicas de la economía centralizada; poco o nada de índole Real conecta a poblaciones que distan tanto, geográfica y culturalmente hablando. De hecho, no es cosa rara, sino al contrario, casi natural eso de viajar a los rincones más alejados del país para conocer cómo vive la gente de otras culturas. 



Y lo cierto es que la gente vive igual en todas partes, lo único que varía es el modo de hacerlo. Por eso debemos concluir que el vínculo real entre las personas son las necesidades básicas. Identificarnos en primera medida con esa idea universal es vincularnos de manera directa con los demás independientemente del cúmulo de detalles individuales que nos distancian; ideológicos, políticos, económicos, geográficos, culturales. 
En lo personal y en lo social debemos entender que el vínculo real y necesario entre los hombres es dado por el espacio que estos habitan, los recursos que de dicho espacio se toman para la vida digna y el sistema económico elegido o impuesto que regula el valor de los bienes y los modos de intercambio entre los individuos. Nos referimos al campo y al río, al monte y sus animales, la montaña y sus minerales y todos aquellos elementos del Mundo Real que permiten el florecimiento de nuestra Realidad, como el pescado fresco que se compra en el puerto. El agua que bebemos y los alimentos que servimos a nuestros hijos, esto es lo que nos vincula con el medio natural y con los demás ciudadanos de manera real y palpable, incluso a veces peligrosamente cuando son unos pocos quienes tienen control de la tierra o de los sistemas de potabilización de agua. 
Por ese motivo puede que contagiar la revolución no sea tan difícil si le damos un enfoque más seductor para el ciudadano promedio, porque tal vez la llave de entrada a la cabeza de la gente sea precisamente su egoísmo innato, que dicho en otras palabras podría ser tocarles aquello que las personas más resguardan: el bolsillo. A decir verdad, hoy día poseemos la tecnología necesaria para vivir con muchas menos presiones económicas a la hora de comprar ropa o comida, viajar a largas distancias o construir el propio hogar; salvo que esa tecnología no está al alcance de la mano. 
Pero en el problema radica la solución, porque la gente que se sabe capaz opta por no quedarse de brazos cruzados y consigue procurarse las propias cosas por otros medios más económicos. Por citar un ejemplo bien podríamos nombrar el creciente reciclado de los métodos de edificación natural con barro u otros materiales de fácil acceso, además de expansión masiva de las prácticas de “minga”, es decir el trabajo comunitario. 
Los “locos”, esos que se van al campo a armar una comunidad de autosuficiencia todavía son relativamente pocos, aunque sus filas se vayan engrosando. Sin duda actualmente están tomando lugar fenómenos sociales que son una “muestra gratis” de lo que se está cocinando en el horno cultural. 

Lo cierto es que por todas partes los pueblos manifiestan estas formas de manera espontánea y aquí y allá florecen distintas propuestas para humanizar el mercado, destinarlo a garantizar el bien de los hombres antes que bienes para los hombres. Argentina misma es en la actualidad un semillero de nuevas propuestas que realmente tienen potencial de cambio. Granjas agroecológicas, ferias francas de productos orgánicos, la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (F.L.I.A.), la “Gratiferia” o el “Movimiento por la Liberación de los Libros” y entre tantas otras formas como el veganismo, el copyleft, las cooperativas de trabajo, los bancos sociales, la financiación colectiva. 
Así como el profeta dijo: “dime con quién andas y te diré quién eres”; nosotros diremos: “dime quién quieres ser y te diré con quien andar”. En el proceso de cambio es importante unir fuerzas con aquellos adelantados que abren camino, con los que ya han despertado del letargo. Ese debería ser nuestro grupo de pertenencia real: el de aquellos que se han dado cuenta que existen formas de vivir menos presionados por el dinero o los mandatos del sistema mercantil que obliga al trabajo mecánico y constante. 
O que de no haber esa forma, debemos al menos pensar los modos e invitar a otros a que también lo hagan para que en la organización colectiva esté la fuerza de la unión. Sólo los que se benefician de la concepción perversa de progreso capitalista pueden oponerse al cambio, no contamos con ellos por ahora. Pero el resto de las personas no resistirán la seducción de satisfacer las propias necesidades de modos que requieran menos esfuerzo o penurias. Muchas son las personas pobres dispuestas a trabajar un pedazo de tierra para cultivar sus alimentos antes que salir a cartonear, ir a separar basura en la quema o tener que robar. Incluso gente en buena posición económica participaría activamente si el Estado dispusiera huertas urbanas comunitarias de dónde pueden alimentarse los que allí trabajan. 
Visibilizar ante el resto de las personas mejores caminos y proyectos alternativos para llevar una vida normal, es de algún modo invitarlas sutilmente a dejar de lado su postura política o su sistema de creencias para identificarse con el sentido común de lo que es por lo que es; porque a fin de cuentas no importa a qué gobernante se apoye si se nos presenta un modo de obtener lo que queremos más fácil, o con menos intermediarios burocráticos, sean estos del ámbito privado o estatal. 

Que un gobierno ayude a su pueblo es obligatorio, necesario y su razón de ser según la concepción moderna de Estado democrático; es tonto criticar la asistencia social en tanto ésta no sea aplicada con el exclusivo interés de hacernos adicto a su modelo político, el que no tiene otro fin más que mantenernos siempre en un estado de precariedad constante para que nunca dejemos de ser votantes de fácil seducción. Debemos hacer ver que ningún político nunca traerá la prosperidad porque eso justamente no es funcional al sistema. Hay que romper la pasividad suplicante de la mentalidad de rebaño y hacer notar que realmente existen modos de autogestión popular que pueden cubrir, quizá no todas, pero sí muchas, necesidades colectivas e individuales de manera más efectiva y eficiente que la del aparato burocrático institucional.



AGRICULTURA URBANA

Esto es lo que importa, hacer crecer y engrosar las filas de todas aquellas prácticas antisistema que posean un potencial de cambio digno de ser apoyado. O bien crear las formas propias y conseguir que otros se sumen, pero de ambos modos circularemos por vías paralelas a las del mercado y sus triquiñuelas para mantenernos prendados de un funcionamiento esclavizante. Y por sobretodo, con nuestro ejemplo invitaremos a otros a sumarse al cambio de carril. 
De todas estas diferentes manifestaciones culturales, la más significativa que podemos mencionar es la efervescencia creciente de la nueva tendencia de huertas urbanas en Sudamérica y el mundo. Porque hace tiempo dejó de ser fantasía pensar en metrópolis con granjas de abastecimiento interno, así como tampoco se lo debe imaginar un proceso tecnológico complejo o costoso. Ciudades de nuestro país, como Rosario en la provincia de Santa Fe, lo están poniendo en práctica con recursos mínimos pero muy buenos resultados. Terrenos baldíos, parques abandonados, propiedades fiscales al costado de la autopista o de las vías del tren, se acondicionan para ser grandes huertos productivos donde se genera puestos de trabajo, dinero y, más importante aún, comida libre de agrotóxicos para el citadino. 



El proyecto de Agricultura Urbana llevada adelante por el ingeniero agrónomo Antonio Lattuca para el municipio de la ciudad de Rosario merece toda la atención que se le pueda prestar por haber sido su implementación efectiva y sostenida en el tiempo. En pocas palabras, personas sin otras posibilidades laborales fueron provistas con parcelas, herramientas y capacitación para cultivar frutas y verduras. En paralelo se les facilitó el armado de ferias para la venta al público. Es así que actualmente cientos de familias, antes excluidas por completo del sistema, ahora poseen un medio de vida digno y saludable que a su vez permite alimentar a varias decenas de miles de urbanos locales. Labradores y consumidores por igual acceden a un alimento libre de pesticidas y con prácticamente cero costo energético en traslado pues las distancias de la huerta al punto de venta son reducidas. 
Si bien el objetivo del proyecto rosarino no es netamente libertario sino inclusivo; es decir que busca la inserción laboral del beneficiario mediante la facilitación de medios productivos, siendo a su vez un parche que el sistema genera para subsanar sus propias pinchaduras; no por ello debemos desmerecer el potencial de cambio que posee al ser la huerta urbana una solución radical para combatir muchos males con implicancias directas e indirectas inconmensurable. Por dejar volar la imaginación podríamos decir que, por ejemplo, ayuda a combatir la inflación al reducir los costos de traslado y el sobreprecio del mercado central, porque el alimento va del productor al consumidor casi sin escala. La desocupación por baja inserción laboral también, además de reducir la necesidad de los pobres de recurrir al crimen como medio de ganarse la vida. La contaminación al mismo tiempo, ya que baldíos o pequeños basurales se convierten en parques huertas. Incentiva la economía interna de la ciudad, los micro emprendimientos acceden a materia prima de alta calidad a bajo costo para conservas, licores y tinturas madres, entre otras manufacturas y derivados. Brinda mayor soberanía alimentaria y territorial a las personas de bajos recursos. Pero por sobre todas las cosas ayudaría a mitigar el impacto ambiental que la vida urbana tiene sobre la naturaleza, como hemos visto en los primeros capítulos del libro; además de reducir, aunque sea levemente, la relación de poder que existe entre la ciudad y el campo. 

La agricultura urbana, sea de implementación estatal o individual, es a nuestro entender la respuesta que puede darnos el primer empujón para dilucidar las preguntas que nos hiciéramos con respecto a dónde y cómo empezar el proceso revolucionario. Tal vez es por eso que de todas las prácticas posibles ésta sea una de las preferidas de quienes comienzan a dar los primeros pasos hacia la emancipación. Actualmente muchas son las personas que cultivan en balcones y terrazas, veredas o jardines, incluso esquinas baldías por propia voluntad y sin ayuda del gobierno. Las razones para hacerlo son tan variadas como las técnicas que se implementan: huertas verticales, bancales hechos con escombros, permacultura de jardín y vereda. 
Pero lo cierto es que no importa cómo se la haga mientras sea con determinación. Porque por sobre todas las cosas que ya hemos mencionado como beneficioso, debemos agregar que lo más importante es lo menos visible o espectacular: trabajar con plantas y hacer crecer comida con nuestras propias manos nos hermana nuevamente con la Tierra y los ciclos naturales, volviéndonos en el proceso humanos cada vez más conscientes de que la vida es otro cosa a la plasmada por el show del mercado. Y que con un acto tan simple y empoderante como adquirir el hábito de la autosuficiencia somos recién entonces verdaderamente capaces de acercarnos a una sociedad donde la interdependencia laboral no sea forzada ni verticalista, sino voluntaria y horizontal. Como sostiene Ron Finely, “cultivar tus propios alimentos es como imprimir tu propio dinero”. 

MINGA

La autogestión no es un concepto nada nuevo, de hecho en la Sudamérica precolombina ya podemos hallarla bajo el nombre de “minga”; que si bien con otras voces, es una práctica casi universal a todos los pueblos ancestrales del mundo. A modo de resumen, se trata de brindar ayuda comunitaria para una actividad concreta como levantar una casa o sembrar una tierra a cambio de cierta reciprocidad material o simbólica. Dicho pago puede ser ofreciendo techo y comida a los asistentes, o bien la promesa de ayudar cuando ellos lo necesiten. La minga era en el antiguo imperio Inca el modo que se realizaban las tareas de infraestructura en cada comunidad. Por eso no es de extrañar entonces que en el Perú mismo haya tomado lugar una primera experiencia de minga gubernamental como política de Estado. 

Durante la segunda mitad del s.XX, bajo mandatos del partido Acción Popular, se creó una institución estatal llamada Cooperación Popular que tenía por fin ejecutar obras públicas mediante este método. Dados los bajos recursos económicos del gobierno peruano, se solicitó a la población beneficiaria de las obras que coparticipe en la ejecución brindando su fuerza de trabajo. Esto representaba un gran ahorro porque más de un tercio del presupuesto (destinado a la mano de obra asalariada) podía entonces destinarse a la compra de materiales y herramientas para otro proyecto. El método de minga permitió continuar expandiendo la infraestructura del país con mayor velocidad. Tan así, que la experiencia luego sería replicada por el gobierno coreano con incluso mejores resultados.
Claramente en ambos casos hablamos de países tercermundistas cuya necesidad acuciante de obras públicas, sumada a una profunda crisis económica, empuja a las personas a la colaboración comunal de proyectos que benefician a todos, aún cuando la paga en sí misma no sea más que poder disfrutar del bien común. Cuando éste no es el caso, cuando la nación va bien, sin duda es útil que el gobierno se ocupe de mantener y ampliar las infraestructuras civiles mientras la población se ocupa de disfrutarlas, que a fin de cuentas para eso paga uno sus impuestos. Pero dejando de lado las obras públicas de alta complejidad, ¿cuántos más proyectos para el bien común podrían ejecutarse si el Estado pusiera los materiales necesarios a disposición de la gente beneficiaria para que estos colaboren con la mano de obra? ¿Cuántos proyectos se descartan por no haber el dinero suficiente para cubrir todos los gastos? 
Sin ir más lejos, ¿cuántas obras para el beneficio común son llevadas a cabo sin la intervención del Estado? ¿Acaso no organizan fiestas los clubes para recaudar fondos a fin de ampliar las instalaciones? ¿O rifas, parrilladas, ferias americanas y jornadas de autoconvocados para pintar una escuela? Como de igual modo se organizan los desposeídos y okupan terrenos para levantar viviendas con prácticamente lo que sea que tengan a mano. Cuando hay un propósito claro de beneficio comunal la gente actúa a pesar de no tener los medios porque cree posible obtenerlos en el proceso. Y por lo general así sucede. 

Si la pavimentación de una calle o la instalación de la red domiciliaria de gas dependieran más de la acción ciudadana que de las licitaciones estatales, muchas de estas obras se llevarían acabo con mayor eficacia pues las personas sumarían dinero e insumos de buen grado sabiendo que ellos mismos se beneficiarán del aporte hecho; y no algún funcionario inescrupuloso de un estado empresarial y corrupto. La gran mayoría de las instituciones estatales que brindan un servicio a la sociedad bien podrían ser gestionadas por los mismos usuarios organizados por medio de asambleas; quienes pueden aportar horas de trabajo, o dinero que antes destinaban al pago de impuestos. 
La economía política autogestiva es la única y verdadera que realmente está a la altura de la democracia y la libertad en sus sentidos más puros, y no como se pretende, el verticalismo mercantilista actual. Para nada democrático o fiel a la libertad es que las Organización Mundial de Comercio disponga qué y cómo se debe producir comestibles. Para nada lógico o racional es que por tales disposiciones una ciudad pequeña utilice sus campos linderos en el cultivo de grano de exportación a la vez que manda a traer de otros lugares los alimentos que ingerirán sus habitantes. 
Una economía de abastecimiento interno y autogestión popular llevada a gran escala sin duda daría un sistema geopolítico inestable y cambiante, rompería la homogeneidad cultural del mundo globalizado pues cada pueblo encontraría modos distintos de gobernarse dentro de un mismo modelo. Tampoco faltarían picos de sobreproducción y escasez y el comercio internacional seria menos estandarizado pero, de un modo u otro, la opulencia de una región guardará una relación directa, real y concreta con el trabajo hecho por los propios ciudadanos sobre el ambiente circundante; más que una relación de dependencia con las dinámicas del mercado internacional o la bolsa de comercio de tal o cual país en la otra punta del globo.

En la autogestión, la gente produce lo que necesita por sus propios medios. En el caso individual bien podría ser una huerta familiar en el patio de casa, mientras que en lo comunal podrían ser granjas cooperativas que autoabastezcan las necesidades alimenticias de la ciudad y comercien los remanentes con las ciudades vecinas. Los problemas locales resueltos de manera local, promoviendo la acción ciudadana hacia la cooperación para resoluciones específicas y efectivas de cuestiones que afectan directamente a la comunidad involucrada, permite generar una red social más sólida. Si las necesidades locales son satisfechas con recursos o manufacturas locales se establecen fuertes lazos internos entre conciudadanos trabajadores y comerciantes. Estos dependen menos de la burocracia impositiva y hasta incluso, en algunos casos, pueden dispensar de la necesidad de un intercambio de monetario para el traspaso de bienes o la ejecución de un servicio. 
Todavía distamos mucho como sociedad de la total y absoluta abolición del trabajo asalariado, como también resulta poco realista pretender que los individuos produzcan con sus propias manos todos los insumos que necesitan. La interdependencia de servicios y la reciprocidad en bienes fundamenta la vida social como la conocemos hoy día y resulta verdaderamente difícil imaginar otros sistemas que no caigan en el simplismo de la utopía. Sin embargo concepciones tales como la autogestión como medio de abolir el trabajo asalariado deben servirnos de Norte para empujar el cambio cultural en esa dirección. 

LA INTERFASE

Claramente el presente de nuestra sociedad deja bien en claro que una nueva organización fundada sobre las bases de la autogestión se encuentra todavía más allá del horizonte visible. Sin embargo no debemos dejar de caminar en esa dirección, buscando posibles peldaños intermedios que puedan poco a poco acercarnos a lo que alguna vez fue considerado utopía o palabra prohibida; la anarquía, es decir una sociedad sin gobierno verticalista. 
Si bien en las páginas anteriores hemos desdeñado de la democracia partidista, debemos decir que de todos los sistemas políticos existentes en la actualidad es el que más se acerca al   ideal por ser una herramienta que permite una articulación bidireccional de los intereses privados con los intereses públicos para que exista un sano y duradero equilibrio entre lo uno y lo otro. Ahora bien, esta herramienta puede ser usada de distintos modos como lo fue por ejemplo el Ágora de la antigua Grecia, donde se practicó una democracia de participación directa. O como hoy día, la democracia representativa, en la que nuestro voto es una muestra estadística de la voluntad popular, la cual delega en representantes su posterior ejecución. 
No obstante, ya lo hemos establecido, democracia no necesariamente es sinónimo de libertad. Bien puede un régimen democrático volverse una dictadura republicana en la que se permite a los ciudadanos la decisión de elegir el mandatario, pero no obligar a éste al respeto de los derechos individuales. 
Resulta interesante entonces pensar que así como la Democracia Representativa fue en su nacimiento histórico un paso adelante para dar mayores libertades y poder al pueblo; es quizá ahora tiempo de reformularla para dar otro paso adelante hacia una sociedad más libre y poderosa todavía. Y puede que ese paso, esa interfase entre lo actual y lo que queremos, sea pues instaurar una Democracia Deliberativa. Nos serviremos de las palabras del filósofo socialista Américo Schvarzman para tratar el tema, de quien tomaremos un breve resumen de su tesina, “Deliberación o dependencia: La idea de <<licencia social>> ante los conflictos decisorios colectivos: democracia deliberativa, ambiente y derechos humanos”. 
[…En las democracias contemporáneas se verifica una transformación en el discurso y en las prácticas decisorias a partir de la cristalización de lo que parece comenzar a constituir una nueva formulación de la idea democrática: la discusión, el consenso, el diálogo, el debate, la concertación, la consulta, y la participación, aparecen como valores deseables de la acción pública moderna…][…Ese consenso creciente acerca de la importancia de la deliberación reconoce que las concepciones de democracia en uso resultan insuficientes para procesar conflictos decisorios colectivos –ambientales o de otra índole. Las luchas que afrontan los denominados “nuevos movimientos sociales” rozan (y en ocasiones vulneran) los límites de las concepciones de democracia vigentes en una estructura jurídica e institucional hostil a la participación ciudadana…] 
[…A modo de ejemplo, la evolución de la conciencia ambiental no ha sido operada dentro de la institucionalidad del Estado democrático liberal sino que, por el contrario, se ha desarrollado contra el Estado –cuestionando leyes, decisiones tomadas o líneas de acción del aparato administrativo– o al margen de él –desarrollando su propio discurso legitimador, avanzando en experiencias sociales o tecnológicas sobre criterios diferentes, realizando campañas de concienciación de manera autónoma, etc. La revisión de la democracia contemporánea, parece así la imagen inversa de la que fotografió el republicanismo clásico: reformulada, revisada, practicada o expandida por los excluidos antes que por los incluidos en ella. Es válido acotar que Valdivielso, siguiendo a Dryzek, lo ejemplifica a partir de las problemáticas ecológicas, pero en verdad pueden analizarse otros ámbitos de recorte para sustentar idénticas conclusiones: piénsese en el movimiento feminista, las reivindicaciones de los pueblos originarios, la lucha de los descendientes afro, el movimiento de equiparación de derechos impulsado por las organizaciones defensoras de la diversidad sexual, las fábricas recuperadas por sus trabajadores en la Argentina, etc.
[Jon Elster ensaya una definición de la democracia deliberativa que aparece como la más sintética posible: “La toma colectiva de decisiones con la participación de todos los que han de ser afectados por la decisión o por sus representantes: esta es la parte democrática (…) y la toma de decisiones por medio de argumentos ofrecidos por y para los participantes que están comprometidos con los valores de racionalidad e imparcialidad: esta es la parte deliberativa”…] 
[La capacidad deliberativa no revestirá más que un status formal si no se integra con la efectivización dinámica de las necesidades básicas. Las personas deben tener resueltas sus necesidades básicas como condición de posibilidad del desarrollo de ciertas capacidades que pueden entenderse como requisitos para la situación de igualdad que viabilice la deliberación…][…El horizonte de caracterización de la democracia deliberativa, entonces, pasará no sólo a involucrar la discusión acerca de quiénes deliberan (y en qué condiciones) sino también qué acciones sociales deben direccionarse a fin de favorecer la deliberación…] 
 [Como consecuencia de este abordaje, se propone que la democracia deliberativa satisfaga las demandas de igualdad “relativas a la participación efectiva al menos hasta el punto en que ningún ciudadano sea tan pobre como para no poder influir en los resultados del debate o evitar la exclusión”.] [El resultado de semejante abordaje incluye la medición de una nueva categoría: la “pobreza política”, que se medirá por la incapacidad de los ciudadanos para participar en el proceso democrático, y no sólo por la carencia de ciertos bienes fundamentales.]
[La respuesta –en mi opinión la más consistente que una ética deontológica puede dar a este dilema– sigue siendo inspirada por el desafío ya explicitado por Rousseau y ha tenido numerosas formulaciones: desde Thomas More y Juan Luis Vives hasta la denominada “Asignación Universal por Hijo” en la Argentina; desde François Huet hasta la propuesta de abolición de la pobreza de Martin Luther King, desde Thomas Paine hasta Bertrand Russell, desde Alejo Peyret en la Entre Ríos finisecular urquicista hasta la prédica de la Basic Income Earth Network (Red Global de Renta Básica): la desvinculación de las nociones prácticas de trabajo e ingreso, a través de la disposición de una suma de dinero fijo para todos los ciudadanos, suficiente para cubrir las necesidades primarias, es decir la instrumentación de una renta básica que –del mismo modo que algunas sociedades actuales han instrumentado el acceso universal a la educación o a la salud– garantice un piso de ciudadanía (o “línea de dignidad” según otras formulaciones) consistente con una ética del diálogo entre iguales. Esta propuesta, conocida indistintamente como “salario universal garantizado”, “ingreso básico”, “ingreso ciudadano” o “renta básica”, según uno de sus principales inspiradores, aspira a constituirse en una de esas propuestas sencillas que modifican el curso de la historia, como la abolición de la esclavitud o la introducción del sufragio universal. ]
[Si nuevamente nos remitimos a un caso específico –a modo de ejemplo, el de Gualeguaychú con la problemática ambiental en relación con la producción de pasta de celulosa– se torna intuitivamente evidente el avance en la democratización del conocimiento vinculado con esa área específica de la producción industrial, así como en la difusión de la idea de que hay algo erróneo en la toma de decisiones en la democracia realmente existente y la enumeración de las valoraciones positivas en cuanto a modificación de conductas individuales y sociales derivadas de ese proceso sería difícil de agotar. La interpretación que propongo de los conflictos ambientales que se vienen produciendo en la Argentina en los años recientes rescata el hecho ético de que las comunidades van construyendo (más que “descubriendo” o “aprendiendo”) una noción de derecho colectivo diferente a la del derecho al ambiente, ya consagrado en la estructura jurídica nacional y provincial. Todo indica que el caso de la minería contaminante va produciendo efectos similares. ]
[En suma, sostengo que la propuesta deliberativa puede orientar desde el ideal normativo la profundización de la democracia, en dos sentidos distintos: por una parte, porque una característica común entre los partidarios de la deliberación pública es que se oponen a concebir la democracia como un sistema cuya exclusiva función es seleccionar representantes o promover determinadas políticas públicas a partir de la agregación de las preferencias de los individuos. A saber: la democracia deliberativa se presenta así como una opción a los modelos elitistas y económicos de la democracia, y al mismo tiempo provee un horizonte normativo consistente con una noción de persona moral que conjuga los principios de libertad, igualdad y autonomía. En esta perspectiva, la contracara de la deliberación, es la imposición. Es decir, la dependencia.
[Como suele decir Eduardo Galeano, el desafío del presente consiste en unir a “esas dos hermanas siamesas que han sido obligadas a vivir separadas”. En efecto, el capitalismo occidental sacrificó la igualdad en nombre de la libertad, y la experiencia del llamado “socialismo real” sacrificó la libertad en nombre de la igualdad. La Declaración de los Derechos Humanos presenta un basamento adecuado para erigirse en el eslabón de esa unidad. Ese eslabón es la dignidad humana. ]
[En ese sentido, y parafraseando la consigna setentista, sin ironía y con un abordaje acorde a las nuevas perspectivas surgidas desde la recuperación de un humanismo universalista dialógico, la idea de la deliberación aparece como el término que permite enfrentar con la mayor ambición transformadora la dependencia de los seres humanos, también vista desde una multiplicidad de abordajes. Si antes fue “liberación o dependencia”, con un poco de buen humor, hablemos ahora de “deliberación o dependencia”. ]


 --o--
[X] NUEVO ORDEN NATURAL DE LAS COSAS>>





ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
editorialtintachina@gmail.com
www.editorialtintachina.blogspot.com

Licencia de Creative Commons
La Esclavitud Moderna de Piedrabuena es licenciada bajo los derechos  Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.



Creado a partir de la obra en www.piedrabuena.blogspot.com

0 comentarios :

Publicar un comentario