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martes, 18 de noviembre de 2014

Esclavitud Moderna - [X] NUEVO ORDEN NATURAL DE LAS COSAS

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones





DEL YO AL NOSOTROS

Como hemos venido resaltando desde una perspectiva u otra, el actual Orden Natural de las Cosas; la forma en la que vivimos, las estructuras sociales, la Realidad; son artificiales y por tanto igualmente cuestionables, maleables, modificables a nuestra regalada gana. Una democracia deliberativa, una economía de autoabastecimiento, un derecho a la propiedad privada limitado al uso, un sistema impositivo mínimo como mínima debería ser la burocracia, la descentralización de la gestión pública; todas esas ideas o reclamos no son para nada nuevos. El cuidado de la naturaleza y la liberación humana en sí misma como la concebimos hoy día, vienen siendo denunciados activamente hace aproximadamente dos siglos por distintas voces de distintas clases y culturas; es hora de responder al llamado.
La respuesta más cercana a un cambio está en lo colectivo, en las organizaciones populares de base cuya unión y acción logra mucha más presión sobre el aparato de gobierno que las gestiones particulares. Pero a su vez, la horizontalidad; o mejor dicho, la circularidad; como estructura formal orgánica de cualquier proyecto de sociedad resulta ser la propuesta más acorde al ideal de equidad para muchos problemas actuales. Del mismo modo, una economía pensada en términos colectivos, un derecho a la propiedad comunitario, la abolición del trabajo asalariado, podrían quizá no poner fin a muchas de las iniquidades modernas, pero sí reducir al mínimo las que actualmente sirven con provecho al enriquecimiento desmedido de unos pocos hombres. 

Lo grupal; las asambleas barriales, los referéndum populares, las organizaciones colectivas independientes; deben ser engrosadas por la población y es ésta la que debe recuperar el control sobre la planificación social, sea en el micro o en el macro. El sistema de transporte público, la forma de producir alimentos, la distribución y el intercambio de bienes, reescribir el derecho a la propiedad sobre la tierra o los inmuebles ociosos, los Códigos de Ordenamiento Urbano; son gestiones públicas que la población debe reconquistar sin más. Ningún político o funcionario querrá perder el poder y los beneficios que conllevan centralizar la administración bajo su ala.
Por eso importa conocer y familiarizarse con éste tipo de actividades o formas de organización grupal, comprender su naturaleza y cómo es que nosotros podemos formar parte de algo mayor a nuestros propios deseos; o mejor dicho, sumar el nuestro al de quienes sienten parecido. En otras palabras, el “Nosotros” siempre nace en la aglomeración de varios “Yo” que comparten anhelos, objetivos y hasta bienes materiales destinados en una misma causa.

Para el buen funcionamiento de una colectividad es altamente necesario que los individuos velen por disminuir al mínimo el Personalismo propio. Esto significa dejar de percibir al Yo de uno mismo como algo separado, ajeno y distante del Yo presente en los otros. Sin ésta disminución del ego, tarde o temprano emergen desacuerdos y trabas grupales que provienen del hecho que a las persona les cuesta ceder terreno cuando sus intereses personales se ven afectados por un cambio de rumbo en las decisiones colectivas. 
La horizontalidad y la deliberación sin duda son un límite institucional claro al despotismo de uno o varios. Pero no debemos perder de vista que por más horizontal o democrática que sea la toma de decisiones grupales, nada impide que surjan divisiones internas en el grupo debido a que un individuo personalista termina por imponer, sin violencia y dentro del marco institucional acordado, sus intereses personales por el simple hecho de ser más insistente, perseverante, manipulador o convincente que los demás; lo que claramente tarde o temprano pondrá fin al ideal original de colectividad horizontal. Por eso decimos que sin ésta “poda” consciente del personalismo propio y ajeno, se corre serio peligro de convertir a las instancias de construcción colectiva (asambleas, plenarios, jornadas) en poco más que instancias burocráticas.
Debemos mantenernos flexibles y permeables a las ideas ajenas y a los cambios que éstas puedan producir en nosotros y en el resto del grupo. Es importante adaptarse a los cambios de dirección colectiva como lo hacen los peces en un cardumen, que pese a ser cientos o miles, nunca chocan los unos contra otros debido a que ninguno de ellos se empecina en ir donde se le plazca sin tener en cuenta al resto. Y esto sucede porque los cardúmenes poseen en su esencia el conocimiento ancestral, evolutivo y genético de que la unión siempre hace a la fuerza; y que lo que verdaderamente importa no es el éxito ni el brillo del individuo sino el de la colectividad que permite y facilita la concreción de la supervivencia individual. 




POSTCAPITALISMO: 
¿COMUNISMO O SOCIALISMO?

El Devenir Histórico de Karl Marx, de la comuna al individualismo, sigue la traza marcada: el regreso a la comuna. La supervivencia individual puesta en primer plano; en serio riesgo debido al consumo desmedido de recursos naturales; nos empuja a pensar que las organizaciones colectivas pueden ser un gran salvavidas amortiguador para que un mayor porcentaje pueda sortear la crisis ecológica sin sumirse en la filosofía del Capital: “sálvese quien pueda”. Como bien señala Américo Schvarzman, la gestión política sobre la ecología debería en primera medida ser operada desde la consulta popular obligatoria, en tanto los efectos nocivos de ciertas actividades repercuten de manera negativa sobre el pueblo y es el pueblo quien debería decidir si afronta tales costos sociales; y no los “representantes del pueblo”, cuyos abultados sueldos les permitirá pagar los platos rotos mientras los demás no tendrán con qué saldar la deuda.
Desde la perspectiva que se analice (lógica, ética o moral); la descentralización de la administración pública y una subsecuente socialización general de la economía y la producción; invoca un mayor sentido de justicia, equidad y libertad que el que puede brindar el sistema democrático representativo neoliberal. Lo contrario sólo puede afirmarlo aquel que se sirve beneficiosamente del sistema capitalista o quien pretende hacerlo. O incluso quienes ignoran la diferencia entre el concepto filosófico de comunismo de Karl Marx y la deformación llamada comunismo leninista considerándolos sinónimos por error. 
Desde ya que nunca propondremos un comunismo burocrático productivista y jerárquico como el de la vieja Unión Soviética de Stalin; el cual contribuyó, -¿sin quererlo?- a un mayor arraigo del capitalismo moderno. En 1920 Kropotkin escribía a Lenin: 

“Sin la participación de fuerzas locales, sin una organización desde abajo de los campesinos y de los trabajadores por ellos mismos, es imposible el construir una nueva vida. Pareció que los soviets iban a servir precisamente para cumplir esta función de crear una organización desde abajo. Pero Rusia se ha convertido en una República Soviética sólo de nombre. La influencia dirigente del “partido” sobre la gente, “partido” que está principalmente constituido por los recién llegados -pues los ideólogos comunistas están sobre todo en las grandes ciudades-, ha destruido ya la influencia y energía constructiva que tenían los soviets, esa promisoria Institución. En el momento actual, son los comités del partido, y no los soviets, quienes llevan la dirección en Rusia. Y su organización sufre los defectos de toda organización burocrática.
Para poder salir de este desorden mantenido, Rusia debe retomar todo el genio creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo, pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida. Y cuando más pronto la necesidad de retomar este camino sea comprendida, cuanto mejor será. La gente estará entonces dispuesta y gustosa a aceptar nuevas formas sociales de vida. Si la situación presente continúa, aún la palabra socialismo será convertída en una maldición.

Kropotkin jamás imaginó que sus denuncias luego se manifestarían en la historia con tanta contundencia: unos sesenta años después, Margaret Thatcher usaría como slogan el “no hay alternativa”,  a modo de epitafio del comunismo soviético y declaración de victoria definitiva del capitalismo neoliberal sobre la economía global porque en verdad el comunismo había fallado en todos los frentes; en su organización interna, despótica e ineficiente; y no pudo resistir contra el socavamiento tenaz de su feroz competidor durante la Guerra Fría. 
Hay que comprender que el comunismo soviético surgió como una respuesta política a las expectativas truncas sobre la revolución de las masas y el despertar del proletariado; ambos fenómenos no estaban tomando lugar espontáneamente como debía pasar según las “leyes de la historia” de Marx. Si la masa popular no era capaz de hacer la revolución por su cuenta resultaba necesario darle un empujón al cambio social, orquestar su forma, su ritmo. Para esto había que tomar el poder y modificar la sociedad haciendo uso de las fuerzas coercitivas del aparato estatal. Y cuando eso sucedió, que la sociedad fue arreglada y organizada de modo tal que no hubiera lugar para la “injusticia” y la infelicidad, todo lo contrario terminó tomando lugar. 
La sociedad perfecta, transparente y feliz que prometía el comunismo se convirtió en un sistema autoritario que poco margen daba a las libertades individuales y colectivas; y que en su mismo proceso represor provocaba mayores y peores “males” propios de la resistencia civil a lo impuesto, lo arbitrario. Tratar de administrar las necesidades humanas y controlar los medios de satisfacerlas fue el grave error de los comunistas. El capitalismo resulta mucho más tentador a los pueblos pues multiplica, no limita, las necesidades dado que cada una de ellas augura el crecimiento de un nuevo nicho comercial inexplorado. Si bien los individuos son explotados laboralmente, estos perciben mayores libertades para decidir qué hacer con el fruto de su trabajo.
Tolstoi falleció diez años antes que Kropotkin escribiera la famosa carta a Lenin, pero ya entonces trata éste asunto en su libro la Esclavitud Moderna en un capítulo dedicado casi en exclusivo a una crítica racional al comunismo. La pregunta que se hacía un siglo atrás, también deberíamos hacérnosla nosotros hoy: ¿es posible una sociedad comunista que pueda producir de manera similar al sistema actual permitiendo al mismo tiempo la libertad de los obreros? Es una pregunta cabal que podría reformulares de este modo: ¿sólo debemos cambiar el modo en que repartimos lo que producimos? ¿O también debemos modificar el modo en que consumimos? 

La lógica de Tolstoi era puro sentido común de principio de siglo XX. El desenvolvimiento económico actual lleva en sí mismo una contradicción imposible de solucionar, dice; si todos los hombres puede acceder a todos los objetos básicos y de lujo, es necesario pensar en la producción de esos objeto, en los recursos necesarios, el tiempo requerido y en la mano de obra suficiente para satisfacer una demanda que siempre estaría por sobre la oferta en lo que respecta no solo a una necesidad sino a la innumerable y variable fabricación de todos los objetos deseados por todos; esenciales o superfluos. Nunca sería suficiente la mano de obra que extraiga la exorbitante cantidad de recursos necesarios para tales fines como tampoco alcanzaría a cubrir la cuota necesaria de su fabricación y posterior distribución; porque matemáticamente es simple: para que algunos consuman mucho otros tienen que consumir poco. 
Cien años de la muerte de Tolstoi no han pasado en vano. Pero entonces ya no son las capacidades técnicas o humanas la limitante sino la naturaleza, la cual no resistirá por mucho más la tasa de extracción que sirve de motor al Mercado. Un sistema de comunismo productivista de progreso ilimitado es una falacia insostenible que tarde o temprano termina recurriendo a la opresión para que algunos produzcan los bienes de lujo que otros consumirán luego. He allí la segunda crítica de Tolstoi: no todos los hombres desean lo mismo, ni tienen tanto aprecio a las comodidades ya que el lujo para uno puede ser despreciable a otro. 
Por dejar volar la imaginación, supongamos que exista un profundo sentido de comunidad que pueda someter las voluntades individuales a las exigencias de la mayoría sin la necesidad de recurrir a la fuerza o la manipulación para propiciar que tal o cual individuo realice tal o cual trabajo a pesar de considerarlo insalubre o indeseado. Entonces, ¿quién tendrá por tarea organizar y priorizar los trabajos más importantes en los cuales utilizar la masa de fuerza humana? ¿Cómo se repartirán entre los hombres las diferentes funciones sociales? ¿Cuántos hombres tendrán deseos de ser artistas, intelectuales o sabios y cuantos querrán ser mineros, barrenderos o matarifes? ¿Qué, quién o cómo se dispondrá  cuáles son los principales trabajos a realizarse y quienes los agentes idóneos para su ejecución? ¿Qué hombres y por qué razones tendrán el poder de ordenar la realidad según las exigencias de la mayoría?

Como dijimos, el comunismo leninista es otra forma de capitalismo donde el eje de la organización social es el modo en que se intercambian bienes. Ambos sistemas hermanos rinden culto a la propiedad privada, con la diferencia de quién es poseedor de los derechos; el libre mercado o el Estado. Por eso resulta importante establecer la diferencia; recordar ante todo que el verdadero sentido del comunismo es de lo común, lo comunal, y no la administración estatal burocrática de los bienes antes privados, eso debe quedar claro. El verdadero comunismo filosófico plantea una liberación absoluta de los bienes y recursos, sin administración ni control autoritario de ningún tipo. Tal organización social sin duda es todavía un tanto utópica y es allí donde sus impulsores deben recurrir a la imposición para sostener el sistema. Sin embargo el socialismo, mejor dicho el ecosocialismo, bien puede representar un paso intermedio para estar más cerca de concretar la utopía sin imponerla, sin forzarla. 

Porque si los bienes y propiedades están lejos de ser liberados, si la tierra y la producción de materia prima siguen en manos privadas, es al menos necesario que dichas propiedades y formas de producción sean socializadas; es decir, que su administración, planificación y ejecución incluyan un mayor número de voces cantantes cuyo criterio y voluntad sean parte activa de la ecuación económica de la producción. No se trata de una política “Robin Hood” de expropiar a los que poseen para dar a los que no tienen, sino de disminuir el dominio individual sobre la posesión de la tierra y de las fábricas y abrir el juego a la regulación colectiva. Es bueno hacer hincapié en esta idea: el socialismo; no es “re-partir” de nuevo, borrón y cuenta nueva, arbitrariedad; es “com-partir”. Significa que las ganancias y victorias del emprendimiento son de todos y para todos en la misma medida, o si se quiere en la medida que sea acordada voluntariamente por la mayoría. ¿Quién puede afirmar que tal organización sería injusta o ineficaz sino los propietarios individuales que se atribuyen el derecho de decidir cómo repartir las ganancias y cuánto guardar para sí?
Es necio afirmar que toda la industria y la producción de materia prima puede ser administrada por asambleas obreras; algunas empresas requieren de cierta técnica compleja que insume la presencia de ingenieros especializados con cierta jerarquía o comando de dirección. Pero es igualmente necio afirmar que la socialización de los medios de producción significaría un cambio radical imposible. Si el sistema de asamblea obrera no se aplica es porque conlleva dos defectos abominables a la lógica capitalista de acumulación de riqueza. En primera medida, una desaceleración del ritmo de trabajo pues la coordinación mancomunada demanda tiempo y energía en el debate; y menos ganancias para quienes cumplen roles destacados o de comando, mayores ingresos para el resto. Por lo demás, la producción en sí misma, el trabajo que hay que realizar es medianamente el mismo; lo único que cambia es la forma en la que se acuerda quienes harán qué trabajo a cambio de qué beneficios y no mediante una manipulación de presiones monetarias. 


Sobran ejemplos y experiencias de fábricas recuperadas, cooperativas de viviendas y propiedades comunales de capital social para advertir que existe una tendencia creciente en dicho sentido, lo cual da cuenta de que la socialización de la propiedad y de los medios en verdad funciona porque sus participantes velan por el crecimiento del proyecto orgánicamente, el beneficio es directo. Ante todo, el primer paso a dar es el de expandir la legislación en cuanto a la propiedad comunal; es decir la explotación de recursos administrada por un mayor número de dueños con derechos y obligaciones sobre lo poseído, una propiedad privada colectiva, una corporación.
México es un país en el que abundan emprendimientos forestales de carácter productivo comercial bajo propiedad colectiva. Si bien estos programas han sido implementados por el gobierno a modo de generar economías locales de subsistencia, estos han prosperado masivamente a lo largo y ancho del país; con un beneficio añadido sumamente importante que es el cuidado del medioambiente. Esto es debido a que las comunas no depredan el bosque como un recurso explotable sino que lo consideran un capital social, lo preservan y lo manejan de manera sustentable, de ello dependen todos los involucrados. En cambio un particular bien podría arrasar con todo, amasar capital y trasladarse a otra zona virgen. Tal es el motivo por el que debemos socializar antes que nada la explotación de recursos en cualquiera de sus formas y que sea el pueblo quien decida en qué manera se extraerá y repartirán materias primas antes que el ámbito privado supuestamente regulado por el Estado.
Hugo Chavez lo definía de éste modo: 
“Una comuna debe ser una célula. Pero, ¿quién ha visto una célula sola? Una célula tiene que estar junto a otra, y otra, y otra para formar el cuerpo, los tejidos y el cuerpo humano. Entonces tiene que ser un sistema integrado de comunas, no unas comunas aisladas. Y eso es válido desde ahora mismo para los consejos comunales, que son núcleos. Ustedes saben que la célula tiene un núcleo; los consejos  comunales son el núcleo de las comunas, o uno de los núcleos de las comunas. La comuna es como la célula, y las células tienen que irse ramificando, enlazando, tienen que ir formando un sistema, articulándose, para darle forma a un cuerpo. Es el nuevo cuerpo de la nación, desde abajo, desde el núcleo, que son ustedes; luego la célula, que es la comuna, que están naciendo.
El socialismo es devolver al hombre y a la sociedad su condición social. Hacer del hombre un verdadero ser social y, por tanto, hacer de sus organizaciones, organizaciones sociales. El capitalismo es en esencia la fragmentación de la sociedad, el convertir al hombre en náufrago, en un aislado, un solitario. Por supuesto que sus organizaciones —las del capitalismo— serán fragmentadoras, aisladoras, barreras para la comunicación. El capitalismo, para funcionar, para justificarse, necesita el ambiente egoísta, la guerra de todos contra todos, la competencia. Esa es su razón de ser, su visión del mundo —la del capitalismo.”


ECOSOCIALISMO

Michael Löwy y Joel Kovel agregan: 

“Pero, ¿por qué socialismo, por qué revivir esta palabra en apariencia destinada al basurero de la historia por los fracasos de sus interpretaciones del siglo XX? Por esta única razón: por muy golpeada e irrealizada que esté, la noción de socialismo aún sigue en pié para la superación del capital. Si el capital ha de ser vencido, tarea que ahora tiene carácter urgente para la supervivencia de la civilización misma, el resultado será por fuerza “socialista”, porque ése es el término que significa el paso hacia una sociedad poscapitalista. Si decimos que el capital es radicalmente insustentable y se fragmenta en la barbarie esbozada arriba, estamos diciendo también que necesitamos construir un “socialismo” capaz de superar las crisis que el capital ha venido desatando. Y si los “socialismos” del pasado fracasaron en hacerlo, entonces es nuestra obligación, al elegir no someternos a un destino bárbaro, luchar por uno que triunfe. Y tal como la barbarie ha cambiado de un modo que refleja el siglo transcurrido desde que Luxemburgo expresara su alternativa fatídica, así también el nombre y la realidad de “socialismo” deben hacerse adecuados para este tiempo.
Por estas razones escogimos llamar ecosocialismo a nuestra interpretación del “socialismo”, y dedicarnos a su realización.
Vemos al ecosocialismo no como la negación sino como la realización de los socialismos “de primera época” del siglo XX, en el contexto de la crisis ecológica. Como aquéllos, éste se construye entendiendo el capital como trabajo objetivado, y se funda en el libre desarrollo de todos los productores o, en otras palabras, en el desmantelamiento de la separación de los productores respecto de los medios de producción. Entendemos que este objetivo no pudo ser realizado por los socialismos de primera época, por razones demasiado complejas de abordar aquí, excepto resumirlas en los diversos efectos del subdesarrollo en un contexto dominado por la hostilidad de los poderes capitalistas existentes. Esta coyuntura tuvo numerosos efectos nocivos en los socialismos existentes, principalmente la negación de la democracia interna junto a la emulación del productivismo capitalista, lo que terminó por conducir al colapso de esas sociedades y a la ruina de sus ambientes naturales.
El ecosocialismo mantiene los objetivos emancipatorios del socialismo de primera época y rechaza tanto las metas reformistas, atenuadas, de la socialdemocracia, como las estructuras productivistas de las variantes burocráticas de socialismo. En cambio, insiste en redefinir tanto la vía como el objetivo de la producción socialista en un marco ecológico. Lo hace específicamente con respecto a los “límites del crecimiento” esenciales para la sustentabilidad de la sociedad. Estos se adoptan, sin embargo, no en el sentido de imponer escasez, privación y represión. El objetivo, por el contrario, consiste en una transformación de las necesidades y un cambio profundo hacia la dimensión cualitativa, alejándose de la cuantitativa. Desde el punto de vista de la producción de mercancías, esto se traduce en una valorización de los valores de uso por sobre los valores de cambio -un proyecto de vasto significado, que se funda en la actividad económica directa.”
Las propuestas ecosocialistas son las únicas acordes a una idea de sustentabilidad de la especie humana a largo plazo. Un modo de organización social enfocado en el cuidado de los recursos sin imponer restricciones, sino en priorizar la calidad de vida y la durabilidad de los productos, en reducir el consumo de lo innecesario y la fabricación de bienes de cambio para enfocar la fuerza productiva en generar valores de uso; es decir, aquellas cosas que realmente son necesarias y útiles para la vida cotidiana. Éste es el eje sobre el que hemos girado todo el trayecto: reformular la Realidad actual de regreso sobre los rieles del Mundo Real antes que éste tren desbocado descarrile. 
La crisis ecológica que vivimos  es un llamamiento constante a despertar a la Realidad del Mundo Real; y ciertamente la población mundial pareciera estar polarizándose en los que oyen el llamado y los que hacen oídos sordos. Reinventar el vínculo con la Madre Tierra, de manera individual y colectiva, resulta en cierta medida crucial para la supervivencia de nuestra especie y para la liberación de nuestros hermanos. No sólo necesitamos recuperar el acceso y disfrute de los espacios verdes, sino que además debemos recuperar el sagrado conocimiento de hacer crecer comida de la tierra, nuestro vínculo ancestral con los ciclos naturales y los tiempos verdaderos. Naciones como Perú y Bolivia comienzan a reconocer Derechos a la Naturaleza; considerando legalmente a la Tierra como un ser vivo que tiene necesidades y salud propia que los humanos deben cuidar y satisfacer. 

La horizontalidad colectiva en la administración pública o privada de los recursos que satisfacen necesidades debe necesariamente orientarse como un paso previo hacia el corazón raíz de la esclavitud de todos los tiempos: la posesión de la tierra y los medios de trabajarla. “Volver a la Tierra” en cualquiera de sus formas activas o pasivas, puede ser -mejor dicho: es- la acción militante última y radical. Y no nos referimos solamente al modo de producir o consumir sus productos; el ecocapitalismo puede que sea una práctica amigable con el ambiente pero éste claramente no brega por resolver las iniquidades del derecho de propiedad privada ni intenta reducir brechas sociales, sino al contrario tenderá a dejar los recursos naturales en pocas manos.
Recuperar la tierra, redistribuirla entre la población, cooperativizar la maquinaria rural y la distribución, esa es la forma de resistencia más radical que los pueblos de distintos puntos de Sudamérica encuentran para combatir el avance de la agroindustrialización. El Mo.Ca.S.E.  en Argentina, el M.T.S. en Brasil, Vía Campesina y tantas otras organizaciones de agricultura familiar son en verdad la punta de lanza contra el Capital. Aquellos que están en el frente de batalla defendiendo el vínculo más sagrado que el hombre tiene con el Mundo Real: su alimentación. 



La soberanía alimentaria es un concepto en verdad moderno, traído a la luz por Vía Campesina, y significa que los pueblos poseen derecho de elegir cómo trabajar la tierra y el modo de producir sus alimentos. Poseer soberanía sobre lo que consumimos conlleva la descentralización del mercado en pos de un sistema de agricultura a pequeña escala para consumo local; poniendo por delante la calidad antes que la cantidad, el cuidado de la Tierra, del trabajador y el consumidor. Los derechos de uso sobre la tierra, semillas y todo otro medio de producir alimentos son liberados y puestos en manos de una reforma agraria concreta que beneficie a la población toda. Estos son los objetivos de Vía Campesina y tantas otras organizaciones de base que sufren y comprenden el extremo grado de esclavitud invisible que padecemos. 


Masanobu Fukuoka dice: 
“La gente ya no pone los pies en la tierra. Sus manos se han alejado de hierbas y flores, no dirigen su mirada al Cielo, sus oídos están sordos al canto de los pájaros, su nariz se ha hecho insensible a causa de los humos de los tubos de escape y su lengua y su paladar han olvidado los sabores sencillos de la Naturaleza. Los cinco sentidos han crecido aislados del orden natural. La gente se ha alejado dos o tres escalones del hombre verdadero… Los verdaderos gozos y deleites del hombre eran un éxtasis natural. Esto sólo existe en la Naturaleza y se desvanece lejos de la Tierra. Un medio ambiente no puede existir fuera de la naturaleza, y así la agricultura deberá ser el fundamento para vivir. El retorno de toda la gente al campo para cultivar la tierra y crear aldeas de hombres verdaderos es el camino a seguir para la creación de ciudades ideales y naciones ideales.”

LA REALIDAD DEL MUNDO REAL

Antes de concluir estas páginas proponemos al lector un último pantallazo final a modo de resumen y conclusión. Y lo haremos a través de la paradoja que presenta el acto de poseer. La posesión conlleva declarar exclusividad y soberanía sobre el uso y disfrute de cierto objeto, material o abstracto; digamos en primera medida una piedra preciosa, un arroyo o una idea. Poseer no es un estado o una forma de ser sino una acción concreta: quien posee debe mantener, sostener o perpetuar la posesión para su futuro disfrute. Es decir que aquellos que desean disfrutar de una casa, un coche o una piscina deben velar activamente por el mantenimiento de lo poseído; bien sea limpiando o arreglando el desgaste propio del uso; o bien preservándola de que otros no la arrebaten.
Quien declara derecho de propiedad privada sobre una tierra o una cabeza de ganado debe necesariamente gastar parte de su tiempo y energía en cuidar de alguna manera dicha declaración. Si tomásemos por ejemplo un náufrago solitario en una isla olvidada observaríamos que, si bien nadie amenaza lo que aquel considera suyo, aún así éste no podría poseer y disfrutar de una gran variedad de bienes. Al estar en soledad, usaría gran parte de su tiempo en procurarse lo que necesita: cultivar una huerta y mantener alejados a los animales e insectos que puedan arruinarla; buscar agua dulce y transportarla a su lugar de descanso; confeccionar abrigo; mantener limpia su madriguera. Es comprensible que así sea, por más que aquel quisiera coleccionar perlas no podría hacerlo sin antes procurarse lo esencial para la supervivencia. 
El punto es que –en soledad o en sociedad- el acto de poseer tiene un límite natural, y ese límite es el de nuestra propia disponibilidad de tiempo y energía que demanda el cuidado y mantenimiento de la posesión. Trabajar la tierra, criar animales, edificar una vivienda, mantenerse seguro de los criminales son cada una de ellas tareas que por separado conllevan muchísima energía y esfuerzo; ninguno de nosotros podría realizarlas a todas juntas, al menos no en la misma medida o de manera eficaz. ¿Qué pasa entonces cuando la gente desea poseer más de lo que puede cuidar por sus propios medios? 

Sólo existes dos modos de ampliar la frontera de las limitaciones naturales a la posesión; y pueden ser resumidas en la polaridad entre la cooperación y la explotación, la simbiosis y el parasitismo. En primera medida la cooperación significaría declarar exclusividad de uso sobre un objeto pero acordar con algún otro una concesión que conlleve derechos y obligaciones; el derecho de disponer del bien y la obligación de cuidarlo. De éste modo, el mantenimiento compartido sobre una posesión libera el peso de la carga y permite expandir la esfera de soberanía porque se dispone de mayor tiempo y energía para otros quehaceres. Sin embargo, la propiedad comunal también impone ciertos límites al uso que se le puede dar individualmente; uno podría querer darse un baño en soledad y hallar la piscina siempre llena de gente. 
La explotación es la otra forma de expandir las lindes de la posesión individual. Mientras el trabajo de cuidado recae sobre unos, es la otra parte la que en realidad disfruta plenamente de los derechos y beneficios. ¿Cómo es posible semejante arbitrariedad? Claramente el parasitismo es una injusticia natural, en tanto representa un desequilibrio en las fuerzas: una de las contrapartes consume energía y tiempo sin producir nada a cambio; lo que tarde o temprano conduce a la confrontación con el parasitado o a su agotamiento. En el reino animal y en el reino humano hay innumerables métodos de subyugar a otro para que su tiempo y energía (su fuerza de trabajo, diría Marx) estén a nuestro servicio.

Pero motivarlo mediante golpes y castigos no es suficiente, hay que cuidarlo en cierta medida: darle razones para trabajar, no para defenderse constantemente porque puede que tarde o temprano el esclavo pierda toda voluntad y simplemente cese de luchar, para dejarse morir en pos de librarse de un suplicio que no tiene fin. Esto no es útil, se le necesita con vida para trabajar. 
Hay que darle comida, agua y techo al sometido pero sólo si se lo gana trabajando. Y recién cuando se opone a esto infligir daño. Muchos se contentaran por comer y beber y dormir antes que recibir castigos. Privarlo el acceso a la satisfacción de sus necesidades básicas es utilizar su condición humana en contra de sí y a favor nuestro: la esencia misma de todo el sistema esclavista desde los principios hasta nuestros días. En la antigüedad era “trabaja o morirás”; luego fue “trabaja y comerás”; hoy es “trabaja y comerás bien”. 

Entonces dijimos: mediante la violencia física expropiamos a terceros de sus bienes, mediante ésta misma violencia les privamos del acceso a ellos y sólo si trabajan para nosotros les dejemos disponer de una pequeña porción. Y si no les gusta, deben recordar  quién tiene la sartén por el mango. Así, el garrote es siempre la primera y la última respuesta; entre medio hay distintos grados de manipulación. Los discursos religiosos, políticos, científicos, ideológicos o legales son precisamente artilugios para evitar el uso de la violencia; para convencer antes que vencer. 
Volvamos atrás, y recordemos los límites naturales inherentes al acto de poseer. Siguiendo dicha propuesta, es sensato pensar que un individuo podría someter por sus propios medios a un reducido grupo de persona. Una multitud lo aplastaría como a una mosca si intentase abusar de ellos con engaños o actos brutales. Entonces, la matemática es simple: si para poseer más propiedades de las que puedo cuidar necesito a su vez someter a más personas que las cuiden por mí, necesariamente debo gastar mi energía y tiempo en oprimir a estas personas y no podré disfrutar de mis posesiones. 


De éste modo nacen las jerarquías verticales y la estratificación social en castas o clases que se organizan piramidalmente de modo tal que la base carga con las obligaciones del trabajo mientras la cima goza de los derechos de uso, habiendo entre unos y otros escalafones encargados de sostener y cuidar el funcionamiento de la organización. El oficio de matón a sueldo hoy convertido en policía o soldado es tan viejo como el trabajo más viejo del mundo (que no es el de la prostituta, sino el de proxeneta); aquellos que someten a sus semejantes para beneficio de un tercero. 
Ahora bien, lo cierto es que la organización verticalista y los métodos de sujeción han ido cambiando severamente a lo largo de la historia. A los ojos humanos podría parecer un proceso increíblemente lento y tedioso, pero en términos evolutivos de la especie los saltos culturales que hemos hecho; del matriarcado a la cultura fálica, del politeísmo al monoteísmo, de las aldeas a los imperios, de la esclavitud al feudalismo, de éste al colonialismo, la industrialización y capitalismo; son cambios en verdad admirables y dan cuenta, en perspectiva histórica, de la constante existencia de un grupo de personas que detentan el poder, otro grupo que lo sostiene y un tercero que lo padece.
El paso del discurso religioso al discurso cientificista, del sistema de monarquías a los Estados republicanos, de la economía local a la global, se nos presentan como avances culturales y bien puede que lo sean; pero no debemos ocultar tras estos beneficios la verdad sobre cómo el dominio y el control de la mayoría sigue en manos de unos pocos quienes sólo han remodelado la superficie de la maquinaria para que aquella se nos presente menos opresiva, por tanto menos convocante a la insurrección generalizada. 
La privación, antes justificada por el capricho de un Dios vengativo, un Rey o Emperador avaro ahora es justificada por documentos legales: constituciones, leyes, declaraciones; las cuales instituyen a las fuerzas coercitivas que se encargarán de protegerlas y hacerlas cumplir. Si bien han pasado miles de años desde que a un hombre mono se le ocurrió la feliz idea de esclavizar a otro quitándole lo que aquel necesitaba, todavía hoy la privación sigue siendo el eje sobre el que gira prácticamente toda nuestra sociedad: la legislación, el mercado, el trabajo, la vida digna. 
El trabajo sigue siendo obligatorio, y el trabajo obligatorio es por definición esclavitud. El acceso a la comida, la ropa, la vivienda, la salud, está lejos de ser libre como igual de lejos se halla la liberación de los medios de producción para que sean las mismas personas y poblaciones quienes autogestionen sus necesidades y no las empresas multinacionales. Cualquier otro sistema u organización civil que pretenda controlar o regular la forma en que las personas acceden a los recursos esenciales es en realidad una variación más o menos brutal del esclavismo. 
Tal es la naturaleza de la democracia representativa capitalista, la privación organizada tras la máscara de los derechos humanos, del respeto y protección al derecho a la propiedad privada; derecho que sólo pueden ejercer aquellos que cumplen con los deberes impuestos por ley: la compra-venta con moneda en curso y el pago obligatorio de impuestos. 
Lo cierto es que desde sus inicios hasta la fecha, la democracia representativa es dirigida por los partidos políticos que poseen cierta plataforma económica para costear los gastos de campaña. Quienes jamás propondrán combatir de manera directa las injusticias que hacen al trabajo obligatorio  para el acceso a la vida digna, mientras permiten que el Mercado inflame de necesidades superfluas a la población a fin de que el dinero que les ingresa sea gastado, reinsertado en el sistema a fin de mantener la economía en funcionamiento, las fábricas operando, la gente trabajando y consumiendo. Trabajando y consumiendo.
El Mercado lo ha copado todo. La agricultura, el arte, la espiritualidad, la educación, la salud, incluso el gobierno es comandado por la filosofía de la acumulación de riquezas. Los activos financieros, los créditos bancarios y códigos binarios dentro de servidores virtuales tienen más incidencia sobre nuestras vidas cotidianas que cualquier otro fenómeno circundante. Mientras citadinos cosmopolitas que nunca han pisado césped real poseen miles de hectáreas de tierra para explotar sin cuidar el medioambiente; tantos otros deben conformarse con votar a los que les prometen mayores subsidios que cobrarán a los terratenientes.
Tenemos un sentido de la libertad excluyente: es libre quien posee los medios económicos de ser libre dentro de éste sistema; los demás deben trabajar para ganarse esa libertad, negando el hecho de que en algún lado dice que todos nacemos con esos derechos. Tal es el grado de perversidad de nuestra visión de nosotros mismos. De igual modo a como George Orwell critica al comunismo stalinista diciendo “todos los animales somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”, el sistema moderno nos dice lo mismo. Algunas personas pueden poseer individualmente más casas y departamento de los que él o su familia necesitan o usan. Incluso hay quienes poseen edificios y barrios cerrados mientras otros deben pagar cuantiosas sumas por un alquiler mensual. Y aún así, a pesar de que el derecho a la propiedad privada sin límites de uso sea pura arbitrariedad sostenida por el Estado y las fuerzas de a Ley, a prácticamente ninguno de nosotros se nos ocurre que tal cosa sea descabellada o despreciable.

Vivimos inmersos en un sistema que absorbe y parasita toda nuestra energía física, mental y emocional; enredados en un espectáculo de inseguridad económica o criminal del que sólo el gobierno puede salvarnos si pagamos nuestros impuestos, hacemos nuestros trámites y los dejamos gobernar. Así podemos tener la vida digna que el Mercado nos vende; un trabajo cualquier mientras sea bien remunerado, una heladera llena de comida industrial, un televisor encendido con las últimas noticias del día y otras chucherías en las que se ha gastado el sueldo para entretener el tiempo muerto. Tan ficticia y profundamente arraigada es nuestra Realidad cotidiana que la percibimos como algo normal, natural, necesario para sacar de la pobreza a los millones que todavía la padecen sin darnos cuentas que precisamente es debido a esa Realidad que la pobreza todavía existe; como si la miseria de miles de millones de personas fuera una consecuencia natural de la vida en sociedad. Consideramos que la vida humana se reduce a estudiar, trabajar, formar familia, enriquecerse y tener una vejez en abundancia; que todos los seres humanos deberían aspirar a eso en mayor o menor medida. 
No obstante, pese a la exigencia social de progresar materialmente, no hemos logrado orquestar una estructura que facilite y propicie los medios de cumplir el mandato, sino que al contrario, hemos puesto precio y condicionamientos a su acceso. Todos quieren subir a la montaña rusa de la vida pero no todos tienen con qué pagar la entrada. Una sociedad cuyo máximo valor es el progreso material y los derechos humanos ante todo debe comprender que los bienes materiales son finito y que por tanto si la escases de recursos es algo indigno, del mismo modo el sobrante también debería serlo porque para que unos posean más, otros deben poseer menos. 

Resumiendo el resumen: el 20% de la población mundial posee en su haber el 94% de la riqueza. Es decir que el 80% restante de la gente, usted y yo, nos repartirmos el 6% de la torta. Es peor aún, el 2% de los habitantes poseen el 50% del dinero legal en circulación. Las cinco naciones más ricas del planeta poseen ochenta veces más riquezas que el resto de los países. Y esto se debe a que el sistema legal y económico les permite saquear aproximadamente 2 billones de dólares anuales del Tercer Mundo por deudas, extractivismo, leyes de comercio y especulación financiera; de los que de devuelven 130 mil millones en planes de ayuda humanitaria. Ante tales cifras, quien siga sosteniendo que la pobreza y le desigualdad social se combaten con políticas de educación, trabajo y seguridad es un asno sin cura. Como escribe Galeano en las Venas Abiertas de América Latina: “La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios”. Los cambios sociales que nos tocan afrontar son ampliamente más profundos que una modificación en las leyes. 

Desde los primeros párrafos hemos establecido que la esclavitud es la obligación de trabajar, y que casi toda la población mundial padece la esclavitud si consideramos el trabajo asalariado como un medio coercitivo para poder satisfacer las necesidades básicas; precisamente ese es el mecanismo del capitalismo moderno. Prácticamente nadie vive su vida tal como la quiere porque debe lidiar con un sistema que lo obliga a cumplir ciertas reglas y condiciones aún cuando nunca se ha acordado voluntariamente a participar en el tan mentado “consenso común”. 
Debemos trabajar para comer, dormir, vestir, vivir; necesitamos el dinero que el trabajo aporta porque es la única forma de acceder a lo que realmente necesitamos. Sin embargo, aún siendo esclavos conscientes de nuestro sometimiento lo hemos naturalizado de tal modo que no nos incomoda; o que la incomodidad nos explota por otra parte: stress, enfermedades psicosomáticas, psicopatías, asesinatos en masa. Nos hemos alejado de nosotros mismos y de la naturaleza; nuestras estructuras sociales de trabajo y producción están basadas en ordenamientos ajenos a la Tierra, de quien somos descendientes directos. Tal distanciamiento colectivo de lo natural con el entorno y en nosotros mismos conlleva un severo incremento del individualismo y la privación organizada, por tanto una doble crisis: económica y ecológica, un serio peligro para la supervivencia a largo plazo.
Volver a encausar la humanidad sobre el riel de la naturaleza es el único antídoto efectivo a este doble desafío. Sin embargo no es tarea fácil, significaría reorganizar la sociedad de modo inverso al sistema moderno. Descentralizar la población, Reforma Agraria, agricultura familiar y urbana, derecho a la propiedad de uso, producción planificada, la calidad por sobre la cantidad, industrias cooperativas, energía renovable, gobiernos asamblearios, consulta popular, educación libertaria, transporte gratuito, medicina natural, cultura libre, desmonetización de la economía y la abolición definitiva del trabajo asalariado cómo único medio de cumplir con las obligaciones inherentes a los derechos que reconoce el Estado. Todo esto y mucho más sería necesario realizar para detener la marcha salvaje hacia la destrucción del ecosistema que el Capitalismo promueve. 
Y no hablamos de una revolución que de la noche a la mañana pueda dar por tierra milenios de esclavismo, sino de un proceso lento y paulatino de desmantelamiento. Sin embargo, implementar al menos una de todas ellas resulta casi imposible porque, salvo los estratos más oprimidos, la gran mayoría de la población no querrá bajarse del tren hasta realmente ver el precipicio con sus propios ojos. Esto nos incluye a nosotros mismos: ¿hasta cuándo esperaremos para el despertar? ¿Qué tanto podemos dar? ¿Estamos dispuestos a aventarnos al abismo del cambio? ¿Podremos sostener con acciones todo lo que sostenemos con el pensamiento? ¿Cuándo comienza nuestra propia lucha por la libertad personal y colectiva?  



EL NACIMIENTO DEL NUEVO HOMBRE-SOL

A modo de cierre se  le pedirá al lector que preste su imaginación al libro. Olvidemos absolutamente todo lo que hasta esta página se ha dicho. Volvamos a donde estamos ubicados en este preciso momento e imaginemos que llevamos puesto un traje espacial. Con el poder de la imaginación volemos fuera del planeta Tierra, hacia el Sistema Solar allí donde no hay humanos ni estructuras sociales visibles. Rodeados de estrellas y galaxias distantes, veremos el Sol brillando poderoso y los planetas orbitando a su alrededor. 
Ahora aprovechemos las excentricidades de nuestra mente y retrocedamos el tiempo atrás en miles de millones de años cuando la civilización humana era mucho menos que el infinito potencial de un roedor que a duras penas sobrevivía al reinado de los dinosaurios. Imaginemos entonces que volvemos a ingresar a la Tierra montados en el inmenso meteorito que colisionó con el planeta, supuestamente extinguiendo a los dinosaurios como resultado. 
Tras chocar la gigantesca roca cósmica contra la superficie terrestre veríamos una fina capa de polvo ascender hacia la atmósfera y quedarse suspendida sumergiendo al planeta en una noche oscura. Durante meses, tal vez años, quedaron las plantas privadas del Sol. Inevitablemente murieron y con ellas se extinguieron los herbívoros. Cuando estos empezaron a escasear los carnívoros se devoraban entre sí. Podríamos decir que en relativo poco tiempo un planeta lleno de vida quedó seco, quieto, silencioso.
Sin el Sol, sin su luz y calor, la vida en nuestro mundo se redujo a microorganismos y a los pocos animales que lograron adaptarse y sobrevivir como las cucarachas, los roedores. Recién cuando la gran nube de polvo bajó y el Sol pudo volver a entrar en la atmósfera es que las plantas volvieron a conquistar la faz de la Tierra y los animales sobrevivientes prosperaron hasta nosotros. Resulta imposible negar entonces que la luz del Sol es la clave para la vida en el planeta Tierra: combinada con la humedad y la temperatura justa produce formas de vida más complejas. De éste modo, es lícito afirmar que las plantas son en sí mismas luz solar materializada, hecha materia vegetal, vida vegetal. Como si los rayos solares chocaran contra la superficie del planeta y explotaran en esquirlas verdes y suculentas. También es gracias a los cambios de temperatura que produce el Sol que el viento se mueve llevando polen o semillas; de un modo u otro, sin él las plantas son poco menos que nada.



Visto desde esta perspectiva, los insectos y animales que se alimentan de las plantas son a su vez las plantas convertidas en carne, en movilidad, en sistema nervioso central, en reacción. Y finalmente, el hombre y otros animales superiores es la carne convertida en conciencia, el Sol convertido en corteza cerebral, en pensamientos, en creaciones mentales, en lenguajes, ideologías y creencias. Así, concluimos que todo cuanto existe sobre la faz de la Tierra, y dentro de nuestras cabezas, es la energía del Sol manifestada, palpable, modificada. Y el hombre, es de los seres vivos aquel capaz de moldear la energía solar del modo que más le place.
 Tomamos tierra, la amasamos, la cocemos quemando madera para luego construir casas. Modificamos los ciclos naturales de las plantas para que produzcan más en menos tiempo. Tomamos animales salvajes y durante miles de años los hemos amansado hasta convertirlos en domésticos. Aceleramos el biorítmo de las aves de corral para faenarlas a los pocos meses de su nacimiento. Frenamos el proceso de descomposición de la carne aplicando frío mecánico. Nos servimos del ciclo del agua y de los flujos hídricos para obtener energía eléctrica.
El dinero mismo es la más clara expresión de dicho milagro de la naturaleza. Sin Sol, sin plantas, sin hombres que trabajasen la tierra y produciesen materias primas, el dinero no sólo no existiría sino que además carecería de cualquier sentido útil. Figúrese que tener la capacidad de identificar una zanahoria como beneficiosa para nosotros porque de ella obtenemos nutrientes; traducir su existencia en valores de mercado; establecer montos monetarios justos para el comercio según la producción de otros bienes; es de por sí maravilloso en términos evolutivos. La zanahoria en sí misma, si bien es una raíz específica, posee el potencial de convertirse en una infinidad de otros bienes o servicios como calefacción o electricidad debido a que los humanos tenemos la capacidad de proyectarnos más allá de la mera materialidad de los objetos y otorgarle valores de uso e intercambio a algo que no lo posee por sus propios medios. En la naturaleza cruda sin humanos, la zanahoria ni siquiera existe per sé sino que es una de las tantas partes de una planta cualquiera como cualquier planta tiene raíces. 
Imaginemos por un instante una sociedad en que los tubérculos o los animales de corral posean derechos y sean considerados hermanos menores de la humanidad; es decir, no sujetos a la explotación mercantil ni el consumo. En dicha cultura, la existencia de las zanahorias o de las vacas no podría ser “traducida” en cantidades de dinero porque no habría un marco social que lo permitiese y los hombres se ganarían el pan dedicados a otras labores antes que al cultivo de raíces o la cría de animales; como en su momento dejó de ser rentable la venta de esclavos porque la sociedad dejó de avalar dicho mercado. 
Tal es la plasticidad de nuestra Realidad; por completo artificial y arbitraria, maleable a nuestra regalada gana porque su origen, su fundamento, su eje primero y último es la Conciencia humana; esa fuente creadora que reformula la energía del Sol según su capricho. Ésta es la llave maestra definitiva para la emancipación final: la Conciencia. La Conciencia es el eco del cosmos en nosotros, ese Sol interno que nunca se apaga y que marca el camino sin imponer ideologías. Es el Cristo de los cristianos, el Tao de los taoistas, el Buda interno, el satori Zen, la Sabiduría Intrínseca de los chamanes. El “Ojo que Todo lo Ve”. 
Bien puede servirnos usar una analogía contemporánea para quienes no están familiarizados con las antiguas tradiciones místicas. Podríamos imaginar que nuestro cuerpo físico es el hardware de una computadora; nuestra mente, ego y personalidad es el software; y la conciencia cósmica es el Usuario. El Usuario es la Conciencia, o sea usted pero sin nombre ni apellido, sin edad, sin preferencias, sin juicios, sin otra cosa más que la “sensación testigo” del Ser. El observador mental. La experiencia cruda, sin filtro ni condición. El Sol hecho carne, corazón y mente. 

Así como algunos pueblos del pasado rendían culto al Astro Padre, actualmente debemos recuperar este culto, hacia adentro y hacia afuera. Reconectarse con el Sol en el cielo y con el Sol Interno es un “volver al hogar” necesario en todo sentido; personal y colectivo. Hermanar nuestra Realidad con nuestro Mundo Real resulta esencial porque es recuperar una visión interior limpia y libre de condicionamientos culturales, legales, políticos, religiosos o sociales. Debemos reducir la Realidad que aceptamos como única e inalterable para que nos permita ver el Mundo Real que se esconde por detrás. Esto es un paso necesario y hasta obligatorio para poder desprendernos de todo tipo de esclavitud física o mental. Ver la verdad por lo que es y no por cómo nos dicen que es, es un abrir de ojos a una Realidad del Mundo Real. 
Lo que decimos tiene varias implicancias prácticas, en primera medida replantearnos nuestra forma de alimentación: ¿Qué tanta energía solar posee lo que he comido? Es decir volver a darnos cuenta que para sentirnos vitales y despiertos debemos incorporar a nuestro sistema alimentos igualmente frescos y llenos de energía vital. O repensar nuestro vínculo con los espacios verdes, cambiar nuestra rutina para poder estar rodeados de Sol y vegetación al menos una vez al día. Recordar que de la naturaleza venimos, somos uno con ella y no hay forma de vida sana que pueda prescindirla. Por tanto nada más importa que reconectarse con la Tierra, con sus ciclos, con sus modos; todo lo demás es puro cuento: éste es el despertar del que hablamos, nada más lejos ni místico que eso. 
Sin éste deseo de la conciencia individual por recuperar la libertad de vivir con la Tierra, las personas no se sentirán predispuestos a la participación colectiva. Y a la inversa la participación colectiva no se sostendrá sin individuos despiertos, que realmente sepan cuál es el verdadero Norte de la revolución última: aquella que no derive en un reciclado del esclavismo. 
Tantas y tan profundas son las mentiras y artificios sobre los que basamos nuestra cultura, nuestra forma de vida, que hemos llegado a un punto tal en el que ya no tiene sentido lo que sostenemos colectivamente como Realidad en la misma medida que tampoco lo tiene regresar al pasado. Necesitamos apoyarnos en un agente organizador distinto. Nos toca ahora patear el tablero y reformular nuestro vínculo con el Mundo Real; ya no según tradiciones, preconceptos o conocimientos cientificistas o mecanicistas inacabados que no logran tener una visión total del cosmos; sino a través de una conexión cultivada con nuestro Mundo Real interno y externo.

Tiqqun escribe: 
“¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos? No existen, mi niño. Todo está por construirse. Debes construir la lengua que habitarás y debes encontrar los antepasados que te hagan más libre. Debes construir la casa donde ya no vivirás solo. Y debes construir la nueva educación sentimental mediante la que amarás de nuevo. Y todo esto lo edificarás sobre la hostilidad general, porque los que se han despertado son la pesadilla de aquellos que todavía duermen. La acción verdadera no es un proyecto que uno realiza, sino un proceso al cual uno se abandona.”

Mil libros como éste y tantos otros parecidos pueden denunciar la explotación moderna desde todos los ángulos posibles; pero si (y sólo si) la visión interior es cultivada libre de condicionamientos podremos observar las cosas como son, por lo que son, sin engaños. Es la Pachamama revelándonos al oído la verdad de nuestra existencia. De que el Ser Humano es el fruto mágico de miles de años de evolución y que ninguno de nosotros ha nacido para estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, jubilarse y cumplir con los deberes civiles impuestos por el Estado. Incluso nuestros nombres y apellidos, nuestros documentos de identidad, nuestros vínculos familiares y nuestros conceptos de amistad o pareja son, fueron y serán sombras de humo proyectadas sobre un muro. 
Recién entonces se llega a comprender cabalmente la situación en la que nos encontramos individual y colectivamente. “La Matrix”, el sistema, el engaño de los medios de comunicación, nuestra participación inconsciente en el mercado quedan a la luz del propio juicio moral. Y es dicho juicio el que en última instancia termina por orquestar nuestras acciones y actitudes, las cuales a fin de cuenta son las que co-crean la Realidad propia y ajena. Siempre y cuando nuestro vínculo personal con el Mundo Real y con las demás persona siga estando basado en el temor y la desconfianza, la mezquindad y la privación organizada, en la autoindulgencia consumista, inevitablemente actuaremos en concomitancia con tales falsas creencias; y en nuestro egoísmo retrasaremos lo que resulta ya un cambio de conciencia cultural inevitable. 
Sin querer queriendo cerramos nuestra obra citando los párrafos con los que Tostoi cierra la suya: 

“Podrá ser que un gobierno de violencia se necesite para la felicidad de las sociedades. Es posible que esto esté probado por la historia. Mas la violencia es un crimen y el crimen es un mal y yo no necesito explicación alguna para comprenderlo. Si usted me pide dinero para armar a las fuerzas policiales que reprimirán una protesta, ustedes me pide que colabore con un crimen y yo no solo no quiero sino que no puedo hacer tal cosa. No puedo ni quiero aceptar un cargo público pago con el dinero que habéis conseguido mediante el uso de la violencia. No puedo ni quiero disfrutar de la tierra y los bienes que amparáis porque sé que los amparáis gracias al crimen. 
Antes he podido hacer estas cosas en tanto no comprendí el crimen que perpetraba al hacerlo. Más ahora he visto y no puedo olvidar y no puedo colaborar ya en vuestra obra. Sé que estamos todos tan fuertemente sometidos a la violencia que nos es dificilísimo vencerla, mas, no obstante, hare todo cuanto este a mi alcance para no beneficiarla, para no ser su complice y tratare de no aprovecharme nunca de lo que fue adquirido y está protegido por la violencia. 
Tengo tan solo una vida, y ¿por qué en esta existencia tan breve me convertiría, contra la voz de mi conciencia, en el auxiliar de vuestros espantosos asesinatos? No puedo ni quiero ser lo que era.  Lo que saldrá de todo esto lo desconozco mas creo que no puedo engendrar nada malo si obro siempre como mi conciencia me ordena”. 

Un siglo después de que Tolstoi escribiera aquellas palabras podemos dar cuenta de que muchas personas alrededor del mundo han seguido su consejo aún tal vez sin siquiera haberlo leído pues se trata de una máxima universal a todos los pueblos: actuar según el corazón, residencia del espíritu. Debemos dar gracias de que en el presente existan muchos modos de vida, Realidades, que sí se alinean con el Mundo Real. Tal es el caso de la permacultura, o el Movimiento de Transición de Rob Hopkins, por mencionar algunos que vale la pena investigar entre tantas otras formas de adaptar nuestra vida a las exigencias del mundo futuro; política, económica, social y ecológicamente. 
El desafío está precisamente aquí: debemos remodelar nuestra forma de mirar el mundo dado que la forma actual ya está caduca. Las palabras Naturaleza y Sociedad deberían dejar de representar conceptos separados y convertirse en una sola idea indisoluble de que humanos y hábitat son la misma cosa. La mente y el cuerpo deben reconciliarse como idea única pues considerarlos distintos es mirar una cara y no la moneda. El individuo y la masa, lo local y lo global son en esencia la misma sustancia con distinta forma. Del mismo modo la propiedad de la tierra, la vivienda, la comida, la ropa, la salud y la educación también deben representar una unidad básica inseparable de la “socioturaleza”.

Cualquier otra propuesta que no considere a los humanos, los animales, insectos y plantas como seres sagrados inseparables de su Madre Tierra, y hermanos los unos de los otros, será –con matices de crueldad distintos- más de lo mismo; opresión con o sin cadenas: Esclavitud Moderna, pasada o futura. Por eso, ante todo, debemos sacralizarnos y sacrificarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean si en verdad queremos ver un cambio; es decir, necesitamos ser seres sagrados que piensan, sienten y actúan como el Sol: llevando luz y calor donde hay oscuridad y frio, regalando vida y abundancia donde hay muerte y escases, seres autosuficientes que no dependen de otra fuente de vida más que de ellos mismos; recordando que “ellos mismos” son la unidad espíritu-mente-cuerpo-sociedad-naturaleza. 



Éste es el Nuevo Hombre Sol: un líder popular autoconvocado que desprecia a los seguidores ciegos y busca que cada uno de ellos sea a su vez líder de su propia vida. Un pueblo de mujeres, hombres, niños y ancianos con la autodeterminación de gobernarse a sí mismos y permitir que sus congéneres hagan lo mismo. Una sociedad que confía la planificación futura al bien común, al consenso deliberativo de la mayoría. Una forma de trabajar y producir cuyo fin sea garantizar la calidad de vida, la calidad de la industria y de los productos necesarios para el bienestar. Una forma de compartir los bienes y la Tierra de modo tal que todos puedan acceder a ellos. Una civilización humana voluntariamente austera tras la búsqueda insaciable de acumular experiencias antes que riquezas. Un planeta Tierra que sea escuela y plaza de juegos; donde la división entre adultos y niños, ricos y pobres o inteligentes y tontos provenga de la capacidad o incapacidad que cada uno tenga de disfrutar la existencia, en la misma medida que se preocupa que lo demás también lo hagan. El gran Bill Hicks una vez dijo: 



Cinco son los dedos de los pies, cinco los dedos de la mano, cinco las extremidades del cuerpo y cinco también los sentidos; de igual modo, cinco son los pilares de la existencia humana: 1)el trabajo de la Tierra, por ende la soberanía alimentaria y de la vivienda; 2) la salud, física-psíquico-espiritual; 3) la educación, cultura y tecnología; 4) la economía, el intercambio de bienes; y finalmente 5) el ocio en todas sus formas lúdicas, artísticas o de descanso. Recién cuando toda la población se avoque a resolver y garantizar la igualdad de acceso a estos cinco puntos sin depredar la naturaleza u otros seres vivos, recién entonces podremos decir que la humanidad ha alcanzado su Era Dorada. 
Aportar un poco de energía y tiempo al bienestar social, descansar, alimentarse, investigar y jugar puede sonar como una forma de vida demasiado simple y soez; pero ¿hay mucho más para hacer en verdad? ¿O gran parte de lo que hacemos diariamente y a lo largo de nuestras vidas proviene de una ansiedad que intenta tapar con logros y progreso un hueco que todos llevamos dentro? Ese es el agujero que nos ha dejado el habernos quitado de encima el Mundo Real, el desterrarnos a nosotros mismos de la Madre Tierra. Haber pedido la capacidad de respirar y percibir intensamente la Unidad con el Todo, sentirnos separados, ajenos, distintos o mejores y finalmente dominantes. El fin de nuestro hambre interior arriba cuando logramos saciarla con lo que en realidad pide: “volver a casa”; es decir, reconectar con nuestro verdadero Ser interior y exterior, nuestro único Dios y líder político verdadero: la vida y la naturaleza. 
Somos terminantes con esto: nunca habrá revolución social si antes no hay una revolución de las conciencias. La privación organizada, la obligación a trabajar, el gobierno de unos pocos, el control de los medios de intercambio, el sistema tributario, la justicia a través de la violencia institucional, la falta de educación y salud no desaparecerán del todo y para siempre en tanto no suceda ésta revolución interna. Porque siempre que existan hombres dormidos, temerosos o manipulables que estén dispuestos a participar del crimen, las formas de esclavizar a la multitud tomarán formas más o menos terribles que las actuales; pero todas ellas tendrán el mismo carácter fatídico del esclavismo histórico: trabajo o muerte.
¿Hasta cuándo?, es la pregunta que debemos hacernos la próxima vez que nos miremos a los ojos en un espejo. ¿Hasta cuándo seguiremos con los pies y manos sujetos al piso, con las cabezas fijas mirando sombras proyectadas sobre un muro? ¿Hasta cuándo aceptaremos pasivamente estar obligados a una existencia oscura dentro de una caverna que sólo existe en nuestras mentes porque nos la han metido a garrotazos? El día que digamos “hoy”, ese día será el principio de la Revolución.  

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ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China

Licencia de Creative Commons
La Esclavitud Moderna de Piedrabuena es licenciada bajo los derechos  Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.



Creado a partir de la obra en www.piedrabuena.blogspot.com

1 comentarios :

  1. Excelente la manera de redactar este fragmente de este libro tan sensacional, me da felicidad leerlo pues al terminar esto he creado nuevas ideas las cuales se pueden compartir en modo de asamblea ciudadana, en estos dias que viviimos coyunturas sociales este tipo de aportaciones nos sirven para afrontar el peso del mal, gracias por compartir esto que es benefico para todo tipo de gente, espero y subas mas ¡¡¡¡

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